Las revoluciones árabes: ¿Impulso agotado o período de transición?

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Revista Tesis 11 (nº 115)

(Internacional/Medio Oriente)

Hédi Sraieb*

Traducido del francés por Carlos Mendoza**

En 2011, una enorme protesta se extendió en cuestión de semanas, desde la orilla sur del Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico, cuestionando a los regímenes nepóticos y autoritarios. Grandes multitudes se movilizaron desafiando indistintamente a dictaduras militares teñidas de laicismo, como a monarquías teocráticas y reaccionarias.

Nota: El presente artículo es complementario del publicado por el autor en el nº 113 de Tesis 11, cuyo enlace es:

https://www.tesis11.org.ar/ruinas-en-el-medio-oriente-y-los-tragicos-errores-de-occidente/

Era un movimiento lleno de creatividad impulsado por una juventud que afirma su aversión radical a la corrupción y que pone de relieve sus aspiraciones a una vida libre y digna. Como un reguero de pólvora el movimiento atrajo a su paso a todas las clases sociales y edades de la población extirpando al mismo tiempo el peso de la fatalidad y la resignación largamente contenidos.

Cuatro años más tarde, es evidente que, a excepción de Túnez, el balance de estos procesos de emancipación es abrumador. La “primavera árabe” no conduce, actualmente, más que al caos político y a la inseguridad. Pero peor aún, una perspectiva de desmembramiento o incluso desmantelamiento de ciertos estados parece ahora posible.

Siria, Libia y Yemen están a sangre y fuego. Si se añade a los países vecinos, este espacio regional ya cuenta con más de 500.000 muertos y más de 5 millones de personas desplazadas que huyen de los combates y buscan refugio cercano o una emigración distante. Esta es la crisis social y humanitaria más grande y más grave de todos los tiempos en la región. Hay que remontarse a los comienzos de los años 50, con el éxodo masivo de palestinos dejando tierras y hogares después de la creación del Estado de Israel, para encontrar trazas de tal drama humano.

A título ilustrativo, recordemos que Túnez acoge hoy casi uno de cada cinco libaneses que huyen de lo que se conviene en llamar una guerra tribal y de clanes. Jordania, Líbano, Turquía, acogen cerca de 2 millones de refugiados sirios que son presa de una guerra civil travestida en guerra religiosa. El balance global de esta región es trágico e inapelable. Observamos una degradación avanzada de los Estados, una difusión sin precedentes de masacres, de cohortes de refugiados cada vez más numerosos, pero también el auge de movimientos terroristas, con un fondo de crisis económica generalizada y empeorando. En el horizonte, no distinguimos soluciones para poner fin a estas guerras civiles. Ni como! Ni a qué precio!

Naturalmente, ha surgido mucha controversia en la caracterización de los hechos. ¿Se trataba de revoluciones o de simples revueltas sin perspectiva? Detrás de las apariencias de levantamiento democrático, ¿no había desde el principio fermentos de guerra civil latente o de enfrentamientos sectarios (chiitas contra sunitas, secularistas contra islamistas, fuerzas armadas contra hermanos musulmanes)? Además, según aportan ciertas tesis, los desarrollos recientes marcados por la omnipresencia de la cuestión religiosa que tienden a invadir el espacio político, debido a los movimientos yihadistas fundamentalistas, ¿no son prueba de que las sociedades árabes están tratando de reconciliarse con su esencia? ¡Una especie de contrarrevolución reaccionaria!

Diametralmente opuestos, nos encontramos con otros enfoques que abordan una visión radicalmente diferente de los hechos que tienen lugar ante nuestros ojos. Estas lecturas rechazan el reduccionismo lineal y el esencialismo cultural dominante. Consideran que el momento actual es, en realidad, una transición en el que conviven y compiten factores de ruptura como de continuidad. Un período de incertidumbre y de profundos disturbios, en el sentido gramsciano del término: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo aún no ha nacido; durante esta transición aparecen una gran variedad de mórbidos síntomas “.

 

De hecho, dos enfoques se oponen totalmente. El primero, inscripto en el corto plazo, concluye con que fracasaron esas revoluciones. Una suerte de resultado final que cierra el asunto. De ahí el florecimiento de imágenes tales como “Invierno árabe” (Siria, Libia, Yemen) o “Verano militar” (Egipto). Otro enfoque, más historicista, inscripto en el largo plazo, interpreta los últimos acontecimientos como momentos singulares que no prejuzgan del resultado final.

De pronto, el proceso actual plantea la cuestión central de la temporalidad del cambio político.

Los caminos revolucionarios tienen sus propias dinámicas (desafíos, protagonistas). Son procesos complejos que requieren deshacerse de cualquier concepción gradualista y lineal del tiempo político. La revolución no puede ser reducida a un “gran suceso” o a un “momento de ruptura”. Las trayectorias siguen siendo inciertas, marcadas por reversiones abruptas o bifurcaciones que hacen creer en “un resultado definitivo”, mientras que sólo son vicisitudes.

En los orígenes de estos levantamientos y de acuerdo a la formulación cara a Mao “una chispa puede encender una pradera”, hay, sin duda, una crisis social latente pero que de repente será de una escala y agudeza sin precedentes. Nos referimos aquí a la propagación de los efectos de la gran crisis financiera y económica en el período 2008-2011. Pero, este corto período, es una “situación excepcional” (simultáneamente en ambos lados del Mediterráneo) más en el sentido Althusseriano del término que el que es común a los economistas! Una especie de “condensación inmediata eco-política” de los males y contradicciones inherentes a las trayectorias de desarrollo seguidas por más de tres décadas. Nuestra hipótesis es que esta crisis “mayor” en este arco regional sería el detonante de la revuelta en el mundo árabe. Una suerte de “sobreacumulación espontánea y excepcional” de los efectos negativos de las derivas recesivas.

Todo tipo de indicadores estadísticos y múltiples trabajos lo atestiguan. No podemos reproducirlos, dado el espacio asignado para este artículo. El desempleo se ha disparado entre 15 y 20%, dependiendo del país (30% de graduados, 40% de mujeres, 50% en las zonas del interior). Ellos serían los primeros en salir a la calle!

El poder adquisitivo de los asalariados, como el de los estratos populares, se desintegra. Ellos se unirían a las manifestaciones. Una precariedad tal que estas clases medias ya no responden a la imagen que uno se hace de ellas: Con la forma de globo aerostático pero siendo más bien la de un reloj de arena donde todos convergen a un mismo punto, en este caso el de reunión para la protesta.

Pero, hecho indiscutible, el movimiento islamista iba a estar ausente en las primeras semanas.
Sólo dominan en eco –desde Túnez a El Cairo, desde Bengasi a Bahrein, desde Damasco a Sanaa-, reivindicaciones sociales y democráticas, consignas simples: Trabajo, Dignidad, Libertad.

Los mitos culturalistas de la “excepción árabe” volarán en pedazos! Los paradigmas de la obediencia al líder, de la mujer sometida y reclusa, de regímenes fuertes, del fatalismo árabe, se desmoronan, des-sacralizados por siempre e irreversiblemente por las masas que irrumpieron en la política. Así, sin duda, debemos darle la razón a Lenin que había enumerado las condiciones de la crisis revolucionaria: “cuando los de arriba no pueden… cuando los de abajo no quieren… cuando los que están en el medio dudan y pueden cambiar…” Tres condiciones inseparables y combinadas. Añadió que, por tanto, se trata entonces de: 1-de una crisis política de dominación, 2-de una crisis general de las relaciones sociales, cuya forma es la de una “crisis nacional”. La cronología le da la razón al menos en cuanto al “momento del comienzo” (el cambio) tal vez no en cuanto al “momento de la culminación” (apaciguamiento duradero y establecimiento de un régimen sustentable).

Este es el famoso “momento de entusiasmo” en el que todas las clases se fusionan para derribar los regímenes autoritarios “que ya no pueden”. Examinemos lo que siguió y tratemos de sacar algunas lecciones de etapa. Es difícil descifrar las trayectorias futuras, tan diversas son las situaciones.
El Estado aun en toda la plenitud de sus dispositivos de hegemonía (coerción + consentimiento) no podría resistir los embates que le son asestados. Pero ahora está en plena descomposición (Yemen, Libia) o al menos en una fase de degradación avanzada (Túnez, Egipto). En el primer caso los poderes soberanos (ejército, policía, justicia), ya de por si embrionarios, han desaparecido, dando paso a milicias rivales que se desgarran entre sí por el dominio de territorios,  reproduciendo así bajo una forma de extrema violencia lo que no eran sino verdaderos conflictos tribales y de clanes que moderaban Gadafi y Saleh. La dimensión confesional está ausente en Libia: ya que todos son sunitas o bereberes. Pero dado el ambiente de caos, algunos sectores tribales están tratando de construir alianzas con grupos del movimiento islamista. Los riesgos de secesión son reales, ya que las tribus aliadas alrededor de Bengasi se oponen a las agrupadas en torno a Trípoli, pero sin que las fronteras sean claras, siempre sujetas a reversión. Yemen está en un caso similar, pero debe lidiar con dos frentes. En el norte los houttis (chiitas) han llegado a la capital Saná. Al sur un intento de secesión está en marcha en torno al puerto de Adén con el apoyo de las fuerzas de Al Qaeda.

El Estado egipcio se mantiene en manos de las clases dominantes. Un golpe militar destituyó al presidente Morsi, democráticamente electo, quien fue detenido y condenado a muerte. Una caricatura de contra revolución.

Sólo Túnez parece estar comprometido en una transición pacífica. El partido islamista Ennahda se retiró, después de la presión de la calle, para dar paso, elecciones mediante, a una coalición modernista, pero que se asemeja fuertemente a una restauración. La potente sociedad civil observa y dirá su última palabra! Pero, como quiera que sea, todo es un desaire del que la historia tiene el secreto: Cambiar todo para no cambiar nada!

El caso de Siria condensa contradicciones paroxísticas. ¿O sería mejor hablar del Sem (Gran Siria y Líbano). Una región donde algunos predicen, un poco apresuradamente, una guerra de Treinta Años como analogía de la que asoló Europa desde 1618 hasta 1648, entre católicos y protestantes. Este gran territorio (Siria, Líbano, Irak) alberga la confluencia de dos grandes crisis; una antigua, pero revivida, que nace de la creación de estados naciones artificiales, tras el desmantelamiento del imperio otomano, después de la primera guerra mundial, y otra, la feroz rivalidad entre las monarquías de vocación hegemónica del Golfo y los sunitas árabes, por un lado, y el Irán persa y chiíta, por otro lado. Y el Estado Islámico o Daech? (1) un intruso extranjero entonces? Seguramente no! Un ejército rebelde surgido después de la guerra de Irak, compuesto por funcionarios sunitas doblemente humillados (primero por los estadounidenses, y luego por los chiitas). Privados de sus derechos y encarcelados en Abu Ghraib. Tienen sed de venganza, hasta los límites de la barbarie, pero son muy aguerridos. Devenidos Emires en un Califato (todo musulmán le debe lealtad) despliegan una estrategia en 2 fases: llegan con un relampagueante ejército precedido de terroristas suicidas y luego se mezclan con la población local y restauran los servicios públicos!

Los años a venir son indescifrables, con nuevos tanteos y sobresaltos sangrientos y caóticos. Años que calificaremos como de “interregno” en la medida que las poderosas -pero por lo general dispersas- voluntades de cambio, que van a la raíz de los rencores,  no pueden ser sino de una rara violencia, en razón de la extrema brutalidad de los antiguos regímenes.

En política la elección es raramente entre el bien y el mal, sino entre lo peor y el mal menor. “Hay que estimar como un bien el mal menor”, dice Gramsci; esperando que sea escuchado…

*Hédi Sraieb, Doctor de Estado de Economía del Desarrollo (Túnez)

**Carlos Mendoza, ingeniero, escritor, miembro del Consejo Editorial de Tesis11

(1)    NT: DAECH es el acrónimo, en lengua árabe, de “Estado Islámico en Irak y Levante”. Es una organización terrorista, producto de la rama iraquí de Al-Qaida, implantada actualmente en Siria e Irak y que se desarrolló en Siria a partir de 2011.
La mayoría de sus miembros son de nacionalidad iraquí y siria, sin embargo, numerosos combatientes vienen también de las poblaciones del norte de África, Europa, Medio Oriente y el Cáucaso.

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