Raúl

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OSVALDO BAYER

El 29 de marzo se cumplieron 99 años del nacimiento
en Balvanera de Raúl González Tuñón. Para
recordarlo los vecinos de su barrio natal le hicieron
un homenaje en la Escuela Mariano Acosta. Carlos
Gorostiza, Lucho Shuarman, Julio Baccaro y Osvaldo
Bayer, entre otros, se dieron cita allí para celebrar el
canto del poeta. En la ocasión, Bayer rememoró el
texto que había leído el 30 de octubre de 1970 en
otro homenaje a Tuñón, el que le brindaron sus
compañeros de la redacción del diario Clarín cuando
él se retiró del trabajo periodístico. El escrito
original, sin copia, sobrevivió los años duros de la
dictadura entre los recuerdos de Tuñón que protegió
su familia. Con el título de «Raúl», Osvaldo Bayer lo
incluyó en su libro «Rebeldía y esperanza» publicado
en 1993, en el capítulo «Los hijos del pueblo».

Por fin lo tenemos entre nosotros a Raúl González
Tuñón. Digo por fin porque lo tuvimos mucho tiempo
entre nosotros en esa enorme redacción que parece
un reloj del tiempo con sus ruidos, con sus gritos,
con sus apuros, y lo dejábamos escapar.
Y él se nos escapaba con su humildad, sus
eternas ganas de pasar desapercibido. Se nos escapaba
con su paso silencioso, su cabeza poblada de
sueños, y se tomaba alguna nube allí en Barracas –
por supuesto sacaba su boleto obrero—y se sentaba
a la ventanilla del tiempo a observar y amar una vez
más a las gentes, a las casas, a las ilusiones y las esperanzas
de ésta, su ciudad.
Porque como el mismo Raúl dice en uno de
sus versos: «El poeta lo es en sus libros y en la calle
».
Pero hoy lo hemos atrapado y lo hemos traído
aquí con nosotros, este puñado de amigos que
después de mucho tiempo ve tenderse el mantel familiar,
para darle las gracias a uno de los suyos por
su hacer y para expresarle la alegría que sentimos
por su último libro «La veleta y la antena», verdadera
síntesis de dos épocas, verdadera simbiosis del
pensamiento de Raúl, que vive añorando lo pasado
pero que siempre está en lo nuevo.
El pasado, los años veinte, ¡qué tema para
Raúl! Buenos Aires con sus calles color sepia, con sus
multitudes de alpargatas, de galerita, de cuello duro,
con sus anarquistas rojos de bronce quemando tranvías
y haciendo saltar panaderías, con su Hipólito
Irigoyen trenzando en la calle Brasil, con sus generales
bigotudos, con su clase media buscando que sus
hijos fueran abogados, médicos o cadetes navales,
con sus conventillos, con sus domingos de hipódromos
y fútbal.
Se ha caído un tranvía al Riachuelo. Raúl hace
sus primeras armas como reportero. Ahí está él: en
medio de ese mar de llantos, de gritos, de pitadas de
barquichuelos y vigilantes, de cadáveres grises y mojados
de obreros y costureritas. Y escribió su primera
nota: apenas un recuadro. Que titulará «El
sandwiche de milanesa». Y Botana con esa intuición
que lo caracterizó mete ese recuadro de un puñetazo
en la primera página..
Y nada como ese recuadro registró el drama
injusto que significó esa tragedia: un tranvía de
obreros ajusticiados por un Dios incomprensible en
un paredón de barro y agua podrida.Raúl se detuvo ante el cadáver de un chico, de
12 años, de pantalones parchados. Allí, de un bolsillo
le asomaba un paquete, el agua había abierto el
papel de estraza y dejaba ver un cacho de pan francés
con una milanesa en el medio. Y sobre esa figura
Raúl escribió en pocas palabras un verdadero poema
triste, trágico, desgarrante. Así, con la sencillez y un
poco de esa triste conformidad que lo caracteriza
pero que es su llameante voz de protesta. Allí, en el
sandwiche de milanesa estaba toda la tragedia: estaba
el chico que enves de jugar o estudiar tenía que ir
a las 5 y media de la madrugada a trabajar, como un
hombre más, estaba el drama de la madre preparándole
antes de partir ese sandwiche como única ayuda,
como única protección. Estaba allí toda la injusticia
de los hombres para con los hombres y lo que es
peor, para con los hijos de hombres. Estaba todo: la
vida, y la muerte.
Y tal vez esa imagen del sandwiche de milanesa
que quedó allí intacto, mojado en el pantalón
de un obrerito muerto es lo que impulsó a Raúl a hacer
esa toda su vida consecuente de poeta revolucionario.
Poeta revolucionario pero que en su épica no
se olvida del detalle de la vida diaria, del ser sin importancia,
del boliche, de la noche, de los personajes
de esta ciudad tan antirrevolucionaria:
y así, luego de su poema la huelga de las costureras,
donde nos dice:
«En estos duros días se alza la mano pura
obstinada, tenaz de las hondas mujeres
y es el vasto recinto de los grises talleres
un bostezo de lana solitaria y oscura»
o de ese otro, titulado con la terrible cifra
4144, que es la ley de expulsión de los extranjeros,
donde dice:
«¡Miren! Están ahí encerrados como las fieras
/del circo están en el bestiario
Apenas una raya pálida de luz asoma por las
/rendijas de las ennegrecidas claraboyas
y sobre duros lechos sórdidos duermen su
/sueño la esperanza y el sobresalto
el santo odio, la congoja por la casa perdida
/en donde un niño triste está esperando
y una mujer recoge migas en el mantel del viejo
/hule endomingado proletario»
o el epitafio para cuatro tumbas poema a cuatro
obreros muertos por el escuadrón de seguridad
de Salta en 1948:
«Aquí yacen Silvestre, Rueda, Allende y Flores
cuatro nombres con olor a madera
y a cañaveral, a tabaco, a petróleo y luna.»
O cuando nos habla de la mujer que lleva la
comida a los presos o del frente de Madrid y sus
milicianos muertos, o de Miguel Hernández. El preclaro
poeta que muriera de hambre en la cárcel.
Y de allí pasa a lo intimista, a lo ciudadano, a
lo familiar, cuando nos habla de los linyeras en la antigua
canción de los caballeros del caño, de Carlos
Gardel, triste y cordial como un legítimo argentino, o
en el cementerio de los perros, o en el hombre que
encontraron muerto en una plaza o en el motivo
para un fotógrafo callejero, o en el Poetango del boliche,
donde nos dice:
«En cada puerto –en cada pasión—hay un boliche
custodiando el espectro de poemas no escritos
o que un día olvidamos en las fondas lejanas.
Buenos Aires contiene la vaga antología
de las perdidas voces que escaparon al verso.
Y el ángel del boliche, poeta desvelado,
inventa el barrio, el buzón, los gorriones, la lluvia.
Guarda la llave del recuerdo.»
O nos habla de su infancia, en su poema titulado
sencillamente Remigio González. Así dice Raúl:
La chimenea guarda el grillo que calló,
su polvo musical, su espectro, su violín
aun veo el cartelón del almacén de suelas
del olor penetrante y el aire ultramarino.
me veo a mí leyendo David Copperfield
y a mi padre; Remigio González, que venía
del fondo de la tarde, claro como un domigo.
Así es Raúl. Al hombre que hoy no dejamos que
tomara su nube en Barracas y lo obligamos a estar
entre nosotros, sus amigos.
Total, mañana tiene tiempo de enderezar de
nuevo por la calle Piedras hacia el centro a la espera
de su nube donde volverá a sacar su boleto obrero y
donde tal vez converse de tanto en tanto con su hermano
Enrique y acaricie la cabeza mojada de aquel
chico que murió con un sandwiche de milanesa en el
bolsillo.

Raúl, muchas gracias.

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