Isaac Grober*
Alteración de la fuente de acumulación del capital. Características del nuevo modelo y del poder que lo sustenta. Discriminación de clase a confrontar.
El desencanto y los sentimientos de frustración que anidan en el grueso de los argentinos tras los resultados de los sucesivos gobiernos y partidos políticos que los encarnaron, vino generando en ellos un clima sin precedentes, imbuido de la necesidad de algo nuevo, de algo que enfrente y responda genuinamente a las carencias derivadas de la crisis. La crisis de nuestro capitalismo.
Es un sentir de una intensidad tal que permite afirmar que se abrió una etapa que le plantea a los revolucionarios la posibilidad y oportunidad histórica de salir al cruce de esa expectativa con un enfoque que apunte a la conquista y reformulación del propio Estado, no de un gobierno para administrar lo que ya existe, una propuesta defensiva, sino de un Estado conquistado con el respaldo popular para un proyecto y programa alternativos de cambio estructural, de un alcance que contemple incluso la expropiación de los medios de producción, hoy en posesión de la clase sustentadora del poder.
Audacia y voluntad que para conquistar la convicción colectiva debe, a partir de la lucha, la calle y el debate, transparentar los mecanismos centrales de la explotación, el destino de la plusvalía social y en definitiva quienes y por qué conforman el núcleo del poder. Es decir, lo esencial del modelo de producción en marcha y los nervios neurálgicos del sistema que lo reemplazará.
La caracterización precisa del modelo del capitalismo a reemplazar es condición necesaria para consolidar la fortaleza del movimiento revolucionario y la eficiencia del proceso de cambios
Origen y sustancia del modelo actual.
Hay un punto de inflexión en nuestro capitalismo. Es el del cambio del patrón de acumulación y por tanto el de su carácter. Le fue impuesto a sangre y fuego por la dictadura cívico eclesiástica militar de 1976, la que con 30.000 desaparecidos mediante, sustituyó no sólo un modelo que apoyado en el crecimiento del mercado interno volcaba los excedentes en la inversión productiva, expandiendo la industria, la generación de la riqueza y el empleo, por otro que desde entonces se enfocó – como nudo central – en la valoración financiera del capital. Negocio que parte, luego de capturar y convertir parte importante de la plusvalía social generada en la producción por los trabajadores, en capital destinado a la operatoria especulativa financiera.
Cambio de patrón que esa dictadura impuso asociado a la cooptación del Estado, su colonización por un nuevo poder, el de las corporaciones financieras entrelazadas con el capital internacional y en su beneficio, con el concurso adicional de las corporaciones mediáticas y parte del Poder Judicial. Así se configuró un nuevo poder para comandar con un objetivo distinto el funcionamiento económico, político y social.
El mantenimiento del tipo de cambio “planchado” y a bajo nivel, su conversión a pesos pero retribuidos a tasas de interés reales positivas y la absorción monetaria mediante letras y bonos oficiales, son una prueba del impulso al negocio especulativo orquestado oficialmente como nudo central de la política económica.
Es debido al desarrollo de ese núcleo de la política que hoy enfrentamos un escenario en el que todas las ramas y sectores relevantes de la estructura económica nacional están dominadas por oligopolios, con predominio extranjero y su subordinación al capital financiero mundial. Esto se traduce en la primacía por la valoración financiera del capital, razón que explica las limitaciones y el desinterés por la inversión productiva y, por ello, el estancamiento relativo, el desempleo y crecimiento del empleo precario, la decreciente participación de los salarios en el ingreso nacional, del deterioro del mercado interno y la fuga al exterior de los excedentes. Fuga que impone la continua necesidad de endeudamiento externo y el consecuente incremento de intereses.
Por eso la permanente intensificación de la diferenciación social. Por eso cada vez es mayor el grado de concentración de los ingresos y la riqueza y más extendida y profunda la pobreza. Más precarias la independencia económica, la soberanía política y la calidad de la democracia. Todo en el contexto de la crisis general del sistema capitalista mundial, también imbuido del mismo paradigma.
Así se explica que por el mantenimiento, en lo sustancial, de la misma estructura productiva y de propiedad -expresión de la perdurabilidad de ese poder – quedó seriamente cuestionada de modo perdurable la viabilidad de cambios progresistas en la distribución del ingreso (con excepción de los gobiernos Kirchneristas) y la reversión de las causas determinantes de la precariedad y la pobreza, acompañado por la violencia desde el poder político en respuesta a los intentos reivindicativos del pueblo.
Son falencias cuya persistencia en el tiempo, aún con gobiernos de distinto signo, demuestra además la falta de contacto entre la dirigencia política y social con sus bases sociales, al punto que éstas, hastiadas tras reiteradas frustraciones, ya no las reconocen como sus dirigentes, como sus representantes. No se ven reflejadas en ellas. En muchos casos ya ni les creen ni les interesa lo que esa dirigencia diga. Ni el menor asomo de movilización ante el intento de magnicidio de una lideresa de la envergadura de CFK.
Por eso los altos índices de abstención en las elecciones. Por eso la crisis es también de representatividad. Realidad que se prueba con lo atractivo que resultó para sectores despolitizados el slogan que atribuye a la “casta política”, a la política y los políticos toda la responsabilidad de los males.
Este es el cuadro de situación que enfrenta Argentina y la verdadera naturaleza del núcleo generador de los problemas de nuestro capitalismo. Es a éste al que hay que enfrentar.
*Isaac Grober, Contador Público y Magister en Economía, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11
