La Etapa Actual

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Roberto Papadopulos*

Revista Tesis 11 (nº 113)

(Política Nacional

“Cómo caracterizar la etapa en curso, cuales son los rasgos principales de la misma, cuales son los proyectos que se enfrentan hoy, cual es el enemigo principal, cuales son las fuerzas principales que deben, en unidad  y movilización, garantizar y profundizar el proyecto democrático y popular.”

Introducción

Después de años de hegemonía neoliberal y endiosamiento del mercado mundial  des-regulado, estalló en el corazón del propio capitalismo una crisis general prolongada, de inédita gravedad y difícil diagnóstico final. El propio Joseph Stiglitz (2008) señaló que, la crisis de Wall Street era para el mercado lo que la caía del muro de Berlín  para el comunismo.

La lógica de la acumulación a escala mundial, la falta de regulación a la acción del capital financiero, que ocupaba el centro de la escena, que impusieron medidas de ajuste a los países periféricos y despreciaron la acción de los estados, originaron graves consecuencias. La etapa neoliberal significó la más fenomenal transferencia de recursos de los sectores populares a los más ricos y concentrados.

La actual etapa, de profunda crisis, abrió un proceso de recomposición en la correlación de fuerza mundial. La unipolaridad que detentaba el capitalismo desde la caída del llamado socialismo real se quebró, nuevos actores aparecieron en la escena global y cuestionaron ciertos mitos impuestos por el “capitalismo triunfante”. Todo hace suponer que este fin de ciclo indica el cierre de la etapa neoliberal del capitalismo abierto, de libre mercado, sin control estatal y de ponderación de las bondades de la globalización. Al respecto Eric Hobsbawm (2009) señaló: “no sabemos aún cuán graves y duraderas serán las consecuencias de la presente crisis mundial, pero señalan ciertamente el fin del tipo de capitalismo de mercado libre que entusiasmó al mundo y a sus gobiernos en los años transcurridos de Margaret Thatcher y el presidente Reagan”

La etapa de triunfo de las políticas neoliberales en América latina, trajo cambios importantes en la estructura económica, política y social de la región. Los resultados, que aún perduran y condicionan a los nuevos gobiernos son graves, por la magnitud de los endeudamientos, por el acrecentamiento de la concentración monopólica y en  especial, por las consecuencias sociales.  La crisis y su desarrollo es, aún, un fuerte marco y ariete de lo grupos concentrados del poder económico y mediático para la mayoría de los nuevos gobiernos de la región.

En el medio de esta situación de crisis, en América latina se comenzó a transitar una etapa política caracterizada por el despliegue de grandes luchas, el surgimiento de sujetos sociales nuevos y el  triunfo mediante el voto popular de gobiernos que, más allá de sus diferencias y caminos elegidos, pueden ser caracterizados como post-neoliberales. Estos gobiernos expresan una correlación de fuerzas de signo popular y democrático, más decididos en el sentido ideológico a limitar el poder del capital global, cuestionar el papel del mercado como el único instrumento para el desarrollo y que le restituyeron al estado un importante papel en la determinación de políticas trascendentes.

La nueva etapa que en América latina comenzó con el triunfo del Comandante Hugo Chávez en 1999 mediante el voto popular y seguida hasta la actualidad en casi todos los países de la región, intensifica un debate de fondo, cómo caracterizar la etapa en curso, cuales son los rasgos principales de la misma, cuales son los proyectos que se enfrentan hoy, cual es el enemigo principal, cuales son las fuerzas principales que deben, en unidad  y movilización, garantizar y profundizar el proyecto democrático y popular?. Sin duda, aparecen muchas incógnitas y  algunas certezas.

Señalemos, a modo de inventario, que luego del triunfo en Venezuela del Comandante Chávez en las elecciones de 1999 le siguieron otros  importantes; Lula da Silva en Brasil (2003) y Dilma Roussef (2011), Néstor Kischner en Argentina (2003) y Cristina Fernández (2011), Tabaré Vázquez en Uruguay (2004), Evo Morales en Bolivia (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007), Daniel Ortega en Nicaragua (2007), Fernando Lugo en Paraguay (2008). Proceso con rupturas y continuidades, que no impide que se tenga en cuenta dos aspectos principales; uno que son gobiernos que pueden caracterizarse como “post neoliberales” si se tiene en cuenta las políticas económicas y sociales adoptadas y otra; que en su mayoría son la expresión o emergentes de la profunda crisis generada por las políticas neoliberales y las grandes luchas desplegadas por los movimientos sociales, partidos políticos y los trabajadores que, de alguna manera, entablaron una disputa por el poder.

La etapa en la Argentina

El Consenso de Washington, las recetas del FMI y el Banco Mundial, como expresión más genuina de los intereses más concentrados del capitalismo mundial, son los que marcaron el curso de los años de neoliberalismo, dejando marcas indelebles y terribles consecuencias para el país y en especial para los trabajadores y el pueblo todo.

Hablar de etapa presupone, en primer lugar, fijar el período al cual nos queremos referir. Por eso, si trazamos una línea de tiempo, para nuestro país 2003 es el inicio de una nueva etapa. Hechos significativos habían precedido ese momento; las grandes luchas del 2000/1 que dieron por tierra al gobierno de De la Rúa (1999/2001), continuador de las medidas neoliberales impuestas a sangre y fuego por la dictadura cívico-militar (1976-1983) y el gobierno de Menem (1989/1999), la profunda crisis institucional y finalmente, elecciones mediante, la asunción al gobierno del Presidente electo Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner.

Los condicionamientos del gobierno de NK

Importa señalar que la situación heredada por el Presidente Néstor Kirchner, al asumir el gobierno el 25 de mayo de 2003, luego del triunfo con el 22% de los votos y la renuncia al balotaje por parte del Carlos Menem, era, sin ninguna duda, altamente conflictiva.

La deuda externa había trepado al 139% del PBI, después del blindaje y más tarde el megacanje llevado adelante por el ex ministro de economía del gobierno de De la Rua –Domingo Cavallo-. La desocupación alcanzaba alrededor del 25%. El nivel de la pobreza había trepado al 53% perjudicando a 19 millones de personas. El estado había desaparecido y sólo cumplía la función de aceptar y disponer políticas que daban garantía, sin control alguno, al accionar de los grupos concentrados del poder económico. Y ver si lograba captar alguna porción del capital global a modo de empréstitos que finalmente terminaba beneficiando a los mismos capitales concentrados.

En ese contexto, de crisis mundial y situación interna de emergencia social,  el gobierno del Presidente Néstor Kirchner se propuso profundizar la democracia y encarar el abordaje de la profunda crisis social. Para esto comenzó a darle al estado una centralidad y cierta independencia en la aplicación de políticas en sentido contrario de las conocidas recetas “neoliberales”. Estas decisiones derivaron en tensiones internas y externas. Internas en el propio estado, como síntesis de la correlación de fuerzas sociales y económicas y externas con relación al capital monopolista que pretendía seguir aplicando las recetas dictadas por los organismos del FMI y el Banco Mundial. Es aquí donde el rechazo, en Mar del Plata, de la propuesta de firmar un tratado de libre comercio (ALCA) en la IV Conferencia de las Américas en noviembre del 2005, adquiere una dimensión trascendente de “independencia” del gobierno y sus políticas.

Las políticas dispuestas

Llegado al gobierno, las medidas dispuestas en el terreno económico, social y de política exterior adquieren características muy parecidas a muchos de los gobiernos de Sudamérica. Comienza a plantearse una aguda lucha entre el gobierno, sectores económicos internos, capital transnacional, mercados financieros internos y externos y las demandas sociales. De lo que resultaba políticas restrictivas que dificultaban y ponía en peligro la necesidad de políticas re-distributivas.

Las distintas medidas puestas en marcha tanto durante el gobierno de Néstor Kirchner y posteriormente de Cristina Fernández agudizaron las contradicciones con los sectores económicos vinculados al gran capital mundial, en especial con los sectores financieros. La estrategia propuesta fue, por un lado apropiarse de una parte de la renta de los recursos estratégicos; expresados en la estatización de las AFJP, la anulación de la concesión de Aerolíneas Argentina, el control de YPF mediante la expropiación del 51% de las acciones y los Ferrocarriles Argentinos mediante una ley que anulaba los contratos de concesión. A lo que se sumaba una mejora de la recaudación fiscal y el aumento de los precios internacionales de los commodities. La negociación más importante de la deuda externa con una quita del 75% redujo la misma al 34,7% del PBI, librándonos, en gran parte, de los condicionamientos de los acreedores externos.

Esas medidas permitieron al gobierno contar con una masa de capital que le dio lugar para ganar cierta independencia y soberanía, tanto para mejorar el nivel de los sectores más necesitados y así dinamizar el consumo interno, como para hacer inversiones en obras públicas y de infraestructura, indispensables para seguir creciendo. Se reestablecieron las Convenciones Colectivas de Trabajo, que dio como resultado un aumento del salario real, se mejoró, con dos aumentos anuales, el salario de los jubilados, se aplicó un régimen de subsidios al transporte público, luz, gas. Se estableció la Asignación Universal por Hijo, se aumentó sustancialmente el presupuesto para educación y se crearon 6 millones de puestos de trabajo.

Al mismo tiempo la idea de acordar políticas comunes a nivel regional, -reactivación del MERCOSUR, construcción de la UNASUR (2011), la CELAC (2011), el acercamiento al BRICS, Rusia y China- con el objetivo de lograr que una parte los capitales liberados pudieran servir a la implementación de proyectos, industriales, tecnológicos, científicos, a nivel regional, que posibilitaran cierta independencia de los centros de poder global. También se apostó a relación abierta, de diálogo y paz con todos los países del mundo, en especial con los de la región.

En el terreno político, tanto el gobierno de Néstor, como el de Cristina avanzaron en la concesión y ampliación de los derechos civiles. En primer lugar con el enjuiciamiento a los responsables de la violación de los derechos humanos durante la dictadura cívico-militar, como así también con el establecimiento del matrimonio igualitario y otros derechos civiles. Las reiteradas iniciativas de movilización con ocupación del espacio público, en disputa abierta con la nueva derecha, los llamados al emponderamiento de los sectores populares y la instalación del debate político acerca de qué país queremos construir.

Estos hechos señalados demuestran que estamos en la Argentina, al igual que en el resto de América latina, en un cambio de época iniciado a partir del siglo XXI.

Resumiendo, los rasgos principales de este cambio de época están dados por una ruptura con el modelo neoliberal de los 90 y una fuerte contraposición con la sumisión del período anterior al Consenso de Washington en nombre de la globalización, una mayor centralidad e independencia del estado-nación, un restablecimiento y ampliación de la democracia y un grado de movilización y organización de los movimientos sociales y políticos importante.

Las tareas pendientes

La caracterización del rumbo emprendido y los éxitos alcanzados no impiden observar las insuficiencias, limitaciones y contradicciones planteadas. Resolverlas requiere avanzar más sobre la preponderancia de los grupos económicos concentrados en nuestra economía.

Acciones propias del estado, o en conjunto con sectores privados, para gestionar formas de producción y distribución –como por ejemplo la cooperativa- que permita incidir en la cadena de valor.  Encarar políticas de industrialización a partir de ubicar productos estratégicos para los mercados internacionales y producir una reforma tributaria que mejore la posición de los pequeños y medianos productores, constituyen algunos de los desafíos pendientes. Limitar el poder de los grupos oligopólicos de generar inflación mediante el aumento sistemático de precios sobre el aumento de costos, apoyándose en los sectores populares, particularmente trabajadores y consumidores.

Por eso cobra importancia el debate sobre los dos modelos de país que hay que construir y por el otro la imperiosa necesidad de avanzar en la profundización del camino emprendido, sin lo cual peligran los avances logrados.

El dilema actual es precisamente: O triunfan las fuerzas que respaldan  el proyecto nacional y popular, que constituyen los rasgos del cambio de época, o se vuelve al proyecto de la etapa neoliberal de los 90. Lo que, en el plano de las próximas elecciones, significa: O triunfa el Frente para la Victoria en coordinación con el resto de las demás sectores populares o triunfa el Macrismo como expresión de la nueva derecha y la vieja política de los 90.

Para ganar ésta pulseada se hace indispensable una aún mayor  participación, movilización y organización de los movimientos sociales, en primer lugar de los trabajadores, en defensa de lo ya conquistado y de la profundización de las medidas para revertir las consecuencias y los nuevos intentos de volver a los 90. Esta es la gran tarea de las fuerzas populares.

El éxito de este proceso abrirá otro debate acerca de cómo encontrar otras formas de organización social donde la explotación y la enajenación del ser humano no sea el eje de la misma.

*Roberto Papadopulos, periodista , miembro de la Comisión de América Latina y del Consejo Editorial de Tesis 11

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