América Latina frente a la muerte de Hugo Chávez. ¿Revés irreversible o salto adelante?

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Jorge Testero*

“Hugo Chávez condujo durante los últimos veinte años un proceso que cambió totalmente el rostro político de nuestra región, instaló en el mundo un país ignorado y repuso en la agenda del presente la propuesta socialista descartada por muchos luego de los sucesos de 1990.”

“La experiencia chavista, si bien es poseedora de inclasificables singularidades, se inscribe en una tradición histórica en la región. Los principales exponentes de la lucha independentista tuvieron la claridad de pensar esta parte del mundo como un espacio institucional y político único.”

Hugo Chávez condujo durante los últimos veinte años un proceso que cambió totalmente el rostro político de nuestra región, instaló en el mundo un país ignorado y repuso en la agenda del presente la propuesta socialista descartada por muchos luego de los sucesos de 1990. Su memoria, incluida definitivamente en la Historia, será reivindicada con amor profundo por su pueblo, con admiración y respeto por todos los revolucionarios del mundo; y, como corresponde, con odio obsceno por las clases dominantes. Queda ver, más allá de ello, el resultado del gran desafío que representa su ausencia física para Venezuela y toda la región que fue conmovida por su impronta política. 

El Hombre 

Con la muerte de Hugo Chávez se pierde una figura imposible de reemplazar. El proceso que lo tenía como protagonista sufre una pérdida de gran magnitud y está por verse la capacidad del espacio que lo motoriza de reponer un núcleo de conducción de alcances aproximados.

 Paradójicamente, esta lamentable situación obliga al movimiento popular venezolano a asumir responsabilidades para responder a las demandas apuradas por ese vacío. Será una oportunidad histórica para demostrar que un proyecto de transformación puede continuar la orientación, con la firmeza y la dinámica necesaria, sin la presencia física de una figura tan excluyente.  Chávez deja un legado en su propia vida y en su cuerpo, tradiciones y etnias confluyeron en su sangre mestiza, religión y revolución en su lenguaje. La América profunda en su gesto plebeyo. 

 También nos deja en un momento de oportunidad y desafío; es menester mantener las esperanzas de miles de compañeros, de sostener las alianzas internas y externas que se supieron construir, de manifestar capacidad para enfrentar a numerosos y poderosos enemigos, de continuar las batallas necesarias para avanzar y que la resultante general sea exitosa. Solo el genio colectivo del pueblo puede tomar estas banderas y sus mejores emergentes hacerse cargo de mantenerlas con dignidad llevándolas al triunfo. De ser lograda esta difícil transición, el futuro de la unidad latinoamericana está asegurado.

  La experiencia chavista, si bien es poseedora de inclasificables singularidades, se inscribe en una tradición histórica en la región. Los principales exponentes de la lucha independentista tuvieron la claridad de pensar esta parte del mundo como un espacio institucional y político único. El vasto territorio en el que se arraigó la cultura ibérica, fusionándose en lenta pero profunda amalgama con las  preexistentes de pueblos originarios que, aún sometidas, se incrustaron en lenguajes, sueños, pensamientos, biografías y religiones, dando como resultante un piso identitario común que emerge por sobre las diferentes nacionalidades e idiosincracias locales que posibilita la construcción de esa gran empresa. Bolívar lo intentó concretamente en el Congreso Anfictiónico de  1826 y San Martín no pensó que pisaba suelo extranjero en Chile ni en Perú.  A lo largo de estos doscientos años, los más lúcidos pensadores y dirigentes intentaron retomar este camino o lo proclamaron como necesario. 

El egoísmo y la mediocridad de oligarquías o burguesías locales, verdaderas cabezas de ratón, impidieron el proceso integrativo y armaron cofradías territoriales hasta donde les alcanzó el poder de erigir fronteras. Pero fueron naciones, y en ellas se formaron los pueblos nuevos, las identidades que, con dolor y dificultades, izaron las banderas que nos cobijaron. Y a las que no podemos renunciar. Todo lo que tenemos en común y todo lo que tenemos de diferentes es la materia con la que debemos fabricar, aun inventar, las nuevas formas que nos abarcarán a todos.

  La religión, el idioma, la cultura y un estar en el mundo ubican a nuestros pueblos en una  perspectiva de confluencia necesaria. El cristianismo, el castellano, también el portugués, una característica racial de tramas infinitas con la rica y sufrida herencia dejadas por pueblos originarios, oleadas de esclavos africanos, de obreros europeos, de changarines asiáticos, de desheredados de todos los confines. De hombres y mujeres perseguidos por sus ideas, por sus creencias, por sus carencias. Estos procesos cruzados, de amores desgarrados, de sueños desbordados adquieren hoy mayor densidad en el asombroso descubrimiento de nuestra edad anterior. Somos originarios, los que vivían aquí y eran señores de esta tierra son nuestros antepasados, sangre de aquellos corre por nuestro cuerpo, dioses y canciones; palabras, juegos y sueños nos llegan de allá y nos hacen saber que tenemos más de doscientos años, ¿cuántos?. Un pasado remoto, más los barcos, los caballos y el ganado vacuno, los perros ladradores y los caudillos segundones. Con el esplendor antiguo, las bellezas nativas, los caciques pampeanos, las pétreas dinastías que no se rindieron. Todo eso somos, banderas que nos identifican y por las que lucharon generaciones, las ciudades, las montañas y los ríos. Esa diferencia hará posible la unidad, la integración integra lo que fue desintegrado, la unidad une lo que fue desunido, la voluntad de los pueblos organizados será artífice de esa empresa, sin renunciar a nada, ser aquello que somos y, soberanamente, ser lo que debamos ser.

 La época

  En la visita a la Argentina con motivo de la asunción presidencial de Néstor Kirchner, Fidel Castro dijo, en un memorable discurso frente a las escalinatas de la Facultad de Derecho de Buenos Aires, que ésta era la mejor época que le había tocado vivir  en relación a los procesos populares en nuestra región con este contexto mundial. Si un protagonista de la talla del líder cubano expresa un aserto tan claro  y contundente sobre este momento histórico,  vale la pena asumir que transitamos una época extraordinaria.

 Nunca en la historia moderna se habían conjugado tantas circunstancias que ubican al tiempo que corre como propicio para reformas profundas y emancipadoras en el mundo con epicentro en América Latina y el Caribe, situando esta parte del planeta como “el continente de la Esperanza”.

Inmediatamente después de la Revolución Cubana un viento de cambio generó en las juventudes una irrefrenable pasión por la política y la participación.

 El mundo estaba encendido por la guerra de Vietnam, las luchas descolonizadoras y los movimientos contestatarios en los países del Norte. Cuba, “el primer territorio libre de América”, con sus barbudos de la Sierra Maestra había movilizado las energías hacia la lucha armada contra las dictaduras y el imperialismo. El Che llamaba a crear “uno, dos, tres… mil  Vietnam…” en el sur del globo.

  Hermoso tiempo, hermosos sueños que incorporaron al combate por una sociedad mejor a miles de obreros, campesinos y estudiantes, creando espacios de poder popular, fundando movimientos,  cambiando el tablero internacional. Un horizonte de Patrias Socialistas se vislumbraba y crecía. Había llegado la “hora de los hornos”.

 El imperialismo y sus aliados, atragantados con la posibilidad de perder sus privilegios, esperaba agazapado y, en cuanto pudo, golpeó vengativamente con estoques continuos y furibundos.

Dividido el campo socialista, evidentes las fisuras que lo atravesaban, su estructura no soportó el asedio armamentista y esa debilidad se correspondió con el fortalecimiento del capital que afilaba las garras de su arma letal: el neoliberalismo.

 Por aquí, golpes de Estado en serie derrocando debilitados gobiernos, instalaron un páramo represivo en los otrora desbordantes de movilizaciones campos y ciudades del sur. Inspirados en la noche y la niebla nazis utilizaron la brutalidad, el horror y el miedo para vencer toda resistencia disciplinando con violencia toda rebeldía.

 La caída y posterior asesinato del Che en Bolivia fue tal vez la expresión simbólica del cambio de perspectiva.

 Sobre el final de los ochenta se derrumbaron definitivamente la URSS y sus aliados. El capitalismo, ensoberbecido desmontó uno a uno los ladrillos del Estado de Bienestar y desplegó toda su cruel naturaleza derramando sobre el mundo la andanada neoliberal. Se había llegado “al fin de la Historia”. 

El éxtasis imperialista, ya sin freno, avanzó en todos los terrenos arrollando a su paso tradición, cultura y lazos solidarios. En el breve lapso del reinado del “pensamiento único” se provocó tanto daño social y retroceso económico  que se avizoraban décadas para reconstruir algo  de lo perdido si la historia daba otra oportunidad.

 El costo fue tremendo y nuestra región laboratorio de las alquimias económicas más devastadoras.

 Pero no duró mucho la alegría en su lecho de dólares. A poco de andar la resultante de tan rimbombante  triunfo mostró su endeblez de base, la miseria, la desocupación, la polarización social   impresentable y la emergencia de sectores no doblegados, ocasionaron resistencias y movilizaciones  que superaron los cercos clientelistas y mediáticos.

 Graves problemas financieros, estallido de burbujas especulativas y fatigas populares fueron minando el sueño imposible del capital sin límites.

 En nuestra zona, sobre heroica resistencia cubana se desatan rebeliones antineoliberales y aparece el chavismo en escena cambiando el panorama regional, reponiendo el papel del Estado y reinstalando, con su propuesta de Socialismo del Siglo XXI, la perspectiva de una sociedad post-capitalista.

 Ideas, palabras, teorías, utopías, declaradas en desuso por el pensamiento único, se sitúan nuevamente en el debate ocupando un lugar central. Socialismo, comunismo, populismo y democracia participativa vuelven a ser conceptos adecuados a las demandas de pueblos sedientos de justicia social, agobiados por el capitalismo realmente existente.

 América Latina, con sus experiencias multitudinarias en marcha, pasa a ocupar un lugar de gran atención en un mundo atravesado por una crisis civilizatoria, y el futuro, negado hasta poco antes, vuelve a ubicarse en el horizonte.

 La situación actual, sin Chávez vivo, desafía a cumplir con el mandato de afianzar lo logrado y avanzar audazmente hacia cambios más profundos. En esta larga travesía no valen descansos, detenerse significa vacilar y el enemigo, en franca retirada, puede aprovechar cualquier duda e intentar frenar o hacer retroceder la rueda de la historia.

 Debemos pensar que nuestro mejor momento aún no llegó, que nos espera en un recodo del futuro, que la sociedad soñada se construirá, que no será un final sino un camino, que no será un paraíso celestial pero será justa.

  Época de cambios o cambio de época, la crisis terminal que  muestra el capitalismo nos obliga a dar el gran salto.

 La perspectiva

 Suponemos un mundo sin hegemonías únicas. La caída del poder central de los EEUU en su capacidad de incidir directamente en el campo de la política, de la cultura y de la economía en el resto del mundo es notoria. Pero guarda una reserva atrozmente asimétrica en el área militar. La locura y la irresponsabilidad en el manejo de este poder puede ocasionar destrucción en magnitud inimaginada, es deber de la humanidad enfrentar esto no subordinándose al miedo, sino luchando firmemente por la paz y la no injerencia imperial en los problemas de otros países. El chantaje del uso brutal de la violencia sólo será desmontado expresando una clara posición de resistencia soberana, con una férrea voluntad de defender la vida y la libertad. Así, el futuro será nuestro. 

La triste realidad de la vieja Europa, repitiendo modelos de ajustes y más ajustes a los países más debilitados de la Comunidad muestra la contumacia de las derechas que no vacilan en hambrear a millones para resguardar su acumulación. Las moderadas resistencias de los agredidos manifiesta aún una falta de recupero de la memoria de antiguas dignidades.

  Para nosotros se trata de garantizar la unidad de nuestros pueblos, continuar en la creación de un área común en Nuestra América potenciando sus riquezas,  su experiencia, consolidando las instituciones de integración erigidas y siendo valientes en la creación de otras. Asumir la experiencia de Venezuela, Bolivia y Ecuador en sus reformas constitucionales, establecer nuevas relaciones entre las clases, las etnias, entre los ciudadanos y de todos con la naturaleza. Es fundamental la afirmación de las instituciones como el nuevo Mercosur, el Alba, la Unasur, la Celac, constituir definitivamente el Banco del Sur para desprenderse de las finanzas capitalistas.

Afianzar un área de defensa solidaria en guarda de agresiones o de intentos golpistas. Apelar a propuestas integradoras en materia cultural en el arte, la música y la literatura, crear Universidades comunes y avanzar a la elaboración de currículas confluyentes en la educación pública en todos sus niveles para formar ciudadanos del nuevo tiempo. Este hogar nuestro debe jugar un papel en la formidable tarea de inventar un mundo nuevo. Nuevo, incorporando las grandes tradiciones emancipadoras de la historia humana. Las profundas culturas redencionistas, las   grandes experiencias originarias, el pensamiento revolucionario socialista, las corrientes defensoras de la soberanía y la Patria. Nuevo, rescatando lo mejor y desechando lo peor de lo intentado. Nuevo porque no podemos errar pues tal vez la prolongación de la vida en el planeta dependa de ello. Nuevo porque no será capitalista.

  El mundo observa esperanzado este proyecto integrador y debemos ser consecuentes con esa expectativa.

  No tenemos derecho a defraudarlo.

 *Jorge Testero, editor del CCC (Centro Cultural de la Cooperación)

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