En política exterior, el gobierno se muestra como un “goodfellow”

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Revista Tesis 11 (nº 119)

Edición especial: Balance del gobierno de Cambiemos

(relaciones exteriores)

Juan Chaneton*

Hay dos contingencias, en el escenario global, que devienen paradigmáticas a los fines de esbozar una somera descripción del contexto en el cual pretende “reinsertarse”  la Argentina con la política exterior  formalmente diseñada por Susana Malcorra pero, en rigor, inspirada, en sus puntos nodales, en la agenda de seguridad estadounidense. En la siguiente nota, el desarrollo.

La primera de esas contingencias  es el escaso crecimiento de la economía global. Según el diario económico y de información de mercados Expansión (www.expansion.com), el crecimiento de la economía mundial para todo el año 2016 no superaría el 2.4 %. El sitio menciona como fuente a la aseguradora Crédito y Caución (líder, en España, en el ramo de seguros de crédito), y tal cifra se coloca 0,98 puntos por debajo de la previsión del FMI para el mismo período (3.2 %).

Ya avanzado este año, en un discurso pronunciado en la Universidad Göthe, de Francfort, el 5 de abril de 2016, Christine Lagarde, Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional, había advertido que la recuperación sigue siendo lenta y demasiado frágil y que existe el riesgo de que la persistencia del crecimiento débil tenga efectos perjudiciales para el tejido social y político de muchos países.

La segunda contingencia, es la crisis de los espacios integrativos y el surgimiento de tendencias al  repliegue sobre sí mismos de los actores nacionales y la concomitante aparición de fuerzas políticas que, ancladas en ideologías que navegan a la derecha del centro,  ofrecen como solución la “recuperación del poder de decisión nacional” supuestamente perdido en el marco de una integración que esas fuerzas políticas dan por fracasada. La reciente salida de Inglaterra de la Unión Europea es sólo el ejemplo más nítido de las nuevas dinámicas políticas que se insinúan en ese continente.

Con todo, el aldabonazo resonó en Alemania, donde acaba de perder la gobernante Unión Cristiano Demócrata de Angela Merkel frente a la Alternativa para Alemania (AfD o Alternativ für Deutschland) cuya líder se llama Frauke Petry, en los comicios regionales de Macklenburgo y Antepomerania, comarcas situadas al noreste del país. La grilla marcó: 1º los socialdemócratas; 2º los fascistoides; 3º las huestes de la señora Merkel.

En nuestro continente, la crisis del Mercosur parece abonar esa tendencia y este es el contexto en el que Macri está fracasando en el capítulo económico de su política exterior. Concretamente, fracasó en su propuesta de apurar la colusión integrativa Mercosur-UE. Merkel siempre se manifestó remisa en este punto, por cuanto la entrada libre de productos sudamericanos a Europa  perjudica el empleo de los trabajadores rurales, de Alemania en primer lugar. Proteccionismo selectivo se llama esto, y es lo que hacen los líderes inteligentes, que no es nuestro caso. Se trató del tercer fracaso de importancia del módico presidente argentino en la reciente cumbre del G20.

En efecto, China le concedió lo que ya le había concedido al gobierno de Cristina: una declaración de que la central satelital de Las Lajas, en Neuquén, no tiene fines militares.  A cambio, nada sustantivo, salvo la confirmación del financiamiento de las represas Kirchner y Cepernic sobre el río Santa Cruz, algo que ya estaba en la realidad.  Los asiáticos agregaron un gesto pour la galerie que bien podría ser percibido como una tomada de pelo: una declaración completamente inocua de apoyo a Malcorra para la ONU a la que los chinos consideran de antemano derrotada en ese lance.

Con Rusia el fiasco fue similar: el préstamo para la hidroeléctrica Chihuidos (también en Neuquén) está listo, pero la tasa de interés no se baja. Chihuidos, por ahora, está paralizada.

Así las cosas, no cabe esperar, en nuestro país, ninguna “lluvia de inversiones”. El capital que mueve al mundo sigue orientado al negocio financiero. Y en particular en la Argentina se suma, además, el hecho de que la caída en el poder adquisitivo del salario torna al mercado local poco o nada apto para demandar bienes. Y, por lo dicho antes, tampoco serían viables los emplazamientos productivos de “enclave”, es decir, localización de infraestructura fabril con mano de obra local con destino a la exportación. Los capitales, en el mundo, no se mueven en dirección de la inversión extranjera directa (IED) en la economía real sino que siguen prefiriendo el menor riesgo de la apuesta financiera en las plazas de Londres, Shangai, Wall Street o Tokyo. Y esto es un síntoma de la crisis sistémica global, pero ese es otro tema.

¿De qué amenazas debemos defendernos?

Lo antedicho nos coloca frente a lo que tal vez sea el punto central de la política exterior argentina bajo el gobierno tecno-burocrático-empresarial  de Mauricio Macri: el alineamiento acrítico con Estados Unidos en dos temas que, en realidad, son uno solo y el único  que le importa al Departamento de Estado: seguridad y narcotráfico.

Sería largo, arduo y fatigoso contar aquí las complejas peripecias que atravesó la política “antiterrorista” argentina desde el “proyecto Pichetto”, de 2003, pasando por la ley 26268/07, promulgada por el presidente Néstor Kirchner, hasta la normativa que rige hoy, la ley 26734/11.

La política exterior del actual gobierno argentino incluye la “lucha contra el terrorismo y el narcotráfico” como punto central, para lo cual encuentra el terreno allanado, desde lo jurídico, por la sucesiva sanción de las mencionadas leyes 26268/07 y 26734/11, con el agravante (que a la vez es una diferencia con el gobierno anterior) de que en la ideología del actual gobierno la criminalización de la organización y la lucha social es una necesidad en el mediano plazo y una exigencia inherente a un modelo económico social al que le sobran varios millones de habitantes.

En realidad, la Argentina no necesita ninguna ley antiterrorista por dos razones: 1) El andamiaje legal con que cuenta el país en la materia es suficiente para enfrentar cualquier amenaza. Se trata de la Ley de Defensa Nacional 23.554/88 (Alfonsín); de Seguridad Interior 24.059/92 (Menem); y  de Inteligencia Nacional 25.520/01 (De la Rúa); y  2) las “nuevas amenazas” son amenazas definidas por las escuelas de inteligencia anglosajonas y nosotros debemos contar no con una agenda de seguridad  definida por otros en otra parte, sino con una propia que consulte nuestro interés nacional como Estado soberano.

Por caso, las migraciones masivas podrán constituir un problema a ambos lados del Río Bravo  (frontera México-EE.UU.) o en el corazón de Europa, pero difícilmente haya que considerar una amenaza a la seguridad interior del Estado argentino al flujo de ciudadanos de países limítrofes o de más allá, pues no se trata de un fenómeno masivo y, por lo general, vienen a trabajar o a estudiar, aunque el bombardeo mediático pugne por echarles las culpas de todo lo malo que les pasa a los argentinos.

Todo aquello que amenace nuestras fuentes de energía, biodiversidad, recursos naturales y agua potable es la verdadera amenaza para la Argentina. Se trata de las nuevas amenazas que ha pasado a sufrir la América Latina post bipolaridad y de los intentos de EE.UU. de imponer su hegemonía mundial.

Así las cosas, tenemos la opción de recurrir al instrumental jurídico ya mencionado -y de cuya aplicación simultánea y coordinada surgen las mejores defensas contra aquellas amenazas-;  o, si se quiere sancionar legislación represiva adicional, habría que incorporar entonces las amenazas verdaderas que sufre la Argentina y Latinoamérica, además de las referidas al comienzo de este párrafo, a saber:

1) Ataque al Estado mediante su desfinanciamiento a través del giro de utilidades a accionistas propios con domicilio en el exterior camufladas, aquellas utilidades, como “honorarios técnicos” (v. “El dueño del secreto”; Página 12, 11/9/16; nota de Raúl de la Torre).

2) Deforestación extensiva en detrimento del ecosistema con el objeto de maximizar beneficios provenientes de la explotación de determinados cultivos (soja, maíz transgénico, etc.).

3) Lavado de dinero y/o evasión fiscal por parte de funcionarios con las más altas responsabilidades de Estado, a través de depósitos clandestinos en plazas off shore y otras.

4) Ataque cibernético al sistema electoral nacional por parte de una o más potencias extranjeras con aptitud, de ese modo, para incidir en resultados electorales.

5) Depredación y/o explotación ilegal de recursos propios yacentes en territorios en disputa por parte de actores transnacionales.

La lista de delitos que antecede no puede ser taxativa sino que la consignamos a título meramente enunciativo.

Defensa nacional, seguridad interior y bases militares

El gobierno argentino también ha hecho suya la agenda estadounidense en un tema ya trillado en su momento por Horacio Jaunarena cuando era ministro de Defensa de De la Rúa: borrar la diferencia conceptual entre defensa nacional y seguridad interior y, simultáneamente, entregar, de a poco pero sin pausa, a las fuerzas armadas, no sólo la participación en tareas de seguridad interior sino la conducción operativa de todo el proceso.

Para eso viajaron a los EE.UU. el viceministro de Defensa y el secretario de Servicios Logísticos de ese ministerio. Se trata, según el eufemismo utilizado, de “retomar el intercambio bilateral en el área militar”, para lo cual expusieron en el Pentágono y se reunieron con Rebecca Chávez, subsecretaria adjunta para asuntos del hemisferio occidental. Todo esto, repetimos, marcha en dirección de la fusión de seguridad interior con defensa nacional y de la instalación de bases militares en el sur de nuestro país (Ushuaia) y en el norte cercano a la Triple Frontera, de modo tal que operen en clave funcional con la base Mariscal Estigarribia de Paraguay y con la base británica que los ingleses tienen emplazada en nuestras Islas Malvinas.

Asimismo, hay que ponderar que el próximo mes de octubre se reunirán en Trinidad y Tobago los ministros de Defensa de la región. Se trata del símil, en clave democrática, de aquellas “conferencias de ejércitos americanos” que, periódicamente, se abocaban a la coordinación represiva en el continente en el marco del terrorismo de Estado vigente entonces. Todo marcha, ahora, en dirección de la urdimbre de una red transnacional político-mediático-policíaco-militar, cuyo fin es derrocar a aquellos gobiernos que todavía resisten el embate imperialista. La caída en los precios de los hidrocarburos provocada artificialmente por Estados Unidos tiene en Bolivia, Ecuador y Venezuela a sus primeras víctimas propiciatorias y sobre esa debilidad estructural se montarán allí los intentos desestabilizadores y actos preparatorios de nuevos “golpes blandos”.

En estos términos, pues, la ideología del actual gobierno argentino es, en sí misma, una amenaza a la independencia y autonomía de la política exterior del país. Ya en tiempos de la última campaña electoral, Macri supo repetir el libreto que le diseñaban en ese momento, y disparó, en el “debate” con el otro candidato (Scioli) que una de sus prioridades sería la restauración de los derechos humanos en Venezuela. Cumplió su palabra en este punto, que coincide con la agenda de los EE.UU.:  se alineó con Tabaré Vásquez, Michel Temer y Horacio Cartes para agredir a la Revolución Bolivariana (que arrancó de la pobreza a diez de sus treinta millones de habitantes), impidiéndole hacerse cargo de la presidencia pro tempore del Mercosur.

También cumplió con el libreto anglosajón para Malvinas. Ya a comienzos de este año, en la cumbre de Davos (a la que concurrió con Sergio Massa), el primer ministro inglés Cameron le dijo que no se hablaría allí de soberanía en nuestro archipiélago, a lo que el aquiescente presidente argentino accedió con sumisión perruna. Ahora, Malcorra continúa en la línea entreguista: acaba de negociar con Alan Duncan, el vicecanciller británico, variados temas (entre otros, derogación de la legislación argentina que sanciona a multinacionales operando en las adyacencias del archipiélago), pero acerca de la cuestión de la soberanía jurídico-política sobre las Islas Malvinas el acuerdo no dice una palabra. A ello se suman las idas, venidas y desmentidas que debe sufrir, por parte de su propia ministra de exteriores, un presidente cuya inepcia para el cargo parece cada día más evidente.

Se ha entregado al ocupante, así, un principio de argumento que, en el derecho internacional público, es relevante: quien negocia de Estado a Estado y no reclama soberanía está reconociendo, tácitamente, la soberanía del otro. Un “goodfellow”, qué duda cabe, ha resultado este módico presidente argentino, esto es, un buen compañero de los enemigos de la patria.

Todo esto era previsible. Y empieza a hacerse realidad. En ese sentido, las elecciones del año que viene adquieren dimensión estratégica: un triunfo del macrismo les permitiría a los Estados Unidos pisar el acelerador en “pro” de lo peor de sus designios para la nación y el pueblo argentinos.

*Juan Chaneton, periodista, escritor, colaborador de Tesis 11

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