Lido Iacomini*
Todo pareciera indicar que estamos en un punto de inflexión de la vida política nacional.
Lo sucedido con la resolución favorable al mileismo y sus socios de las leyes laborales, así pareciera indicarlo. El gobierno de Milei se acerca a cerrar un círculo de hierro en su objetivo antindustrialista: apertura indiscriminada del Mercado nacional a la producción extranjera, liquidación de la industria, renuncia al desarrollo cientifico técnico sofocando al Conicet, manipulación del dólar al servicio del capital financiero internacional, acollarar al movimiento obrero para impedir su resistencia, líquidar los derechos y conquistas sociales a las que abrió camino el peronismo en los 80 años de su existencia, especialmente para facilitar los despidos masivos y reducir su costo a las patronales.
Superando obstáculos hubo resistencia obrera y popular, insuficiente por la debilidad organizativa y por la falta de conducción política del movimiento sindical. Éste está burocratizado y corrupto en una porción importante de sus estructuras, debilitado por el avance tecnológico, el trabajo a distancia, el emprendedurismo y la disminución drástica de las formas colectivas de la vida obrera y fabril. Todas favorecen el individualismo y opacan lo social y comunitario.
Pero la resistencia y la lucha van forjando nuevas herramientas y nueva unidad. A la lucha de clases se le impone un añadido, al que se dá en llamar batalla cultural. Con menos fábricas y menos proletarios, es la ampliación de la educación y la cultura lo que puede ampliar los espacios para la expansión de la ideología. De allí la preocupación creciente y el redimensionamiento de la batalla cultural.
Así como en la década del 70 para enfrentar a la dictadura cívico militar surgió la llamada Comisión de los 25 y dirigentes nuevos como Saúl Ubaldini y otros de su talla, como Agustín Tosco, hoy fué necesario reagrupar a los gremios combativos que aún sin romper la CGT van ocupando el rol de conducción en reemplazo de tibios y traidores.
La velocidad de los cambios en la estructura productiva y social y su deriva lógica de los cambios en la superestructura cultural desactualizaron aspectos importantes del bagaje doctrinario y programático del peronismo.
Un combo maléfico eclosionó trás la derrota política inesperada ante Milei, el descubrimiento tardío de la importancia de la batalla cultural y la previsible traición de los débiles y corruptos ante la carencia de una enérgica conducción.
El punto de inflexión es el momento del cambio significativo y entraña un cambio de direccionalidad de los acontecimientos, con enigmático final, pero dónde ya nada puede ser como antes.
En nuestra vida social nada puede ser igual en el movimiento sindical. En nuestra vida política el peronismo atraviesa su momento crucial, es decir cambia o perecerá.
En mi convicción íntima creo en la tradición aunque ésta es ineluctable y misteriosa.
Lo mejor del irigoyenismo no murió y fué absorbido por el peronismo y circuló por sus arterias fundantes.
Es demasiado lo que el peronismo aportó a la estructuración de la economía y la sociedad argentina del siglo XX y a la identidad nacional.
Lo nuevo que sobrevendrá no renunciará a su herencia y de alguna forma lo asimilará.
Milei atraviesa también su momento crucial porque superó los límites de su credibilidad y porque inscripto en la pandilla de Donald Trump apostó a la aventura imposible de un neofascismo del siglo XXI y en su decadencia, trás él se arrastrará.
Con las premisas de audacia para pensar y audacia para actuar, es posible que el futuro sea nuestro. Son las posibilidades del punto de inflexion.
*Lido Egisto Iacomini, periodista, especializado en geopolítica y relaciones internacionales.
