La mirada al sur: Estados Unidos y la estrategia de los “buenos modales” en Latinoamérica

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Revista Nº 145 (09/2021)

Edición dedicada a América Latina

(EE UU)

Manuela Expósito*

El intervencionismo directo –históricamente vinculado con la presencia militar- que ha caracterizado gran parte de la historia del país del norte, pareciera dar lugar a una política de “intervención blanda” en la era Biden. 

Distintos acontecimientos han puesto en estos últimos meses a América Latina nuevamente bajo la lupa estadounidense, tanto por procesos de muda en el color político en sus gobiernos,  como por manifestaciones de ciertos sectores sociales. Ante una realidad cada vez más compleja, cambiante, el reto para una nación como los Estados Unidos –acostumbrada a manejar los resortes del poder, pero a la vez con una posición cada vez más desafiada por otros países a nivel mundial- es el de continuar con las políticas que han caracterizado tradicionalmente sus relaciones de la frontera del Rio Grande hacia el sur, o por el contrario, actuar con mayor cautela y astucia, intentando que sus intereses políticos y económicos no se vean comprometidos.

Sin dudas, el punto de partida debe ser el hito más relevante que ha habido en la historia reciente de Perú, tras la asunción de Pedro Castillo a la presidencia, en una reñida elección definida en el Jurado Nacional Electoral. A pesar de la denuncia de fraude motorizada por su contrincante, la hija del ex primer mandatario peruano, Keiko Fujimori, con el objetivo de anular los votos procedentes de sectores rurales, la Organización de Estados Americanos descartó todo tipo de irregularidades y facilitó finalmente la conclusión del proceso. Inmediatamente la administración estadounidense sorprendió al emitir un comunicado favorable al nuevo gobierno. El propio Ned Price, portavoz del Departamento de Estado, felicitó a través de un comunicado oficial “a las autoridades peruanas, por administrar de manera segura otra vuelta de elecciones libres, justas y pacíficas, incluso en medio de los importantes desafíos de la pandemia del Co-Vid 19”. 

Price recalcó también que Estados Unidos y Perú mantienen relaciones de amistad, y cooperación mutua en lo que respecta a la salud, seguridad y política medioambiental, considerando a Castillo como un aliado… Una forma muy inteligente de despegarse de Fujimori, una candidata no solamente orientada hacia la extrema derecha, sino que incluso se vio involucrada en escándalo de lavado de activos en la causa Oderbrecht. A su vez, Estados Unidos tiene intenciones de seguir profundizando la implementación del Tratado de Libre Comercio firmado por ambas naciones en el año 2009 y que continúa vigente. Habrá que ver cómo se llevan sus intenciones con las metas que forman parte del Plan Bicentenario, el programa que el finalmente confirmado ministro de Economía, Pedro Francke, buscará implementar tras una resistencia inicial de algunos sectores más profundamente vinculados con la izquierda en Perú Libre. El eje de este plan económico será el aumento de la inversión pública, un esquema tributario diferencial para las actividades extractivistas mineras, y la puesta en marcha de un programa de micro-créditos.

¿Le será difícil a Castillo saldar la crisis política que Perú ha atravesado en los últimos cinco años, siendo que la mayoría en el Congreso se encuentra en manos de una oposición que se empeña, por vía judicial, en recusar a sus recientemente designados ministros? ¿La tensión entre el sector que encabeza el jefe de gabinete Guido Bellido, y el ala más moderada del partido será también un desafío a la gobernabilidad del nuevo mandatario? Todos estos interrogantes aún no encuentran comentarios de las autoridades estadounidenses, las que han recibido con el mismo silencio la decisión del ministro de Relaciones Exteriores, el histórico militante socialista Héctor Béjar, de abandonar el Grupo de Lima y abordar de manera completamente diferente la situación en la Venezuela de Nicolás Maduro. La decisión de condenar el bloqueo, tal cual lo han hecho países como Méjico, Bolivia y Argentina, es ahora un hecho. No ocurrió lo mismo con las manifestaciones suscitadas en Cuba el mes pasado, que han encontrado una capacidad de reacción mucho más veloz por parte de la administración norteamericana. Los acontecimientos han motivado una revisión por parte del primer mandatario del destino de las remesas que llegan a la isla desde Estados Unidos: lejos de deshacer las políticas de su antecesor, el actual presidente estadounidense continúa con la medida que ha recortado drásticamente el ingreso de dólares a su vecino caribeño. No obstante, al contrario de la decisión de Donald Trump de reducir el personal diplomático, Biden anunció el envío de más personal a la embajada situada en La Habana. 

Pocos pasos ha dado Biden en vistas a mejorar las relaciones internacionales con el gobierno cubano de DiazCanel; de hecho, parece ser que las decisiones que viene tomando, como la de imponer sanciones económicas a funcionarios cubanos o la de tildar públicamente al país de “estado fallido que reprime a sus ciudadanos”, lo único que logran es endurecer posiciones e incumplir con promesas formuladas durante la campaña electoral. Es posible que Biden -quien fuera vicepresidente de un gobierno como el de Barack Obama, que reabrió los canales de conversación con La Habana, y que además había prometido el año pasado revisar la relación cubano-nortemericana- esté cediendo ante ciertos sectores que integran el Partido Demócrata.Entre ellos, el líder del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Bob Menendez, que se identifica como profundamente anti-castrista, y defiende acciones como el bloqueo. A pesar del rechazo de la Asamblea General de Naciones Unidas, y a la negativa de países europeos de respaldar este modo de operar en relaciones exteriores, Estados Unidos no ha dado grandes pasos por resolver su conflicto con las autoridades de la isla. Pero sí atinó a defenderse de las acusaciones, algo que quedó bajo la responsabilidad del Secretario de Estado Anthony Blinken, quien afirmó que era un error señalar a Estados Unidos como el responsable de las protestas, y que las mismas eran un reflejo de “un pueblo cansado de la mala gestión y la represión” de las autoridades.

¿Y con Venezuela qué? Sin lugar a dudas, Nicolás Maduro se ha convertido en el hueso más duro de roer de Latinoamérica. Por el momento, sólo pálidas en lo que respecta a la actitud estadounidense, en tanto Biden decidió prorrogar la caracterización del país sudamericano como “amenaza extraordinaria” para la seguridad y la política exterior de la nación del norte, según lo estipula el decreto 13.692 emitido en el 2015.Biden vuelve así a identificar su política exterior con la de Trump, una de carácter coercitivo y beligerante, como lo ha denunciado Maduro. La intención de Estados Unidos continúa siendo las de promover la salida “ordenada” del actual mandatario mediante elecciones; hasta el momento, la política de restricciones a la emisión de deuda y exportación de petróleo, los únicos pasos dados por la administración norteamericana, no han hecho más que empeorar la situación social del pueblo venezolano. Al contrario de lo que acontece con Cuba, algunos funcionarios demócratas, como el presidente del Comité de Asuntos Exteriores, Gregory Meeks, han invitado al presidente Biden a reformular el modo en que se está vinculando con su par venezolano. Por tal motivo, algunas de las transacciones del gobierno venezolano relacionadas con el aprovisionamiento de insumos sanitarios por la pandemia, por parte del Banco Central de Venezuela y el Banco Bicentenario del Pueblo, fueron flexibilizadas.

Biden, aún así, sigue manteniendo la postura de considerar a Maduro un mandatario ilegítimo, tras su reelección en 2018, reconociendo a Juan Guaidó como líder ungido por la Asamblea Nacional: de hecho, fue a éste último a quien le envió una felicitación durante el 210° aniversario de la independencia venezolana. En el mensaje, el primer mandatario señalaba: “reflexionamos sobre el gran trabajo que usted, su gobierno, la Asamblea Nacional elegida, y lo que es más importante, el pueblo de Venezuela, han logrado en la búsqueda de una transición pacífica y democrática. Bajo su liderazgo, y en coalición con los líderes de la sociedad civil, usted está preservando esos ideales de libertad, democracia y soberanía”. Lejos de la estrategia de intervención directa por medios militares, pero no tan lejos de las presiones ejercidas por vía económica y política, Biden muestra su verdadera cara a menos de un año de haber asumido la presidencia. La política de “buenos modales” que busca implementar el Partido Demócrata –basta analizar su historia para descubrir que, en materia de Relaciones Exteriores, no tienen mucho para diferenciarse de sus opositores republicanos-, deja al desnudo que en realidad las intenciones son siempre las mismas. Lo que cambian (ligeramente) son solo los modos de abordar a los gobiernos de la periferia, para que de alguna manera u otra cedan ante sus intereses.     


* Manuela Expósito – Lic. Ciencia Política (UBA) e integrante de la Comisión de América Latina de Tesis 11.

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