ANTE EL CAMBIO DE ÉPOCA.

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(dossier América Latina: artículo 3 de 7)

Telma Luzzani* 

Al finalizar la primera década del siglo XXI, un nuevo sujeto político sudamericano ha irrumpido en el escenario global. América del Sur ha crecido en soberanía, en integración, en autonomía, en desarrollo económico. Esta transformación se produce en momentos en que la mayor economía mundial, Estados Unidos, no puede revertir la decadencia de su liderazgo y varias potencias emergentes, sobre todo China, aparecen en el horizonte internacional. La salida a la que parece inclinarse Washington es la del militarismo. Más que nunca, nuestra región debe apostar a construir una política común y a reforzar una identidad estratégica sudamericana.

La humanidad se encuentra frente a un “cambio de época” como lo definiera con certeza el presidente ecuatoriano Rafael Correa el día de asunción.
 En primer signo de esta transformación es que la gran potencia dominante, Estados Unidos, ha iniciado un inexorable ciclo de declinación.
 Su poder político y cultural sigue siendo enorme. Y su fuerza militar, inigualable. Ningún otro país puede competir con su impresionante desarrollo tecnológico ni con su multimillonario presupuesto militar: el Pentágono gasta en defensa lo mismo que el resto de los 192 países del mundo todos juntos. Pero, por otro lado, su superioridad económica y financiera está declinando y con ella una de sus más afiladas herramientas de dominio y sometimiento. También su liderazgo mundial está en franca decadencia. ¿Cómo puede explicarse, sino, que a fines de 2008 una parte de la poderosa flota rusa realizara maniobras conjuntas con la armada venezolana, nada menos que en el Mar Caribe considerado por EE.UU. su “mar interior” sin que el Comando Sur pudiera impedirlo? ¿O que en agosto de 2010 China –la potencia que amenaza con ser su futuro rival- firmara un acuerdo estratégico militar con Brasil, un país del “área de influencia” norteamericana, sin mayores consecuencias?  ¿Quién podría haber imaginado, apenas una década atrás, que los presidentes de Rusia y China, Dimitri Medvedev y Hu Jintao, iban a sugerir en el año 2009 la sustitución del dólar como moneda de reserva y referencia internacional sin que EE.UU. pudiera emitir más que una débil queja formal?
 Como describe con sagacidad uno de los más respetados analistas en política exterior, el brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira “Estados Unidos es virtualmente una potencia fallida” . Y explica: “A diferencia de otras potencias industriales, EE.UU. dejó de ser exportador líquido de capitales y no lidera más ni las compras ni el establecimiento de firmas en otros países. Con un enorme déficit comercial y fiscal es una potencia deudora y no tienen cómo pagar su deuda externa (…) Depende de los flujos de capitales de otros países, sobre todo de China,  para desarrollar su economía y cubrir el déficit fiscal”.
 La República Popular China, en cambio, se consolida como el gran actor de la nueva era. Como una maratonista prodigiosa en pocos años dejó atrás a Francia, Italia y Alemania, y, en agosto de 2010, desbancó al número dos: Japón. En el brevísimo lapso de diez años, pasó de ser la séptima economía mundial a ser la segunda. Del G-7 (aquel grupo de elite formado por las siete naciones más ricas de la Tierra que durante los 90 y buena parte de este siglo se reunía en parajes lujosos para decidir las políticas que regirían el mundo), sólo le resta superar a EE.UU. No falta mucho. Según las proyecciones del Banco Mundial, eso sucederá en la próxima década.
Las cifras chinas, en todos los campos, son monumentales. Demografía, comercio exterior, consumo, demanda de materias primas, todo tiene magnitudes, velocidades y escalas que hacen palidecer hasta a los países capitalistas más consolidados.
 En Brasil y en varios países sudamericanos, China ha desplazado a EE.UU. como primer socio comercial. En otros, ocupa el segundo lugar. En la región, actúa como financista, como inversora, como gran compradora de materias primas y como empresaria, todo con reglas mucho más laxas y convenientes que las que nos ofrecían tradicionalmente europeos y norteamericanos.
 En la transición hacia la multipolaridad del siglo XXI, además de China, otras dos potencias menores también pujan por tener voz propia: India y Brasil.
 Es en esta encrucijada de la historia, caracterizada por una nueva redistribución de fuerzas y  poderes y por la frontal lucha de EE.UU. por mantener su hegemonía global, que debe analizarse la arremetida militar norteamericana en nuestra región.
La escalada comenzó en marzo de 2008 con el bombardeo colombiano a territorio de Ecuador, presumiblemente con la ayuda del Pentágono, para combatir un campamento de las FARC. Tres meses después, la IV Flota del Comando Sur, reactivada después de 58 años, comenzó a patrullar los océanos sudamericanos. El 28 de junio de 2009, el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, fue sacado de su cama a la madrugada por un comando militar y llevado, primero, a la base José Soto Cano, en Palmerola (Honduras) donde las tropas norteamericanas se instalaron, en los años 80, para conspirar contra los sandinistas de Nicaragua y nunca más se fueron. La espectacularidad del operativo tuvo como objetivo, sin dudas, ser un mensaje atemorizador para toda América latina. Semanas después, Washington y Bogotá firmaron un acuerdo –ahora en suspenso- para que tropas del Pentágono usen siete bases militares en Colombia. En enero de 2010, tras el terremoto en Haití, EE.UU. incrementó su presencia militar en la isla y, en julio, Costa Rica, un país sin ejército ni conflictos (en ese momento) aceptó la presencia gradual de 7.000 soldados norteamericanos y 46 naves entre ellas dos portaaviones con barcos de guerra y helicópteros.
 ¿Qué significa este exhibicionismo de poderío militar?
 Como se sabe, para la construcción de su imperio y la conquista de la supremacía EE.UU. necesitó, antes que nada, garantizarse el dominio total de América Latina. Hoy, que su situación predominante está puesta en cuestión, más que nunca precisa asegurarse el control del continente: para Washington es vital contar con el acceso inmediato y sin trabas a cualquier lugar de la región y a todos los recursos naturales (petróleo, alimentos, minerales estratégicos, agua) y humanos que requiera, en el momento que lo decida.
Es fácil imaginarse, entonces, el cimbronazo que significan, para el edificio imperial, los cambios que América del Sur emprendió en el siglo XXI.
En la década del 90, el neoliberalismo había hecho estragos en la sociedad sudamericana y dañado seriamente el ejercicio de la democracia. Con la asunción del venezolano Hugo Chávez en 1999, y luego, año tras año, con los triunfos electorales de Lula en Brasil (2002), Néstor Kirchner en Argentina (2003), Tabaré Vázquez en Uruguay (2004), Evo Morales en Bolivia (2005), Michelle Bachelet en Chile (2006),  Correa en Ecuador (2006) y Fernando Lugo en Paraguay (2008), América del Sur se puso, inesperadamente, a la vanguardia del movimiento antineoliberal en el mundo.
 Con una sintonía inusual estos líderes entendieron la importancia de revalorizaron el papel del Estado por sobre el mercado y, cada uno a su ritmo, encaró nuevas políticas sociales y de redistribución. La soberanía nacional fue uno de los ejes rectores de sus decisiones. Se buscó frenar la injerencia norteamericana y, como nunca antes, se cuestionó la conveniencia de realizar ejercicios militares con el Comando Sur. Por primera vez, se debatió públicamente la ilegalidad de la inmunidad que gozaban los soldados norteamericanos en nuestros territorios. Con el nuevo siglo, todos los presidentes sudamericanos coincidieron en que la integración era primordial para la subsistencia de cada nación.
Al finalizar la primera década del siglo, un nuevo sujeto político sudamericano había irrumpido en el escenario continental. La creación de la Unasur y del Consejo de Defensa Sudamericano es, sin dudas, uno de los puntos relevantes de ese nuevo proceso. Nunca antes las Fuerzas Armadas del sur habían osado compartir proyectos comunes, sin antes contar con la mirada aprobadora del Pentágono. Ahora en la carta orgánica del CDS se proponen “consolidar una zona libre, soberana y en paz (…), fomentando una identidad sudamericana en materia de defensa que tome en cuenta características subregionales y nacionales y que contribuyan al fortalecimiento de la unidad de América Latina y el Caribe” .
Fue un giro de 180º, porque las nuevas instituciones no sólo ya no consultan a Washington sino que lo excluyen. Y más aún, desafían los antiguos organismos creados por EE.UU. para controlar la región. “No cabe dudas –razona Moniz Bandeira- de que Unasur y el CDS implican la desaparición del sistema interamericano instituido por Washington y configurado por la OEA, así como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), obsoleto y denunciado por México, y la Junta Interamericana de Defensa (JID). (…) Además Unasur y CDS afectan mucho los intereses económicos, políticos y geopolíticos de Washington”.
Unasur y el CDS fueron creados en 2008. El 30 de noviembre de 2010, Uruguay fue el noveno (de los doce países miembros) en ratificar el Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones Suramericanas con lo cual se completó la cantidad de adhesiones necesarias para que el organismo entre formalmente en vigor. En su brevísima existencia, Unasur ha sido muy efectiva: en dos años, logró evitar dos golpes de Estado, (uno en Bolivia en septiembre de 2008 y otro en Ecuador el 30 de septiembre de 2010) y resolver un conflicto grave entre Colombia y Venezuela.
Las reuniones de presidentes -a diferencia de las clásicas cumbres del G8, OEA o ONU, burocráticas y meramente declarativas- han avanzado en posiciones comunes. Entre las decisiones más importantes se destacan tres:
Primero la resolución de enterrar definitivamente la “doctrina de la seguridad”, impulsada por EE.UU. en la década del 70 y que permitió, en la región, asesinatos masivos y otras violaciones a los derechos humanos.
Segundo, declarar y reconocer la región como “Zona de paz”.
Tercera, la firma de una carta democrática. En la última reunión de Unasur, el  26 de noviembre en Guyana (la IV Cumbre de la Unión Suramericana de Naciones), los doce países firmaron una carta democrática. Este mecanismo permitirá fortalecer la acción conjunta regional, para enfrentar cualquier intento de ruptura del orden constitucional y desestabilización institucional en cualquiera de los miembros. Los mandatarios acordaron una serie de medidas concretas como el “cierre de fronteras, suspensión del comercio y la provisión de energía y otros suministros” contra aquellos países que sufran golpes antidemocráticos.
Quedan aún mucho camino por recorrer: desde debates cruciales para definir y marcar los límites de conceptos como “defensa” y “seguridad” hasta medidas en el campo de lo estratégico, de la capacitación conjunta, de la cooperación, etc.
Lo importante es que la construcción de una identidad estratégica sudamericana está en marcha y que la integración avanza. Ambas son piedras en el camino para un imperio que palpa a diario su desgaste pero que luchará denodadamente por no perder su primacía. Habrá que estar alerta y avanzar con cautela y firmeza porque, se sabe, los cambios de época no tienen marcha atrás.

*Telma Luzzani, periodista, especializada en RR.II., escritora. autora de “Venezuela y la Revolución”, publicado por Capital Intelectual. Su próximo libro sobre la presencia militar extranjera y las bases en América latina será publicado por Editorial Sudamericana en 2011.

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