América Latina y la injusta violación a la libertad de los pueblos

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(américa latina)

Claudio Esteban Ponce*

Luego de dos décadas en donde la mayoría de los gobiernos de la región parecían encaminarse hacia el desarrollo y la autodeterminación, la injerencia imperialista con el aval de las oligarquías locales regresó a sembrar el odio, la violencia y las pasadas metodologías dictatoriales. Hoy los conflictos en Ecuador, la rebelión en Chile, la explosión de Colombia, los padecimientos de Haití, muestran una vez más la resistencia al imperialismo y a la opresión de las clases acomodadas que nunca creyeron en la democracia. ¿Será esta crisis el comienzo de la liberación definitiva de América Latina?

La historia de América Latina, desde la conquista española en adelante, estuvo signada por la confrontación entre opresores y oprimidos. Los imperios de España y Portugal, desde el siglo XVI, avasallaron durante trescientos años la dignidad de los pueblos vencidos. Posteriormente, el imperialismo británico logró imponer su hegemonía en el siglo XIX y los EEUU desde el siglo XX en adelante. Estas potencias, no solo ejercieron su dominación sino que vinieron a expoliar el territorio con el objeto de saquear y robar las riquezas que eran propias de la región. El exterminio de los pueblos originarios por la violencia conquistadora en primer lugar, y la salvaje explotación posterior de los sobrevivientes, hizo necesario incorporar mano de obra barata para asegurar la continuidad en la depredación de los recursos naturales. Sectores subalternos de la sociedad europea, “esclavos importados” del continente africano, sumados éstos a los sobrevivientes de las comunidades indígenas, fueron quienes aseguraron la riqueza de pocos. Ahora bien, estos grupos humanos fueron también los que se unieron en la lucha por la independencia política en los primeros años del siglo XIX, liberación que no fue suficiente ya que no alcanzó para lograr la definitiva autodeterminación de los pueblos del continente. ¿Por qué quedaría trunco el proceso independentista?

La transición del dominio imperialista de españoles y portugueses hacia la “neo-colonización económica” de la segunda mitad del siglo XIX, fue el fruto de la codicia y la traición. Las oligarquías vernáculas de cada país que fue logrando su “emancipación”, con el único objetivo de asegurarse una renta extraordinaria, organizaron los nuevos Estados influenciados por el positivismo europeo como fundamento filosófico del sistema capitalista imperante. Estos modelos, conservadores en lo político pero liberales en lo económico, fueron los que establecieron una relación de dependencia económica con los países centrales acorde a los principios de la “División Internacional del Trabajo” y del mercado mundial. La lucha que había logrado la independencia política de América Latina, quedó inconclusa al no poder concretar un desarrollo económico autónomo, sin la injerencia de intereses foráneos que buscaban una nueva “colonización” en el continente. Las consecuencias de estas políticas iniciadas en las postrimerías del mundo decimonónico, tuvieron un efecto de continuidad cultural respecto de la tradición colonial aún en el siglo siguiente. El único país que se mantuvo al margen de las presiones externas desarrollando una economía autónoma y proteccionista sin endeudamiento externo, fue Paraguay. El ejemplo desafiante del poder guaraní a los intereses del imperio británico en la región, ameritó la invención de una vergonzosa guerra entre Brasil y el Paraguay, a la que se sumaron Argentina y Uruguay presionados por el endeudamiento con Inglaterra. La guerra de la “Triple Alianza” fue una enorme muestra de las injusticias que continuaban soportando los pueblos americanos, cinco años de lucha fratricida dejaron solo un beneficiado, siendo éste el que no participó directamente en el conflicto, Inglaterra. Paraguay desapareció de la escena internacional, jamás se recuperó, sus vecinos “victoriosos” solo recibieron absurdos trofeos, y el imperio se quedó con todas las ganancias.

El imperialismo nunca dejó de intervenir en Latinoamérica, jamás cejó en su voracidad depredadora, durante el siglo XX y tras el debilitamiento de los británicos por las guerras mundiales, la hegemonía imperial de occidente fue asumida por EEUU, país que desde sus comienzos había sostenido en su “doctrina Monroe” que su objetivo era el dominio total del continente americano. Ya se había mostrado con aspiraciones expansionistas en los primero años del siglo con intervenciones constantes en América Central. Las inversiones en la región caribeña fueron siempre acompañadas por incursiones militares que mostraban cuáles eran sus verdaderos propósitos. Cuba y Nicaragua, con las posteriores consecuencias en su devenir histórico, fueron un claro ejemplo de esta política reconocida como “política del garrote”. Frente a estas formas de imperialismo informal o formal, o sea colonización económica o dominación política, en América Latina surgieron diversos movimientos populares que aspiraron frenar la injerencia estadounidense. De todos ellos, el que más se consolidó y perduró como tal en el tiempo, fue el peronismo en Argentina. La resistencia a las intervenciones norteamericanas en el continente se multiplicaron a partir del contexto de la “guerra fría”, el nuevo imperio redobló su brutalidad y apeló a la generación de una violencia inusitada con la excusa mediocre de “frenar al comunismo”. Las nuevas formas de intromisión se realizaron a partir de la promoción de golpes de Estado en casi todas las naciones iberoamericanas en nombre de la “doctrina de la seguridad nacional”. EEUU fue el país que se encargó de hacer “desaparecer” las democracias en América Latina avalando en su lugar a gobiernos dictatoriales obedientes a sus intereses. La vieja dependencia o el llamado viejo pacto colonial, se renovaba por medio de la violencia institucionalizada. Frente a esta situación, las jóvenes generaciones no se resignaron a la dominación y pugnaron por la construcción de un proceso liberador de la “Patria Grande”, heredada de las visiones de San Martín y Bolívar. La creencia de que la revolución era posible y el camino al socialismo estaba al alcance de la mano, hizo que la opción por la lucha armada fuera asumida como la forma más rápida y contundente para cambiar el sistema. Nuevamente, la liberación de los pueblos quedó trunca, quebrada por una violencia mayor de un imperialismo que fue subestimado por el voluntarismo de la época. La respuesta de las derechas locales aliadas al imperio del norte comenzó en 1973 con el golpe cívico-militar en Chile, y continuó con una seguidilla de rupturas del orden institucional en todos los países latinoamericanos. La violencia extrema, solo vista en las peores prácticas del nazismo, puso fin al sueño revolucionario de las juventudes de los años sesenta y setenta. La utopía de la igualdad y la justicia social fue destruida para ser suplantada por el neoliberalismo, modelos experimentales de dependencia que fueron aplicados por EEUU a través de los Terrorismos de Estado que este país ayudo a instalar en cada nación latinoamericana.

La recuperación de la democracia en América Latina no fue homogénea. Argentina restableció su Estado de Derecho a partir de 1983 con un profundo deseo de revisión de su historia reciente. Pero en otros países, el retorno institucional fue muy distinto. Chile padeció diecisiete años de dictadura a lo que siguió una “democracia” totalmente condicionada. El resto del continente se fue democratizando pero las huellas de las dictaduras quedaron internalizadas en la aceptación implícita que las diversas sociedades tuvieron de la cultura neoliberal. Estas concepciones, ligadas a una ciega creencia en el individualismo, se consolidaron en los años noventa pero por múltiples causas terminaron en un gran fracaso económico. La crisis generó la posibilidad del retorno de los movimientos nacionales y populares al gobierno de muchos países del continente. Otra vez se abrió una posibilidad de concluir el proceso independentista, o sea en este caso, liberación de los pueblos del capitalismo neoliberal. Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador comenzaron un nuevo camino hacia la libertad. Parecía que en los primeros años del siglo XXI se daba la oportunidad de lograr una mayor unión latinoamericana en el marco de gobiernos de un mismo signo ideológico. Un desafío para EEUU y sus lacayos que no podía soportar.

El Chavismo en Venezuela, el Partido de los Trabajadores en Brasil, el peronismo Kirchnerista en Argentina, acordaron el pago de sus deudas con el FMI y propusieron un nuevo proyecto de unión a través de la creación de la UNASUR, intentando la consolidación de una América Latina con destino propio. La respuesta no se hizo esperar, desestabilizaciones políticas, diversas formas de “golpes blandos” que suponía combatir la corrupción y solo tuvo por objeto perseguir a los líderes populares a través de la difamación y la mentira, expresaron la subrepticia alianza entre los multimedios y los poderes judiciales de cada país. Nuevas formas de lucha de parte del poder imperial. La guerra se dio en todos los planos, el legal, el cultural y la acción directa con ayuda externa que colaboró en derrocamientos, enjuiciamientos y encarcelamientos de los dirigentes populares. También se llegó a cometer asesinatos de líderes sociales, y hasta sangrientas represiones en Chile o en el violento golpe de Estado cívico-militar en Bolivia en 2019. Paradójicamente, luego de más de una década de cambios sociales y políticos en favor de los sectores populares, la derecha conservadora con la ayuda de sus aliados extranjeros, llegó al poder en Argentina, Chile, Brasil, Ecuador y en el resto de los países donde se mantuvo en gobierno. El imperio estaba ganando la “batalla cultural”.

La actual coyuntura latinoamericana se debate entre los gobiernos que sostienen políticas neoliberales con el apoyo de un EEUU que pugna por no ceder su influencia en la región, y los sectores que se oponen a la exigencia de este modelo de exclusión. El símbolo del éxito neoliberal en el continente había sido siempre el tan mentado modelo chileno, modelo del cual muchos hablaban, alababan, pero sin conocer demasiado de qué se trataba en realidad. Pues bien, el laboratorio donde se hizo el primer experimento de neoliberalismo, el Chile del Terrorismo de Estado Pinochetista, después de treinta y seis años estalló por los aires debido a la rebelión popular que comenzó en octubre y todavía perdura en su lucha. La mentira de que el país trasandino era un paraíso de paz y tranquilidad quedó al desnudo al caer la careta que ocultaba al verdadero Chile, el de la pobreza, la represión, la discriminación y el racismo, el de la exclusión y el abandono de sus adultos mayores, el verdadero Chile, el que padece el cáncer neoliberal y al que su pueblo dijo: basta. Las revueltas de Ecuador, las protestas en Colombia y las luchas en toda la región, mostraron el “rostro hitleriano” del imperio, el verdadero mal que enfrenta América Latina, la violencia con que responde el imperio frente a esta resistencia, el sangriento golpe cívico-militar en Bolivia contra el gobierno de Evo Morales. Otra vez los muertos, otra vez los desaparecidos, otra vez la brutalidad contra la inteligencia, otra vez la injusticia.

El futuro latinoamericano pareciera incierto y sombrío. Los hechos acaecidos en Ecuador, Chile y Colombia revelan las nocivas intenciones de los que detentan el poder. EEUU avaló a los gobiernos que reprimieron a sus pueblos, y en Bolivia se retrocedió descaradamente a los tiempos del “plan cóndor”.  Si bien América Latina está en crisis, ésta es el efecto de la crisis profunda del capitalismo imperialista, un trance que expone las limitaciones del pensamiento único y de la globalización neoliberal. Hoy Latinoamérica sigue luchando, el poder que enfrenta todavía es muy fuerte, pero la ocupación del espacio público de parte de los sectores populares manifiesta que todo está por lograrse, que siempre es posible hacer el bien, que nada es definitivo y que todo está por conquistar. Además, en el norte y en el sur de este continente llegaron al gobierno alianzas de centroizquierda que abren una posibilidad cierta de recuperar el sendero de la unión. Tanto el México de AMLO como la Argentina de los Fernández, se presentaron como gestiones que proponen modelos alternativos al neoliberalismo. El caso de Argentina dejó al desnudo una beta de debilidad del poder neoliberal, a pesar de haber hecho lo imposible para borrar al peronismo kirchnerista, evidenciaron un rotundo fracaso y alto desconocimiento respecto de los movimientos populares latinoamericanos. Quizás sea como afirmó el politólogo francés Bertrand Badie, “el mundo se está reinventando y del Sur saldrían las ideas y las propuestas alternativas al imperialismo neoliberal, a las humillaciones de la dominación, algo así como un segundo acto de la globalización, pero social”. Los humillados y ofendidos de hoy tal vez sean los constructores de la libertad del mañana. América Latina sigue siendo, a pesar de su historia, el continente de la esperanza, México y Argentina emprendieron ese camino con intención de que esta vez no quede trunco de nuevo. La “Patria Grande” llama otra vez, como siempre, todo queda por hacer…

*Claudio Esteban Ponce, licenciado en historia, miembro de la Comisión de América Latina de Tesis 11.

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