Crisis Financiera. Crisis Sistémica.

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CARLOS MENDOZA*

La grave crisis financiera internacional actual, iniciada en Wall Street, expresa una profunda crisis del sistema capitalista.


Ante el desplome de las bolsas, disparado originariamente por la crisis de las hipotecas en EE.UU, los analistas burgueses de todo el mundo hablan, en general, de una grave crisis financiera, pero en realidad
esta es expresión, en última instancia, de la profunda crisis sistémica que aqueja al capitalismo.
Se aduce que el problema fundamentalmente se generó por la irresponsabilidad de los operadores de los grandes grupos financieros, combinado con la falta de regulaciones en el sistema financiero norteamericano,
particularmente durante el gobierno republicano actual. Pero esto, con ser cierto, no es más que la expresión de problemas de fondo en el sistema capitalista, en esta época de monopolismo económico hegemónico y globalizado y de predominio en el mismo del capital financiero y, dentro de este, del capital financiero especulativo.

A su vez, esto es producto de las leyes de esencia del sistema capitalista, entendidas como tendencias subyacentes en el mismo. Para entender los fundamentos de la crisis, siempre es útil entonces recordar en que consisten estas tendencias, que es lo que trataré de hacer sintéticamente a continuación.
En el capitalismo, como en cualquier sistema mercantil, el valor de los bienes y servicios está dado por la cantidad de trabajo social medio necesario para producirlos. El sistema capitalista está basado en la explotación, por parte de la clase social propietaria de los medios de producción, de la fuerza de trabajo de la clase social que no posee medios de producción, con el objetivo de producir bienes y servicios cuya masa de valor sea superior a la consumida para producirlos.

Es lo que se denomina proceso de valorización del capital. De hecho, el capital es precisamente un valor que se valoriza mediante ese proceso de explotación de la fuerza de trabajo y el plusvalor creado se reinvierte como más capital, en lo que se denomina proceso de acumulación de capital.
A su vez, este proceso impulsa el desarrollo de la ciencia y la tecnología, lo cual ha hecho que los medios de producción reemplacen gradualmente funciones de la mano del hombre («revolución industrial») y, más recientemente, funciones del cerebro humano («revolución informacional»). Es decir que hay una tendencia al reemplazo de la fuerza de trabajo humano por medios de producción cada vez más sofisticados y a que se invierta relativamente cada vez menos capital en fuerza de trabajo, respecto del capital que se invierte en medios de producción.

Pero esto produce una doble contradicción fundamental en el capitalismo:
! Por un lado, hay cada vez más masa de valor acumulado en medios de producción que hay que valorizar mediante la explotación de fuerza de trabajo, pero simultáneamente hay tendencia a una disminución relativa de la masa de fuerza de trabajo requerida para hacer funcionar los medios de producción en el proceso de trabajo. Esto genera que el plusvalor generado por el trabajo nuevo sea relativamente cada vez menor respecto del valor contenido en los medios de producción, con lo cual la cadencia de valorización del capital invertido tiende a disminuir. Esto se expresa como una tendencia a que disminuya la relación entre la ganancia obtenida y la masa de capital invertido, lo que se denomina «ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia».

! Por otro lado, la competencia impulsa la acumulación de capital y con ello el aumento de la masa de bienes y servicios producida, la cual debe ser consumida para que se concreten las ganancias y la valorización del capital invertido, pero como al mismo tiempo hay tendencia a emplear cada vez menos masa de fuerza de trabajo, con relación al capital invertido en medios de producción, la capacidad de consumo de la masa de asalariados crece menos que la oferta de bienes y servicios, con lo cual hay tendencia a que se produzca un exceso de producción para la capacidad solvente del mercado.

Estas dos tendencias en el capitalismo han provocado históricamente una recurrencia a la crisis de sobreproducción para la demanda real y a que la parte menos competitiva del capital invertido no consiga la tasa de ganancia mínima necesaria para seguir funcionando. En la época de la libre competencia, estas crisis eran cíclicas y terminaban con que los capitales más grandes, generalmente más competitivos,
absorbían a los más chicos, menos competitivos, en un proceso de concentración de capital que tendió gradualmente a la monopolización, la integracióndel capital industrial, agropecuario, comercial y financiero y la internacionalización del capital, hasta la época actual de un capitalismo monopolizado, globalizado y hegemonizado por el capital financiero, principalmente el especulativo.

Pero, en la época monopolista actual, la tendencia mencionada a la crisis afecta cada vez más directamente a los propios monopolios, quienes tratan de resarcirse apelando a diversos mecanismos, aprovechando la relación de fuerzas que les otorga su propia condición monopolista y globalizada, entre los que se pueden destacar los siguientes:
! Especulación financiera, mediante maniobras que provocan una transferencia de renta del Estado, los ciudadanos comunes y las pequeñas y medianas empresas, en favor de los grupos monopólicos.
! Radicación de capitales y traslado de empresas desde los países centrales del sistema capitalista hacia países donde el costo de la fuerza de trabajo es mucho menor y también son más laxas las normas para el funcionamiento del capital, como las ambientales, como por ejemplo los países asiáticos, cuyos casos emblemáticos son China e India.
! Utilización de los Estados nacionales y multinacionales para derivar recursos públicos en favor de los monopolios, en lo que ha dado en llamarse sistema de «Capitalismo Monopolista de Estado».

La tendencia descripta del capitalismo a la crisis provocó, a lo largo de la historia, el desarrollo de propuestas teóricas de regulación económica, mediante mediante la intervención del Estado en la economía, entre las que se destaca el keynesianismo, aparecido durante la gran crisis norteamericana e internacional
de los años 30, del siglo pasado.
Contemporáneamente han aparecido otras propuestas de regulación, como la de la Escuela de la Regulación
Sistémica, de Francia, que impulsa la democratización de la gestión en las empresas, fundamentalmente
mediante la participación en la misma de los asalariados, para la aplicación de reguladores económicos de eficiencia social, en lugar de los solos criterios de tasa de ganancia y rentabilidad financiera.

Estas formas de regulación estatal y social suponen impedir que el capitalismo se desarrolle basado en sus propias leyes de esencia, con lo cual resulta que, para evitar las crisis capitalistas, hay que negar dialécticamente las leyes sistémicas del propio capitalismo.
Las dificultades actuales del capital monopolista globalizado para obtener suficiente tasa de ganancia en la producción y circulación de bienes y servicios, lo lleva a extremar la especulación financiera, mediante procedimientos que los ideólogos conservadores han celebrado en los últimos años como «creativos» y que han producido el desastre financiero actual, iniciado en EE.UU. con el otorgamiento masivo y abusivo de créditos hipotecarios sin garantías reales y su utilización posterior como «garantías hipotecarias» para otras operaciones financieras especulativas, que terminan siempre con la apropiación de enormes masas de renta de los pequeños y medianos ahorristas en favor de los grandes grupos financieros.

A esto se suma la intervención del Estado, en EE.UU. y otros países, para socorrer a los grupos financieros con fondos públicos y/o generando inflación, todo lo cual significa más transferencia de grandes masas de rentas de los ciudadanos contribuyentes hacia los grandes grupos económicos, a los que pertenece el gran capital financiero. Los monopolios capitalistas privatizan la ganancia, pero socializan las pérdidas…
Si los grandes monopolios, empezando por los de origen norteamericano, intensifican la especulación financiera por las razones explicadas, por su parte, el país capitalista hegemónico, EE.UU., hace una colosal estafa monetaria y financiera al mundo, desde que, como consecuencia de surgir de la segunda guerra mundial como potencia dominante, logró imponer, en los acuerdos de Brettón Woods, que su moneda nacional, el dólar, fuera aceptada por los demás países capitalistas como moneda mundial, para lo cual EE.UU. se comprometía a mantener reservas en oro por contravalor de los dólares que emitiera, de manera que el dólar fuera convertible en su contravalor en oro. Sin embargo, cuando resultó evidente que EE.UU. había emitido dólares muy por encima de sus reservas en oro, el gobierno Nixon declaró unilateralmente la inconvertibilidad del dólar con el oro.

Esta enorme estafa le ha facilitado a EE.UU. financiar sus exportaciones de capitales, sus guerras e intervenciones militares imperialistas y mantener enormes déficits fiscales y comerciales, que el mundo entero paga a través, entre otras cosas, de la inflación internacional que exporta EE.UU., al inundar el mercado mundial con dólares y bonos sin suficiente contravalor real. Pero esto ha llevado también a esta enorme potencia a depender actualmente de que internacionalmente le sigan comprando bonos del tesoro, principalmente para poder sostener sus déficits fiscal y comercial. Con lo cual EE.UU. depende crecientemente de países como China, quién es un comprador sistemático de esos bonos, entre otras cosas porque a China le conviene la constante transferencia de empresas norteamericanas (y también de otros países desarrollados) a su territorio, para que produzcan allí lo que antes producían en sus países de origen, y también porque EE.UU. es un mercado muy importante para las exportaciones desde China. Si a China se le ocurriera no ya salir a vender su masiva cantidad de bonos norteamericanos, sino tan solo dejar de comprar nuevas emisiones, hundiría a EE.UU. en una colosal crisis, que obviamente afectaría gravemente a todo el mundo.

Así, la estabilidad del sistema capitalista está considerablemente en manos de las decisiones de un país que se reclama socialista y donde es básicamente el Estado el que planifica y controla la economía, aunque en los últimos tiempos haya impulsado un muy importante y creciente sector capitalista en su interior.
Nos encontramos en un capitalismo donde lo hegemónico no es la libre competencia, que se supone es básica para el sistema, sino el monopolismo; donde los monopolios obtienen renta cada vez menos de la economía real de producción de bienes y servicios y cada vez más de la especulación financiera; donde se requiere de una creciente intervención estatal para regular la economía, para evitar las crisis y/o para salvar al capital monopolista cuando se desatan las crisis; donde el capital se traslada a países con mano de obra barata, pero también con amplia regulación estatal, como China e India; donde la principal potencia capitalista depende crecientemente de que un país de economía mixta, con hegemónico control estatal y que se reivindica socialista, como China, le siga comprando bonos de deuda, para poder seguir sosteniendo sus enormes y crónicos deficits fiscal y comercial.

Estos son otros tantos índices de que el capitalismo está en una etapa de crisis sistémica.
Sin embargo, esto no significa que el capitalismo se vaya a transformar solo y espontáneamente en otro sistema económico-social superador. Sucede que, históricamente, los sistemas económico-sociales se han transformado gradualmente en otro superador, que libera el desarrollo de las fuerzas productivas, sólo cuando en su seno se desarrolla una clase de propietarios de medios de producción objetivamente interesada en el nuevo sistema, como fue el caso de la creciente burguesía capitalista en el feudalismo
y que llevó a que este sistema fuera desplazado por el capitalismo, desde su propio seno.

El capitalismo requiere de su superación por un sistema de propiedad social de los medios de producción y una autogestión popular democrática de los mismos, que libere la enorme potencialidad de las fuerzas productivas, que ofrece el extraordinario desarrollo científico-técnico, y la utilice en favor del conjunto de la sociedad, en lugar de provocarle graves contradicciones y sufrimientos, como sucede actualmente. Pero resulta que en el capitalismo no hay ninguna clase propietaria de medios de producción que pudiera estar objetivamente interesada en tal sistema superador, siendo por el contrario que la clase objetivamente interesada en ello es la de los explotados, es decir el cada vez más vasto universo de asalariados que solo poseen su fuerza de trabajo para ganarse la vida, que son los que sufren las consecuencias de las crisis del sistema y serían los beneficiarios directos de la superación del sistema actual por otro de carácter social más elevado, como el mencionado.

Para ello se requiere de un extraordinario desarrollo de la conciencia de los asalariados y otros sectores populares y de que esta se concrete en organización. Particularmente se requiere de un amplio desarrollo de la democracia, mediante formas crecientemente participativas. Sin embargo, el impulso de formas de intervención estatal, reguladas democráticamente y de nuevos criterios de regulación de eficiencia social en las empresas, que provoquen un funcionamiento socio-económico e institucional de carácter más social, aún cuando dentro todavía del capitalismo, es un camino inmediato al alcance de los sectores populares, pues están actualmente en condiciones de generar la relación de fuerzas necesaria para tales avances, como se observa en las luchas sociales en ese sentido en casi todo el mundo.

El desarrollo, cualitativamente más elevado, de luchas y organización político-social, por una sociedad superadora del capitalismo, ha tenido avances y retrocesos a lo largo de la historia, pero su justificación y necesidad histórica es cada vez mayor.

30/09/08

* Ingeniero, especializado en economía política, escritor, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11

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