Una disputa por el sentido
La expresión «la gente no llega a fin de mes» excede por mucho la mera descripción de una dificultad económica colectiva. Funciona como una síntesis de la experiencia social y como un enunciado político que pone en palabras la distancia real entre los ingresos disponibles y las condiciones materiales necesarias para sostener una vida digna.
El laberinto de la sola existencia
Frente a esta realidad, el discurso oficial instala un marco argumentativo que intenta refutar la frase mediante una conclusión aparentemente elemental: si las personas se quedan sin dinero antes del cierre del mes, deberían estar muertas. Esta premisa depende de una confusión fundamental que equipara disponer de los recursos para el bienestar con conservar lo indispensable para la supervivencia biológica. Como si respirar, comer de cualquier manera y llegar al día siguiente demostrara la ausencia de privaciones. Ante esto, surgen preguntas inevitables: ¿Desde cuándo estar vivo equivale a estar bien? ¿En qué momento la supervivencia se convirtió en la vara con la que se mide el bienestar de una sociedad?
El mapa invisible del despojo
Claramente las personas no fallecen de inmediato cuando se quedan sin plata. Lo que ocurre es que activan mecanismos de subsistencia extrema: reducen la calidad de su alimentación, postergan el pago de servicios, recurren al endeudamiento con familiares o financieras, extienden sus jornadas laborales con changas y suspenden cualquier proyecto de vida. No se mueren, pero viven peor.
La trampa consiste en trocar la continuidad de la vida como prueba de que no existe una crisis. El empobrecimiento real se mide en la acumulación de estas renuncias cotidianas. Primero se resigna una salida de fin de semana, luego la compra de ropa, la consulta médica, el tratamiento de una enfermedad o la actividad recreativa de los hijos. Cuando el ingreso disponible se achica tras cubrir los gastos fijos inelásticos, no desaparece lo superfluo, sino las posibilidades concretas de bienestar, autonomía y desarrollo personal. A esto se suma el círculo vicioso del endeudamiento, que no elimina el déficit, sino que lo encarece y lo traslada hacia ingresos futuros que ya nacen comprometidos. Aquí cabe interrogarse: ¿En qué condiciones se vive y durante cuánto tiempo puede sostenerse esa situación sin consecuencias?
La arquitectura del silencio oficial
Esta batalla cultural se libra en el territorio del lenguaje, entendiendo que los discursos no son inocentes: seleccionan aspectos de la realidad y configuran lo que una sociedad considera natural o inevitable. En este escenario, la estrategia oficial emplea diversos mecanismos y dispositivos para construir una operación semiótica, es decir, una intervención deliberada sobre los signos y los lenguajes sociales que busca alterar o desplazar el significado original de los hechos reales.
Para lograrlo, el gobierno recurre al discurso de sustracción, una estrategia discursiva que no consiste en negar explícitamente la existencia de un problema, sino en escamotear y retirar del enunciado todos aquellos elementos estructurales que permiten comprenderlo en su verdadera dimensión. Al despojar la realidad de sus determinaciones históricas y materiales (como la pérdida del poder adquisitivo, el peso de la deuda o el hambre oculto), esta sustracción traduce el conflicto al plano exclusivo de la supervivencia animal, de modo que se transforma, a la vez, en estructurante de futuras percepciones y prácticas sociales.
Muros verbales y libertades vacías
El objetivo último de este despliegue de dispositivos es intentar imponer y establecer un candado semiótico. Este concepto define a una forma de clausura interpretativa, un cerco discursivo que limita los sentidos posibles para fijar un significado unívoco sobre una situación, aspecto o cuestión, presentándolo como la única lectura razonable o admisible.
A través de este candado semiótico, se vuelve hipervisible el dato de la continuidad biológica de la vida y se invisibilizan las privaciones materiales que coexisten con ella. Bajo este esquema, la libertad proclamada se vuelve abstracta y genera nuevos contrastes: ¿De qué libertad dispone quien no puede dejar un trabajo abusivo porque implicaría el hambre de su familia? ¿Qué capacidad de opción real existe cuando cada decisión consiste únicamente en elegir qué necesidad legítima va a ser sacrificada? ¿Cuánto hay de decisión individual cuando las opciones disponibles consisten solo en renunciar a derechos básicos? Eso no es libertad; es una existencia cruentamente condicionada por la escasez.
La grieta en el relato y la raíz de la dignidad
La economía no es solo un sistema de variables agregadas y balances macroeconómicos; es la estructura que organiza las posibilidades de vida de millones de personas. Por eso, si alguien no llega a fin de mes, no es suficiente con responder que todavía no se ha muerto; el verdadero examen crítico exige preguntar qué está dejando de realizar una persona para sostenerse con vida, qué cosas está sacrificando, qué deudas está acumulando y qué oportunidades está perdiendo.
Che: que la gente siga respirando no significa que tu argumento haya demostrado que vive bien. Llegar a fin de mes con dignidad no debería entenderse como la meta final de un premio reservado para pocos, sino como la línea de largada indispensable que una sociedad debe garantizar a todos sus integrantes.
Esa es la disputa real por el sentido, la verdadera pregunta que sigue en pie, y ningún candado discursivo podrá cerrarla.
*Jorge Marcelo Tuero, Licenciado y Profesor en Sociología, Facultad de Ciencias Sociales (UBA). En la actualidad, trabaja como docente en el nivel superior de la Provincia de Buenos Aires, en los profesorados: ISFD Nº1 “Abuelas de Plaza de Mayo”, de Avellaneda y ISFD Nº101, de Avellaneda.
