Los movimientos Sociales, como nuevo sujeto social emergente, de la clase trabajadora.

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Alberto J. Lapolla* 

El autor muestra la relación profunda que existe entre el nacimiento de los movimientos sociales y el proceso histórico social argentino, en especial desde la dictadura militar, las consecuencias trágicas para nuestro pueblo y en especial para los trabajadores, del menemato, el fracaso de la Alianza y de otras experiencias. Se interna en los efectos que tuvo para el movimiento obrero organizado y sitúa el tema hoy con consideraciones sobre la situación actual

La emergencia de los movimientos sociales
Los movimientos sociales, principalmente organizados por trabajadores desocupados, subocupados, cuentapropistas y semiocupados, pero también abarcatorios de prácticamente todos los órdenes de la vida social del país, emergieron en la nación, masivamente en dos etapas. La primera, al caer la dictadura genocida iniciada en 1976, con el retorno democrático en 1983 y la segunda a partir del gobierno menemista de 1989. Las políticas implementadas por la dictadura y no revertidas en lo esencial por el gobierno radical, produjeron que la masa proletaria, de larga inclusión social a través de las políticas de ambos gobiernos peronistas y por el largo ciclo desarrollista e industrial vigente desde 1943, hasta junio de 1975, se encontrara hambreada, excluida, sin vivienda, ni contención social alguna en lo referente a salud, educación y seguridad social. A esto se agregaba una política de retraso salarial permanente que hacía caer el nivel adquisitivo y distributivo a niveles muy inferiores al 30% del PBI. Cifra que parece ser la máxima tolerable, en cuanto a políticas de distribución del ingreso, por parte del bloque de clases dominantes, en la reformulación del país agroexportador surgido de la autodestrucción del modelo industrial. Modelo industrial inclusivo, que implica necesariamente un mercado interno con sueldos más o menos adecuados a poder consumir lo que la industria produciría y políticas agrarias de distribución de la tierra, de la renta de la tierra y de liquidación del latifundio, para asegurar la soberanía alimentaria de la población. El pueblo se hallaba entonces, hambreado, carente y desocupado. Las redes sociales de salud, educación, vivienda, jubilación e infancia, creadas por el Peronismo entre 1945 a 1955, subistentes de alguna manera hasta 1976-1989, criminalmente desmanteladas, ‘en las políticas de hambre y miserias planificadas’ como denunciara Rodolfo Walsh en su carta póstuma. Es allí, en el final de la dictadura, que comienzan a surgir movimientos sociales que ocupan tierras para establecer viviendas en nuevas barriadas populares (asentamientos), ante la expulsión masiva de las villas metropolitanas llevadas adelante por el gobierno del brigadier Cacciatore -uno de los bombarderos de Plaza de Mayo en junio de 1955, y ‘el mejor intendente de la Ciudad’ según dijera Maurizio Macri-, Bussi y otros gobernantes de la dictadura genocida. Pero también surgieron movimientos sociales de otro tipo, vinculados a reivindicaciones relacionadas al hambre, al agua, a la salud o a la educación popular, por los derechos humanos, por los derechos de las minorías sexuales, de los derechos inalienables de los pueblos originarios, por la protección del medio ambiente. Movimientos que emergían ante la destrucción permanente y recurrente del Estado nacional, y por consiguiente de su retiro de áreas concretas de la vida social nacional. Al mismo tiempo había una relación casi directa entre el índice de desindustrialización -desproletarización directa- y el índice de surgimiento de conflictividad social no sindical sino territorial. De hecho las curvas que representan ambos procesos son casi especulares, según mostrara un trabajo de Federico Schuster. La otrora poderosa clase obrera argentina mutaba a un nuevo escalón de desarrollo, donde su vieja experiencia y combatividad sindical, su legendaria organización en Cuerpos de Delegados, Comisiones Internas y CGT Regionales -organización arrasada por la dictadura: el 55% de los desaparecidos lo constituyen dirigentes sindicales de base, y el menemato que cerrara 180.000 fábricas- daría origen al mayor -tal vez único- movimiento piquetero del mundo, como expresión directa de la clase obrera industrial destruida por la desindustrialización forzada de la nación..

La resistencia al memenato en manos de los movimientos sociales
El proceso de emergencia y protagonismo de los movimientos sociales, se agudizaría de manera exponencial durante el gobierno menemista, sin dudas el mayor traidor a la Patria de nuestra historia. Gobierno que, entre 1989 y 1999, entregó la nación de manera total al capital multinacional, destruyendo la estructura industrial, tecnológica y científica autónoma creada entre 1945 y 1989. El menemismo privatizó todas las empresas del Estado nacional, que habían llegado a constituir casi los dos tercios de nuestra estructura productiva, y donde residía el entramado social y estructural de la nación soberana y justa, creada por el Peronismo, pero que constituía además el núcleo de hierro de la organización proletaria desde 1946. El menemato llegó al extremo de refrendar jurídicamente la entrega y la traición con la reforma constitucional de 1994, legitimando la depredación. Así, la dictadura de1976 primero, luego el menemato, seguido por el gobierno de la Alianza (1999 y 2001), desindustrializaron de manera brutal la nación, provocando el cierre de más de 220.000 establecimientos industriales, entre 1976 y 2001, liquidando a su vez a 330.000 productores agropecuarios, vinculados directamente al consumo interno de alimentos. Destruyeron así la estructura productiva nacional. También liquidaron -y ese era el objetivo imperial y oligárquico- a la otrora poderosa y combativa clase obrera argentina, organizada en un gigantesco movimiento sindical, arrastrando a la mayoría de la población a la desocupación, la pobreza, la miseria y la indigencia. Sin embargo, sin abjurar de su histórica tradición de lucha, realimentada en la permanente, heroica y tenaz, resistencia de nuestros pueblos originarios, esa clase obrera, históricamente combativa y organizada en potentes sindicatos, daría origen en su momento de mayor debilidad, al Movimiento Piquetero y al Movimiento de Fábricas y Empresas Recuperadas por sus Trabajadores, embrión de una nueva economía social apenas esbozada. Cabe destacar que, ante la transfugación masiva del peronismo como tal, a los postulados del neoliberalismo, tanto en su rama política -el PJ-, como en su rama sindical -la CGT y las 62-, con la honrosa excepción del Grupo de los Ocho, la CTA y el MTA respectivamente, cupo al movimiento social, especialmente al piquetero, encabezar la lucha contra la devastación menemista, enfrentando el destino de exterminio social que el poder multinacional había fijado para los trabajadores expulsados por millones del sistema productivo argentino. Es así que las luchas heroicas de los obreros petroleros -tal vez la mayor construcción estratégica del capitalismo industrial argentino- desocupados de ambos extremos del país, General Mosconi, Plaza Huincul, Tartagal y Cutral Có, abrieron el camino de la resistencia y de la recuperación de la memoria histórica del pueblo argentino. Para hacer más nítido el nexo histórico, en Salta y Jujuy los trabajadores desocupados tomaron formas de lucha, usadas en la guerra india-gaucha contra el invasor español en la resistencia de 1809 a 1825; lo mismo ocurría en el extremo sur del país. Esta resistencia también se hizo patente en el inmenso cinturón miserable del conurbano bonaerense, y en otros lugares del país. Así en la Matanza, Almirante Brown y Rosario, entre otros muchos lugares, surgieron fuertes movimientos de resistencia por la tierra, la vivienda, el agua, la escuela y el hospital. A esto se sumaba un potente movimiento de jubilados y pensionados ante el arrasamiento del sistema de jubilación pública. Esta resistencia tendría sus picos en la en el Matanzazo de mediados de 2001, en las luchas contra la desaparición de Aerolíneas, en la defensa de la escuela pública y finalmente en la gran rebelión popular de diciembre de 2001.

La gran rebelión popular de diciembre de 2001
En diciembre de 2001, la desocupación y subocupación real abarcaba casi al 70% de la Población Económicamente Activa (PEA), con la misma cifra en condiciones de pobreza. Política acompañada además por un endeudamiento masivo con el FMI que, todo unido, había sumido la economía nacional en un parasitismo financiero que devastaba toda actividad productiva rentable. Todos los recursos y mecanismos vitales para el desarrollo independiente de la nación con justicia social, fueron privatizados y entregados al capital imperialista. Este proceso de brutal desnacionalización y de pauperización masiva de la población, en un país inmensamente rico y poco poblado, implicó también un vaciamiento de contenido y representación de los partidos políticos existentes. Esto se expresaba en particular, para los tres partidos principales de entonces: el Peronismo (que había destruido por medio del mememismo la obra de Juan Perón), el Radicalismo que lo había acompañado en la destrucción y que luego gobernaría aliado al Progresismo de ‘centroizquierda’ entre 1999 y 2001, con Domingo Cavallo al frente de la economía, por pedido del Vicepresidente Chacho Álvarez, manteniendo la misma política neoliberal y de sometimiento al FMI, el Banco Mundial y a las multinacionales. Al mismo tiempo las fuerzas de izquierda que, en su expresión revolucionaria, habían sido masacradas por el Terrorismo de Estado entre 1975 y 1983, estaban apenas representadas por expresiones testimoniales sin respaldo popular, y con una incomprensión histórica liminar, que les impedía enraizarse en verdaderos movimientos populares que permitieran originar una nueva herramienta política del pueblo argentino. Fue en este marco de deslegitimación de los partidos políticos existentes, durante el curso de los años noventa, que hizo su irrupción, ocupando su lugar, un poderoso movimiento popular que tuvo tres expresiones principales: el poderoso movimiento piquetero, el movimiento de empresas recuperadas por sus trabajadores y el movimiento asambleario. Estos tres componentes abrieron una nueva etapa política de fuerte participación popular directa en nuestro sistema democrático, que aun transitamos y que las fuerzas de la derecha se empeñan en cerrar cuanto antes. Lo intentaron primero con la matanza del Puente Pueyrredón de junio de 2002, que por el contrario los obligó a retirarse anticipadamente del poder, luego con Blumberg y su heredero el fascismo machista-scioliano y finalmente -hasta ahora- lo intentaron con el golpe de Estado destituyente del lock out agrario de 2008, que como bien decían sus autores ‘debía ser la contracara del 19 y 20 de diciembre.’ Sin embargo, pese a sus éxitos, lo que este inmenso movimiento social no pudo hacer, fue promover una nueva expresión política superadora de los partidos que habían originado la crisis. Allí radicó y radica, la mayor debilidad de este potente movimiento social, que permitió sin embargo la aparición de un gobierno que paulatina, pero firmemente, tomó muchas de las banderas del movimiento social, como lo vienen realizando ambos gobiernos kirchneristas. Gobiernos que lograron fuertes avances en la democratización de la sociedad, permitiendo incluir a varios millones de excluidos (3.5 millones de nuevos puestos de trabajo y casi 2 millones de nuevos jubilados que habían sido abandonados por el sistema anterior), impuso retenciones a las exportaciones, recuperó palancas de la economía privatizadas, democratizó la Corte Suprema, puso en marcha el juzgamiento de los genocidas, devolvió la primacía de la política por sobre la economía (El Estado por sobre ‘el mercado’), destruyó el ALCA, y tuvo una política de apoyo y solidaridad incondicional con los gobiernos hermanos del continente, llegando a jugar un rol destacadísimo en impedir la guerra entre Ecuador y Colombia y la guerra civil de la CIA en Bolivia. Políticas profundizadas hoy por la reestatización del sistema jubilatorio, la democratización del fútbol, la ley de medios, la renacionalización de Aerolíneas y la pensión por hijo entre otras medidas trascendentes que han hecho retroceder al modelo neoliberal

Los movimientos sociales hoy
La importancia de los movimientos sociales, para la clase obrera argentina actual puede graficarse en que sólo entre 27 y el 34 % de los trabajadores, está sindicalizado, siendo que hasta 1976, el 99% de ellos lo estaba, disfrutando de plenos derechos sociales, sindicales y económicos. Por otra parte, sólo el 8.7% de las empresas poseen Cuerpos de Delegados sindicales, por lo cual las centrales de trabajadores existentes (la CGT y la CTA) no representan más que a una fracción del pueblo trabajador. El resto de los trabajadores, casi un 70% de la clase, se encuentra sin representación u organizada territorialmente -algo que ya había advertido poco antes de morir, Raúl Sendic, respecto de la necesaria organización territorial de los trabajadores ante el avance del modelo desindustrializador neoliberal- por los movimientos sociales. Movimientos que como la CMP (que aglutina ella sola a casi medio millón de ciudadanos receptores de planes sociales), la FTV, Octubres, el M8, el Movimiento Túpac Amaru, el Movimiento 26 de Julio, Segundo Centenario, el MZN, el Movimiento Evita, el Movimiento Transversal, Barrios de Pié, la CCC, el MTL, Barrios (a veces) de Pié, junto a otros muchos, recorren el país en su totalidad incluyendo a millones de trabajadores en sus estructuras y su planes sociales. Allí están construyendo viviendas, reciclando residuos, recuperando fábricas cerradas, educando y protegiendo a niños y jóvenes, produciendo alimentos sin tóxicos para el consumo popular, haciendo calles, veredas, limpiando cursos de agua u otras obras de saneamiento. Pese a todo, sus distintas líneas políticas -y la mirada mezquina de algunos sectores del gobierno- les impiden confluir en una única y potente Central de Movimientos Populares, que sin dudas sería una herramienta formidable para la organización del pueblo y la conquista de sus derechos. Por último, los movimientos sociales emergidos de las cenizas del capitalismo industrial argentino, son de alguna manera, la expresión de la dignidad de la Patria profunda y la memoria activa de la mejor tradición histórica, combativa, plural y democrática de nuestro pueblo. Tantas veces oprimido y aplastado por esa clase estéril e infecunda y tantas veces redimido por obra de su propia lucha. Los movimientos sociales representan en última instancia lo mejor de nuestro pueblo profundo y el deseo potente del mismo de no someterse al proyecto de exterminio que la clase dominante pretende ejercer sobre él. En su futuro, y en su unión con los trabajadores sindicalizados, descansa sin dudas el futuro de la liberación de la Patria y la posibilidad de profundizar el destino indoamericano que hoy embaraza nuestro continente. Patria Grande Americana o Tuwantisuyana, que ha retomado las banderas de Bolívar, Castelli, Belgrano, Moreno, San Martín, Artigas, O’Higgins y Sucre, para terminar de escribir la página que hace ya tantos abriera con su ‘volveré y seré millones’ nuestro padre Túpac Amaru II.

Por Alberto J. Lapolla*

*Alberto J. Lapolla, Ing. Agronomo e historiador, Director del Instituto de Formación de la CMP

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