Osvaldo Pugliese, de Villa Crespo al Colon.

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Roberto Papadopulos*

Su orquesta, su ritmo y su estilo marcaron una época de la música popular.

El 25 de julio, hace diez años, a las 22.40, murió en una clínica de la Capital Federal, el maestro Osvaldo Pugliese. Había nacido hace cien años en el barrio de Villa Crespo y su fama fue mundial. Marco una época y fue respetado tanto por su talento, como por su conducta ética y la coherencia con que defendió sus convicciones. Compuso mas de 130 temas y gravo 600.

Aunque el progreso no haya dejado rastro de la vieja casona de Acevedo 220, ni del famoso café “La Puñalada”, de Gurruchaga y Corrientes, o de la “Cueva del Chancho”, de Godoy Cruz y Rivera (hoy Av.Cordoba), fue en aquella casona donde nació y en estos lugares de l barrio de Villa Crespo donde vivió e hizo sus primeras armas artísticas uno de los grandes maestros de la música popular: Osvaldo Pugliese.
La historia comenzó el 2 de diciembre de 1905. Su madre, Aurelia Terragno, era una dulce mujer que gustaba espiar y alentar las virtudes de sus hijos. Su padre, Adolfo, era un modesto obrero del calzado y flautista del Cuarteto Guardia Vieja que, al comprobar sus aptitudes musicales, le enseño las primeras lecciones de solfeo.
Primero fue el violín, pero cuando el joven aprendiz mostró su verdadera vocación, un piano comenzó a aportar parte de los sonidos del hogar. “La idea de mi padre –comento un día-, es decir, la idea que yo tenia, alimentada por él, que tenia una gran pasión, era que yo fuera un gran pianista, un concertista”. Comenzó entonces a estudiar con el maestro Antonio D´Agostino, en el conservatorio Odeón.
Las necesidades de un hogar humilde, lo obligaron a trabajar a los 14 años y debió abandonar la escuela. Primero en una imprenta, luego en una carpintería, mas tarde una peluquería y, por ultimo, en busca de un oficio, en una joyería.
A los 15 años se inicio profesionalmente, cuando, con un bandoneón y un violín y por cuatro pesos, alegraba las noches del “Café de la Cancha”, que estaba ubicado en Rivera entre Godoy Cruz y el arroyo Maldonado  (hoy Av.Juan B.Justo). Desde Villa Crespo su figura se proyecta todos los rincones del país y su fama se traslado a lejanos e impensables palcos para el tango, con la ex Unión Soviética, Finlandia, Suecia, Japón, Francia y Cuba, países donde recibió varias condecoraciones y distinciones culturales.
La lucha por perfeccionar sus conocimientos musicales y tener su propia orquesta tuvo al fin su premio, y un 11 de agosto de 1939, el maestro desembarco en la calle Corrientes para debutar en el café “El Nacional”. El ingenio popular de esa hinchada incondicional, verdaderos feligreses del tango, cambio el apellido de Pugliese por el de “El Maestro” e hizo popular un clamor “Al Colon”. El mandato se cumplió en diciembre de 1985, cuando su orquesta piso el escenario con un memorable recital, recordado como una histórica “misa tanguera”.
Aquel muchacho de figura menuda, reservado, silencioso, modesto, aparentemente frió e indiferente, dotado de una exquisita y refinada sensibilidad, de excepcionales aptitudes y natural contracción a la disciplina del estudio quedo plasmada en sus personales interpretaciones –mas de 600- y en sus composiciones que fueron 130. Algunas de estas, como  “La Yumba”, “Recuerdo”, “A los Artistas Plásticos” alcanzaron un nivel que marco el ritmo y el color de su orquesta y definió el carácter de una corriente musical.
Pero su accion no se limito al Tango, y “El Maestro” mostró en la vida, la misma sensible e inquebrantable conducta ciudadana expresada en cada acto cotidiano de su vida. Militante desde joven del Partido Comunista, impulso en 1935 la formación del primer sindicato argentino de músicos. Conoció cárceles y discriminación laboral –expresada por sus músicos con un clavel rojo sobre su piano- Fue fundador de “La Casa del Tango”, desde donde impulso la difusión de la música ciudadana y su orquesta constituyo una cooperativa donde cada uno cobraba según su trabajo.
En lo personal, fue circunspecto. Lo acompaño siempre una hija, Beba, heredera de su musa tanguera, y su mujer Lidia, guardiana de su salud y de su módica economía. Un 25 de julio, su piano no anuncio, con un fa bemol, su diaria practica. Y el que la supo lunga se fue sin dar respuesta a las ultimas preguntas.

*Roberto Papadopulos, periodista, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11.

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