MARCOS ANA*.

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Oscar Touris**

Un grande en toda la línea. Uno de nuestros contemporáneos que tuvo la virtud de convocarnos a la lucha por la libertad de sus compañeros, y la de él mismo, durante la larga noche del franquismo. Acepta encontrarnos y compartir el desayuno en la otoñal mañana de octubre en Madrid.

Un grande en toda la línea. Uno de nuestros contemporáneos que tuvo la virtud de convocarnos a la lucha por la libertad de sus compañeros, y la de él mismo, durante la larga noche del franquismo. Acepta encontrarnos y compartir el desayuno en la otoñal mañana de octubre en Madrid.
Disfrutamos de más de 2 horas de diálogo franco, abierto, lúcido. En lo personal recuerdo su convocatoria desde un poema llamado «Te llamo desde un muro». Recuerdo el acto realizado en el Luna Park celebrando su liberación, la de Luis Quesada y la de otros presos políticos arrancados de las garras del franquismo en 1961. Nos cuenta anécdotas e historias de sus años de prisión, pero es también un hombre comprometido con el hoy. Viaja y participa en Congresos, Seminarios por la Paz, por el medio ambiente, etc.
Nos dice que tiene 84 años de edad, pero sólo 61 de vida, pues no deben contarse los 23 años de prisión. Cayó prisionero cuando tenía 18 años y recuperó la libertad a los 41, a finales de 1961, como producto de la lucha de la gente, de personalidades, de organizaciones y de gobiernos, entre los cuales estaba el gobierno argentino de entonces. No queriendo aparecer cediendo a esa presión, el gobierno de Franco dictó una ley especial por la cual se ordenaba la expulsión del territorio español de los presos con más de 20 años de prisión. Al salir en libertad, y después de recuperada su salud, le prepararon una serie de conferencias por Europa. En París conoció a quien sería su mujer, una «niña de la guerra» hija de una familia refugiada en Francia, con quien tuvo un hijo. El diálogo nos lleva a sus recuerdos de las prisiones franquistas. Allí vio morir a compañeros de hambre y de frío. En la última que conoció, la de Burgos, «los mocos se cortaban con tijera». Los primeros años fueron los más duros. Allí sentían como lo único importante sobrevivir. Pasar el día de hoy. Llegar a mañana. En determinado momento, si bien las torturas y la dureza en el trato por parte de los carceleros no desaparecían totalmente, notaron un cambio importante: aflojaban su dureza. Como si los miraran de manera diferente. Después sabrían que el cambio se debía a la batalla de Stalingrado. La derrota de los nazis les habrá hecho pensar a esos malvados que quizás el final, no estaba escrito todavía. Una de las torturas predilectas era «La Saca». Así denominaban la lectura todas las noches de la lista de los que eran llevados a capilla para ser fusilados a la mañana siguiente. Eran 15, 20 ó mas presos asesinados todos los días. Para superar la angustia, para mantener el ánimo y la moral y para desconcierto de los carceleros, con la melodía de un chotis de moda, compusieron una canción de despedida, La Pepa, «por si
nos toca», y regresaban del patio cantándola. M.A. canturrea y recuerda con una sonrisa la mirada de asombro de los carceleros. Mensajes y dinero entraban al penal dentro de tubos de dentífrico. Algunos carceleros, pago mediante, permitían la salida de cartas y mensajes. El dinero también era necesario en el mercadillo de los andaluces. Los familiares de estos, todos labriegos, robaban a sus patrones aceitunas que llevaban a sus hermanos y maridos en prisión. Luego éstos vendían los «huesos», que molidos en mortero, sabían a gloria.
Además que conservan sus propiedades alimentarias. ¿Que más pedir? ¡Es proverbial el buen humor de M.A.! Las actividades culturales realizadas en la prisión, en condiciones de extrema clandestinidad, merecen admiración y sirven de docencia para superar el «no se puede». Se realizaban como medio de supervivencia, para mantener la mente y las manos ocupadas ¡Para formar cuadros para el futuro!! En medio del horror, de las torturas y de la saca. Y así las relata M.A. Fue designado bibliotecario en la cárcel de Burgos. Allí había sólo libros de los permitidos: los que proveían la iglesia y las autoridades. Algunos comics y revistas de aventuras, y nada más. Pero la biblioteca comenzó a crecer… Disimulados en latas de galletas, entraron libros de los «no permitidos».
Entre los presos había labriegos, profesionales y también; y sobre todo, obreros y artesanos de gran valía. Por supuesto, no podían faltar imprenteros y encuadernadores. Éstos buscaban títulos que nunca pedirían para leer ni los guardias ni los curas, los desarmaban respetando las primeras páginas, y volvían a armario con un libro «de los prohibidos» en su interior.
Verdaderas obras de arte realizadas con las manos y en condiciones de severa clandestinidad. Un millonario ayudó a los presos facilitando la entrada de algunos ejemplares al penal, (luego, en una feria realizada a beneficio de los presos, «recompró» el Canto General de Neruda). También organizaron una tertulia literaria: «La Aldaba» donde interpretaron obras de teatro, siempre en la clandestinidad, con actores y público y también con campanas que avisaban la llegada de algún guardia inoportuno. Recuerda que fue en Burgos, en una celda de castigo, incomunicado, donde encontró la poesía, esa forma de expresarse, esa herramienta de lucha, esa espada que ya no abandonaría nunca más.
Cuando salió de la cárcel, recuerda que quería ir a Latinoamérica, entrando por
Argentina. En 1962 un golpe de estado había cambiado el gobierno, y Rafael
Alberti le aconsejó que viajara primero a otros países para evitar que un casi seguro rechazo por parte de los militares argentinos, le cerrara después otras puertas. Así lo hizo, comenzando por Brasil y Uruguay siguió luego
Argentina, en 1963, con el Luna Park lleno como en sus mejores momentos.
Nos despide con un abrazo. Le informamos sobre las actividades de Tesis 11. Dejamos en sus manos un ejemplar de la revista. Nos deseamos suerte. Gracias Marcos Ana.

*Marcos Ana, poeta, escritor, ex combatiente por la República en la guerra civil española, estuvo preso del franquismo durante 23 años.

**Oscar Touris, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11.

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