Vuelve la Iglesia inquisitorial.

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Rubén Dri*

Para el teólogo Rubén Dri no hay lugar para la duda o las falsas expectativas: la designación de Joseph Ratzinger como nuevo Papa es una pésima noticia, particularmente para el Tercer Mundo. La Inquisición de regreso.

El asesinato por crucifixión de Jesús de Nazaret por parte del imperio romano fue un golpe mortal para el movimiento profético liberador que había construido el campesino galileo. Todo parecía perdido. Se esperaba el triunfo y en lugar de ello se sufrió la más cruel y humillante derrota. Sin embargo, poco a poco, en un proceso de varios años, fueron surgiendo diversos grupos, autodenominados “iglesias” o comunidades que se replanteaban la continuación del proyecto de Jesús de Nazaret, en circunstancias diferentes. 

 Eran grupos dinámicos que creaban espacios democráticos, liberadores, que se esparcen por todas las comarcas del imperio romano, el primer imperio globalizado, minando sus raíces. Ante el peligro que el impulso liberador del cristianismo representaba para el poder imperial, éste intentó destruirlo mediante la persecución.  

 Ante el fracaso, el imperio varió su política. En lugar de la persecución, la cooptación. En un proceso de dos siglos – los siglos IV y V- fue negociando con las nacientes autoridades de las iglesias que se fueron construyendo como “la Iglesia” la manera de compartir el poder. Al final del siglo V ya había culminado la construcción del poder político-religioso que regirá por siglos la historia occidental.

 La Iglesia se construyó como una organización piramidal, jerárquica, monárquica. Era la “espada espiritual”, transformada luego, en la “cruz” que negociaba el poder con la “espada material”. Todo ello se realizó no sin muchas y profundas contradicciones, porque siempre hubo sectores sociales y grupos que recuperaban los aspectos liberadores del proyecto de Jesús de Nazaret, pero la Iglesia institucional, jerárquica y dogmática siguió su curso. 

 El mundo moderno con fenómenos nuevos como la revolución francesa, las diversas reivindicaciones libertarias, las filosofías críticas, la implantación del capitalismo y el surgimiento de la clase obrera y nuevas concepciones de liberación como la que plantea el marxismo,  las dos guerras mundiales, los fascismos y otros tantos fenómenos obligó finalmente a la Iglesia a replantearse su función en el mundo.

 Fue la obra que inició Juan XXIII  convocando el concilio Vaticano II que se desarrolló en el lapso de 1962-1965. Fue fundamental en ese concilio la redefinición de la Iglesia como “pueblo de Dios”. Hasta el momento había predominado sin ningún tipo de limitaciones la concepción de que la Iglesia era la jerarquía. Los laicos no tenían ni arte ni parte. La Jerarquía eclesiástica extendía esa concepción a la sociedad civil. Ello significa una oposición radical a la democratización que propone la modernidad.

 Juan XXIII abre las puertas cerradas. El concilio inicia un proceso de “democratización” de la Iglesia, al definirla como “pueblo de Dios”, una categoría que se encuentra en la Primera Carta de Pedro, pero que había sido sepultada por la Iglesia jerárquica. Ello hizo posible un surgir de movimientos revitalizadores del cristianismo en sus aspectos más humanos y liberadores.

 Un sano pluralismo comenzó a surcar el espacio eclesial. Un grupo de obispos, liderados por don Hélder Cámara, produce un documento en el que afirman que el socialismo como sistema político se encontraba más cercano a los valores evangélicos que el capitalismo, por lo cual ellos se pronunciaban por dicho sistema.

 En todo el Tercer Mundo comenzaron a circular esos aires renovadores. América Latina vio el florecer de iniciativas, transformaciones, protagonismo laico y sacerdotal de base, comunidades comprometidas con los sectores populares, renovación teológica que finalmente se expresó como “Teología de la Liberación”.  

 Con el advenimiento de Karol Woytila, quien toma el nombre de Juan Pablo II, al pontificado, comienza la tarea de desmontar la Iglesia a la que había dado nacimiento del Concilio Vaticano II. En esa tarea fue no sólo secundado, sino también orientado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, actual Benedicto XVI.

 Desde su posición estratégica como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se encargó de cerrar todas las compuertas que había abierto el Concilio Vaticano II. La susodicha Congregación no es otra cosa que la Sagrada Inquisición con otro nombre. Ratzinger es el gran inquisidor que ahora, como Sumo Pontífice, tiene todo el poder para hacer que la tarea realizada durante el largo pontificado de Juan Pablo II se eternice.

 Antes de ser elegido para ejercer la máxima función, dio su plataforma de gobierno en un histórico sermón, en el cual dijo con claridad que la tarea de la Iglesia  será la de cerrar todos los caminos para una posible disidencia. Efectivamente, la misión del magisterio, dijo Ratzinger, es proteger al pueblo “de las desviaciones y extravíos y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin errores la fe auténtica, en todo momento y en las diversas situaciones”. Ya conocemos algunas de esas desviaciones y de esos extravíos que amenazan al pueblo. Se llaman Teología de la Liberación, marxismo, materialismo, laicismo, relativismo, un concepto de libertad que desemboca en el “libertinaje”, la homosexualidad, la pretensión del sacerdocio para la mujer.

 Con Ratzinger como papa la inquisición está en todo su esplendor. En la “Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo” emanada de la  congregación que presidía, se afirma contundentemente que ”no se puede apelar a los derechos humanos para oponerse a las intervenciones del Magisterio”. No puede ser más claro. En la Iglesia no hay libertad o mejor, hay “una libertad más profunda que sólo puede llegar por la unidad en la verdad”.

 Para que se comprenda. La Iglesia es depositaria de la verdad revelada por Dios, quien protege sus propios derechos que no siempre, o tal vez nunca, coinciden con los derechos humanos. Es obligación aceptar la verdad revelada por Dios y transmitida por el magisterio eclesiástico. En esa obligación de aceptar dicha verdad consiste la “libertad más profunda” a la que se refiere Ratzinger.

 En consecuencia, en el interior de la Iglesia, la realidad debe ser perfectamente homogénea, monocorde. La obediencia, el sometimiento a la autoridad eclesiástica, asistida por el Espíritu Santo, es el valor fundamental. “La libertad del acto de fe no justifica el derecho al disenso”, más aún, “de ningún modo significa libertad con relación a la verdad”.   
 Ha vuelto la Inquisición. Para el Tercer Mundo al que pertenecemos, la elección de Ratzinger para el pontificado romano fue verdaderamente una mala noticia. Efectivamente, él fue el autor de la condenación de la Teología de la Liberación y sustanció los juicios en contra de diversos teólogos que respondían a dicha teología. Bush en la Casa Blanca y Ratzinger en el Vaticano, pésimas noticias para el Tercer Mundo.

*Rubén Dri, Licenciado en teología, imtegró el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo.

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