El sindicalismo argentino: Entre la equivocación de 2015, la crisis y el 2019

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(situación nacional)

Alberto “Pepe” Robles[1]

 Macri, que tiene entre sus objetivos la destrucción del movimiento sindical argentino, llegó a la presidencia con el voto de una parte del mismo. Reiterar esa equivocación en 2019 y habilitar una nueva victoria del Partido de los CEOs, hace peligrar  el lugar del sindicalismo como sujeto político colectivo, logrado con el peronismo. Además, enfrenta la necesidad de reconstituirse unitariamente, incorporando en su seno las motivaciones de los nuevos movimientos populares.


“No podemos volver a equivocarnos con el voto.”

Hugo Moyano, 17 de octubre de 2018

La gran equivocación

Hace pocos días Hugo Moyano, uno de los dirigentes sindicales más importantes de las últimas décadas, realizó la declaración que se reproduce al inicio. Se trata de una confesión dramática, realizada en primera persona del plural, mediante la cual Moyano se incluye en el sector sindical que se “equivocó con el voto” y habilitó el triunfo electoral de Macri en 2015 por una diferencia mínima de votos y con él la llegada al poder del Partido de los CEOs. Por primera vez desde que se instaló la democracia en 1916, cien años atrás, un partido dirigido por los grandes grupos económicos llegaba al poder político sin necesidad de recurrir a un golpe de Estado.

A un año de las elecciones presidenciales de 2019, una nueva “equivocación” y una nueva victoria del macrismo, significaría terminar definitivamente con las conquistas e instituciones que hicieron de la Argentina el país más igualitario y con mejor nivel de vida de la población trabajadora de América Latina, obviamente sin que ello implique ignorar las graves carencias y la deuda social que el capitalismo salvaje globalizado ha impuesto a todos los pueblos del mundo, especialmente en América Latina.

Examinar las causas profundas de la “gran equivocación de 2015” y la naturaleza de la crisis generada por el gobierno de Macri, es necesario para evitar que eso vuelva a suceder en 2019.

Una crisis buscada

En menos de tres años de gobierno de Macri, el poder adquisitivo del salario real argentino en el mundo se redujo a la mitad, debajo de países como Paraguay, Bolivia y Perú, que históricamente siempre estuvieron muy por detrás del nivel de vida de la clase trabajadora argentina, como lo demuestran las grandes corrientes inmigratorias provenientes de esas naciones hermanas. Simultáneamente, el aumento real en un 1000% de las tarifas de los servicios públicos y la liberación del precio de los alimentos, eliminó la porción del salario destinada a tener una calidad de vida que vaya más allá de la mera subsistencia.

El objetivo de “sincerar” los precios relativos y reducir el “costo laboral” argentino, no fue una sorpresa y había sido anunciado explícitamente por Macri, aún antes de las elecciones de 2015. La consecuente reducción del consumo interno, con su secuela de desindustrialización, desempleo, criminalidad, exclusión y precariedad laboral, junto al aumento geométrico del nivel de endeudamiento externo, pusieron un cepo a cualquier intento de recuperar aunque sea parcialmente, el nivel de vida que la población trabajadora tenía en 2015.

Para cerrar el círculo de fuego, Macri viene recurriendo en los últimos meses a la figura negativa de “los últimos 70 años”, refiriéndose así al peronismo que gobernaba en ese momento. Macri revela con esa figura temporal un cambio profundo en los objetivos del grupo que tomó el poder en 2015: ya no se trata de revertir los doce años de gobierno kirchnerista a los que se refería con la figura de “la herencia recibida”. Ese trabajo ya está hecho. Ahora se trata de revertir las transformaciones, conquistas sociales y sobre todo la cultura popular que el peronismo introdujo en el cuerpo social argentino. Ahora la culpa de todo no la tuvo solamente Cristina, ahora la culpa de todo la tuvo el peronismo, “hace 70 años”.

La ofensiva del Partido de los CEOs se encuadra en la ola antipopulista que promueven los centros culturales financiados por “los mercados” occidentales y está apoyada por un aluvión de pseudo “investigaciones” que pretenden instalar la idea de que la Argentina, antes del peronismo, había sido una gran potencia mundial y que a partir de ese momento, “70 años atrás”, entró en decadencia. Esta operación cultural puede encontrarse en libros como La Argentina devorada (2017) de José Luis Espert y El retorno al sendero de la decadencia argentina (2018) de Javier Milei. Extraña potencia mundial aquella Argentina anterior a 1945 que no permitía la democracia, ni tenía premios Nobel de ciencia, o empresas multinacionales invirtiendo en todo el mundo.

Esta inflexión del macrismo recupera la histórica “grieta” entre peronismo y antiperonismo, que tuvo como fin desperonizar al pueblo argentino, anulando la política entre 1955 y 1983, con consecuencias trágicas. Sin embargo la motivación no es la misma. El objetivo del Partido de los CEOs es latinoamericanizar el nivel de vida y la estructura productiva de Argentina, para poder insertarla en la dinámica de la competitividad a la baja, que mueve el mercado de capitales global.

Para ello necesita eliminar las instituciones creadas por el peronismo, que distinguen a la Argentina del resto de los países de América Latina, principalmente los sindicatos, las jubilaciones, la industrialización, la ciencia y la tecnología, los remanentes del Estado de bienestar y el tamaño de la clase media.

Latinoamericanicémonos

La crisis argentina de 2018 va más allá de la crisis económica. Más allá de los desequilibrios macroeconómicos insostenibles, la crisis argentina antes que nada es el intento de cambiar estructuralmente las condiciones de vida de la población argentina. El objetivo central es latinoamericanizar el nivel de vida de la población argentina, esto es forzarla a vivir de acuerdo a las pautas que caracterizan a América Latina: alta desigualdad social, producción primaria exportadora, precariedad laboral, altos niveles de pobreza, altos niveles de violencia urbana y de género, una clase media reducida y alta participación en el ingreso de las clases altas. De allí que los modelos recomendados por el Partido de los CEOs sean Chile, Paraguay, Perú, o Colombia.

La situación de la Argentina en la globalización es una situación peculiar, diferente del resto de América Latina y los demás países del tercer mundo. Antes de la globalización, la Argentina había alcanzado un nivel de vida, que en muchos aspectos la aproximaban a los países “desarrollados”: bajísimo nivel de pobreza, alta formalidad, pleno empleo, una gran clase media, un sindicalismo fuerte, una economía relativamente diversificada apoyada en el mercado interno, un importante Estado de Bienestar, y un grado de inclusión e igualdad social que habían reducido al mínimo fenómenos como la criminalidad.

Pero la globalización instauró en el mundo una dinámica de “competencia a la baja”. La libre movilidad del capital hace que los capitales privados busquen constantemente países donde los costos laborales son más bajos y donde las ganancias sean más altas y rápidas. Con sus aparatos productivos privatizados y el Estado retirado de la economía, los países compiten para “atraer a los capitales”, bajando principalmente los costos laborales, impositivos y de cuidado ambiental.

La competencia a la baja dañó mucho a la Argentina y bajó mucho el nivel de vida alcanzado hasta la década de 1970. Por esa razón, la globalización introdujo un conflicto social que prácticamente no se encuentra en otros países del tercer mundo: había que forzar y “acostumbrar” a la población argentina a vivir mucho peor.

Pero no es fácil hacer que un pueblo se acostumbre a vivir sin lo que tuvo. Mientras que en China, por ejemplo, la generación que hoy tiene entre 20 y 40 años, tiene un poder adquisitivo diez veces mayor que la generación de sus padres y abuelos, en Argentina esa misma generación tiene mucho menos poder adquisitivo que sus padres y abuelos. Si en China existe una memoria de la pobreza extrema, desde un presente en el que la pobreza se redujo drásticamente, en Argentina existe una memoria de la prosperidad, desde un presente en el que la pobreza aumenta.

Esto genera malestar social y explica el surgimiento de movimientos como las organizaciones piqueteras y de desocupados, que organizan economías populares de subsistencia, de raíz solidaria y cooperativa.

Es en este contexto global de competencia a la baja y la peculiaridad argentina de haber sido un país latinoamericano con alta calidad de vida, que debe entenderse la actual crisis inducida por el Partido de los CEOs y sus implicancias para la situación del trabajo y el movimiento sindical.

La crisis actual tiene como fin disciplinar a la población para eliminar 70 años de derechos e instituciones sociales. Si el Partido de los CEOs volviera a ganar, el impacto para el movimiento obrero será terminal. La eliminación del Ministerio de Trabajo es la confesión de un gobierno que ha decidido que el trabajo no es prioridad en su proyecto de país.

José Luis Espert, en su libro La Argentina devorada (2017), sostiene que sin terminar con el actual modelo sindical argentino no es posible instalar el modelo económico que exigen “los mercados” y propone eliminar lo que llama “los cánceres” del sindicalismo argentino: la actividad política de los sindicatos, la personería gremial para el sindicato más representativo, las paritarias y las obras sociales sindicales.

Lo que estamos viviendo es una crisis constitucional, en el sentido más profundo del término, como ruptura del consenso sobre el tipo de vida que debe tener el pueblo argentino. Se trata de imponer en Argentina el mismo nivel de vida y la misma estructura productiva que en el resto de América Latina, como exportadores de materias primas baratas controladas por las grandes corporaciones globales, tal como nos formateó la colonización europea.

Para no equivocarse nuevamente en 2019

La equivocación que llevó a que una parte del movimiento obrero votara a Macri, obliga a plantearse seriamente las causas de esa equivocación histórica y la forma de evitar que vuelva a repetirse.

Desde ya, como en todo fenómeno social, las causas son múltiples. La influencia psicológica de las grandes empresas de comunicación, en la era de la tecnología de la información y las comunicaciones, es mayúscula y no puede ni debe ser subestimada. Las insuficiencias de una experiencia política que no pudo o no supo romper las limitaciones impuestas por la globalización. Tampoco debe subestimarse la inteligencia estratégica de los sectores de poder concentrado, para aprovechar las divisiones del campo popular y los prejuicios sociales, aplicando el sabio principio de “divide y reinarás”.

Pero en esta ocasión me parece necesario poner la lupa en la relación entre el sindicalismo y la política. Lo que Moyano dolorosamente dice, es que el sector del movimiento obrero que votó por Macri, se equivocó políticamente. Dicho de otro modo: lo que Moyano reconoce es que no da lo mismo quien gobierna, porque el movimiento obrero no puede reducirse a ser un grupo de presión sobre el gobierno de turno. No hay derechos laborales y sindicales sin un modelo económico capaz de sostenerlos y ese modelo es imposible sin acceso al poder político.

Históricamente, en los “últimos 70 años”, el movimiento obrero, aún con diferencias internas, se había mantenido dentro del peronismo, del que se consideraba “columna vertebral”. Eso le permitió actuar como sujeto político, algo que el poder económico y especialmente las dictaduras, siempre resintieron.

La política neoliberal que llevó adelante el menemismo no eliminó la “columna vertebral” sindical, pero la dañó seriamente. La separación de algunos sindicatos de la CGT para crear la CTA, dando fin a “70 años” de central única, así como la fractura interna de la CGT, disminuyó notablemente la acción del movimiento obrero como sujeto político colectivo. La central sindical es la que organiza al trabajo como sujeto político.

Si bien el gobierno kirchnerista empoderó al sindicalismo y logró una inédita estabilidad del Ministro de Trabajo durante tres presidencias, el movimiento obrero no logró reconstituirse plenamente como sujeto político y nuevas división dentro de la CGT y de la CTA, abrieron camino a la gigantesca “equivocación del voto” de 2015.

El grado de agresividad contra la población trabajadora que el gobierno de Macri ha mostrado en la crisis, está produciendo una evidente reorientación de las diferentes corrientes sindicales, para ubicar al movimiento obrero en el centro de un gran movimiento político opositor, capaz de vencer a Macri o su sucedáneo en las elecciones de 2019. Las masivas movilizaciones sindicales de los últimos años reflejan esa tendencia inequívocamente.

Sin embargo la unidad sindical de cara a constituir al movimiento obrero en una nueva “columna vertebral” de un proyecto alternativo, está lejos de estar consolidada. Las tensiones dentro de la CGT parecen crecer, antes que decrecer.

Más allá del desafío de la unidad, el movimiento obrero argentino enfrenta otros desafíos cruciales si pretende no volver a “equivocarse” en 2019 y los años subsiguientes. Tres grandes movimientos populares se han expandido en los últimos años: en primer lugar el movimiento feminista, replanteando la relación entre los géneros dentro y fuera del trabajo; en segundo lugar el movimiento de los trabajadores y trabajadoras de la economía popular; y en tercer lugar la teología de la liberación latinoamericana que asumió la conducción de la Iglesia Católica con el papa Francisco en 2013. El movimiento obrero debe incorporar en su seno las motivaciones profundas de estos tres movimientos que están reconfigurando las luchas populares. Los sindicatos deben dejar de ser espacios masculinos de trabajadores formales, para constituirse en puentes de formalización de los excluidos y excluidas, así como herramientas de la igualdad de género.

Finalmente el movimiento obrero argentino debe prestar más atención a la revolución interna que ha significado la multiplicación por cinco de los delegados y delegadas sindicales elegidos en los lugares de trabajo. Si en el año 2000 había 20.000 delegados y delegadas, actualmente la cantidad se estima entre 75.000 y 100.000. Decenas de miles de jóvenes han ingresado a la militancia sindical en la última década y media, incluyendo una cantidad inédita de mujeres. El proceso es potencialmente muy positivo, pero también hay que tener presente que esos y esas jóvenes han ingresado al sindicalismo, en la época que podríamos llamar de la “gran equivocación”, cuando los lazos entre la política y el movimiento obrero se habían debilitado. Los y las jóvenes sindicalistas precisan capacitación, una ética militante basada en la solidaridad y el amor al pueblo, y sobre todo participación con poder real en las instancias orgánicas de los sindicatos.

En síntesis: un error garrafal derivado de la desunión del movimiento obrero, permitió que el gobierno de Macri llevara intencionalmente a la Argentina a una crisis sistémica, con el fin latinoamericanizar el nivel de vida de su población y su aparato productivo. La existencia misma del movimiento sindical está amenazada. Para evitar un nuevo triunfo del Partido de los CEOs, el movimiento obrero necesita reconstituirse unitariamente como sujeto político incorporando en su seno las motivaciones de los nuevos movimientos populares.

[1] Abogado laboralista e historiador. Director de Investigaciones del Instituto del Mundo del Trabajo “Julio Godio”, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Los artículos son responsabilidad de sus autores y no comprometen la opinión de Tesis 11

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