Alberto Wiñazky*
La crisis estructural del sistema capitalista se gestó en los años setenta del siglo pasado y produjo el final de la acumulación de capital según las pautas vigentes desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial. Se desplegó en ese período y durante treinta años, una fase de creimiento económico y una relativa disminución de la pobreza de los sectores populares.
Pero surgió la crisis y en EE.UU. se originó una forma autoritaria de poder que agrupó a distintas corrientes conservadoras, a los sectores blancos de la población, al Pentágono, a los grupos tecnológicos e incluso a sectores de trabajadores insatisfechos con la situación laboral, conformando una coalición que arribó al gobierno con la primera presidencia de Donald Trump.
Desde los comienzos del siglo XXI el sistema capitalista impulsó en EE.UUU. mediante el desarrollo de la digitalización, la automatización, la biotecnología, la computación cuántica, la inteligencia artificial y la robótica de la manufactura, un nuevo paradigma técnico-económico con el objetivo de producir cambios acelerados en el sector productivo y en las relaciones sociales, a los efectos de obtener la tasa de plusvalor en escala ampliada.
Como consecuencia del nuevo modelo económico implantado posteriormente a nivel global, nunca en la historia de la humanidad la acumulación de capital estuvo tan estrechamente vinculada a la ciencia y a la tecnología. Por el intento de regular el excedente crecientemente a su favor, el bloque de clases dominante produjo al mismo tiempo un notable aumento de la pobreza, la exclusión social, la desposesión, la desigualdad y la flexibilización laboral. El avance tecnológico no llevó de modo alguno a que la producción planificada de los valores de uso pudiese llegar a satisfacer las necesidades del conjunto de la humanidad.
La crisis del sistema alteró también la agenda mundial y el modo de producción capitalista. Expresó la tendencia a incluir en un solo sistema de relaciones sociales de producción a la totalidad de los trabajadores, consolidando las asimetrías que provocaron en esta fase más de 140 millones de desocupados en el mundo. Se efectivizó el nuevo modelo de acumulación, pero la unipolaridad y la hegemonía absoluta de EE.UU. habían dejado de existir. Incluso la productividad laboral en EE.UU. entre 1947 y 2005, creció a una tasa promedio de 2,3%, para caer luego de 2005 al 1,3%. Asimismo, en los bordes del sistema, los sectores monopólicos enfatizaron la importancia de transformar a su favor los espacios donde se encontraban los recursos naturales estratégicos. El objetivo fue convertirlos en territorios eficientes y altamente productivos de materias primas y de algunos productos industriales de muy bajos costos, situación que incrementó la dominación imperialista sobre estos países.
El capitalismo en un mundo convulsionado
En este largo período de crisis el capitalismo organizó la actividad económica a través del endeudamiento público y la valorización del capital ficticio que se concentró en EE.UU. entre 1994-2000 en la negociación con las acciones del segmento de alta tecnología en la bolsa de valores y entre 2005-2007 en los títulos derivados vinculados a las hipotecas inmobiliarias. Pero la valorización de estos activos se enfrentó con los límites de la demanda, debido a que una parte significativa de las hipotecas ya no podía ser absorbida por el capital ficticio. De esta forma, entre 2008-2009 se cristalizó la crisis estructural y multidimensional[1] del capitalismo iniciada en los años setenta del siglo pasado. Se profundizó el momento crítico del sistema ya que las inversiones y el comercio mundial se frenaron bruscamente exponiendo la hipertrofia del capital ficticio, las complejas e intensas relaciones de poder y el fuerte proceso de competencia entre las distintas fracciones del capital.
A su vez, los hechos producidos en 2008-2009 no provocaron una ruptura con los principios neoliberales. Por el contrario, los sectores concentrados continuaron organizando la economía mundial e implementando los mismos valores que venían sosteniendo desde los años setenta. Esta crisis estructural, es decir de largo plazo, fue el resultado de las contradicciones acumuladas desde la posguerra y se acrecentaron sensiblemente a partir de la aparición de la violenta reacción neoliberal de los años ochenta con Márgaret Tachter y Ronald Reagan.
Así, con posterioridad al 2008, se incrementó el interés de las élites por lograr una rápida valorización monetaria de lo obtenido en la producción, acelerando el proceso de acumulación de capital ficticio. El capitalismo transnacional no ha encontrado hasta estos momentos una salida efectiva que les permita reinvertir las ganancias acumuladas en el sector productivo, por lo que ha recurrido a una continua especulación financiera como única alternativa posible.
Con la acentuación en el capitalismo del patrón de acumulación, el 1% de las personas más ricas reunía en el 2020, cerca del 50% de la riqueza mundial. (Credit Suisse Research Institute, 2021) Así fue como los sectores altamente concentrados, incluyendo a los gigantes financieros globales y a las empresas transnacionalizadas se distribuyeron por todas las regiones del mundo tomando importantes decisiones estratégicas en contextos de alta incertidumbre. También crecieron significativamente los grupos que lideraban al conjunto de las plataformas de alta tecnología (Amazon, Microsoft, Alibabá, Tencent, Byte Dance, etc.), los proveedores de insumos tecnológicos y las industrias farmacéuticas. Consolidaron simultáeamente un modelo de dominación que se extendió a lo digital y cuyo fundamento fue transferir hacia los conglomerados globales la dirección de las distintas economías e incluso la dirección de los estados periféricos.
Donald Trump en la presidencia de EE.UU. 2017-2020
La llegada de Donald Trump a la presidencia de EE.UU., (2017-2020) contó con una base social real y no fue un accidente en la historia de ese país. Su aparición estuvo ligada al fenómeno antisistema y soberanista que en los años anteriores se había hecho presente en Europa. El republicano, fue el líder exitoso que instó a volver a un pasado que indudablemente tenía muy pocas posibilidades de regresar. Ya en 2017 había afirmado que Rusia y China amenazaban el poderío, los intereses y la influencia de EE.UU. e intentaban socavar la seguridad y la prosperidad de los norteamericanos. Tras estas declaraciones, puso en marcha distintas medidas políticas y económicas tratando de afirmar aún más la presencia de EE.UU. en el concierto mundial.
Revirtió numerosas regulaciones ambientalistas y se retiró del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Abandonó también las negociaciones en la Asociación Transpacífica y firmó un nuevo acuerdo con México y Canadá que reemplazó al Tratado de Libre Comercio de América del Norte obteniendo cambios modestos. Buscó además reducir el gasto en los principales programas sociales como el Medicare y Medicaid. Al mismo tiempo se retiró del acuerdo nuclear con Irán y negó la entrada a EE.UU. de ciudadanos de seis países de mayoría musulmana.
El Partido Demócrata en la presidencia de EE.UU. 2021-2024
La administración posterior de Joe Biden pareció actuar en la misma dirección. Intentó inyectar en la economía decenas de miles de millones de dólares para tratar de reactivar las industrias que contaban aparentemente con problemas insolubles. Instó a ir poniendo a la vanguardia la innovación tecnológica y la producción local de las manufacturas, todos elementos claves en el Siglo XXI. Propuso acciones encaminadas a lograr el abastecimiento propio en semiconductores, baterías eléctricas de gran capacidad, materiales y minerales críticos y la provisión de productos e insumos farmacéuticos.
Continuó la tensión en las relaciones con China que se habían intensificado durante la presidencia de Donald Trump y estuvo marcada por la “guerra comercial y tecnológica” que incluía como trasfondo la competencia por la primacía mundial que aún mantenía EE.UU. sobre la tecnología y sobre los eslabones más débiles del sistema capitalista.[2] Según algunos datos conocidos en 2020 acerca del Sistema Internacional de Pagos (SWIFT) constituido por las divisas que utilizaban diversos países en el Comercio Internacional, correspondían al dólar un 42%, al euro un 33%, a la libra inglesa un 6%, al yen japonés un 5% y al yuan chino un 2%. El SWIFT se encuentra utilizado en la actualidad por más de 200 países, conectando a más de 11.000 bancos que utilizan el dólar en el 57,9% y al euro en un 13,0% en las transacciones internacionales. Sin embargo, grandes bancos como el J.P.Morgan pasaron a usar su propia moneda digital (J.P.M. COIN), que le ha permitido efectuar liquidaciones instantáneas, mientras que gigantes como TETHER y CIRCLE dominaron el ecosistema de Stablecoins, donde el volumen de las transacciones con estos activos digitales ya superó el 7,7% del movimiento combinado de VISA y MASTERCARD, según un informe del Exchange CEX publicado el 31 de enero de 2026
Sin embargo China, por la magnitud adquirida en su economía, resultó ser un producto singular del crecimiento desigual y combinado en el capitalismo al haber logrado desarrollar con rapidez una eficiente internacionalización del sector productivo y mejoras significativas en el crecimiento del mercado interno. El análisis de la controversia entre estas grandes economías confirmó la presencia de los grandes conglomerados no como un fenómeno rígido y estático sino como un componente altamente dinámico del sistema. China se ha caracterizado por la apropiación de capital a nivel global y por el dominio sobre el comercio de manufacturas y materias primas. Acentuó la considerable y permanente dependencia de los países periféricos por los efectos del intercambio desigual en el comercio internacional, irrumpiendo también de forma explosiva en las economías desarrolladas que mostraron su débil capacidad de respuesta.
Al acceder a la presidencia, Joe Biden decidió dirigir también sus amenazas hacia Rusia en forma similar a lo efectuado por el expresidente Donald Trump, arrastrando al enfrentamiento a una Europa frágil en medio de un mundo en crisis. Sin embargo, esta actitud no significó que las posiciones contra China hubiesen concluido o disminuido, sino que pareció funcionar como un cambio parcial de planes, al haber caracterizado a Rusia como “una amenaza muy grave”. Rusia, por otro lado, expresó la urgencia de encontrar una alternativa a los sistemas financieros controlados por los EE. UU[3], el Reino Unido y Alemania, dando a entender que en el mediano plazo el frente económico-financiero global también sería objeto de intensas disputas.
Así planteada la situación y a pesar del agravamiento mundial de la desigualdad social, el crecimiento de la pobreza y la inseguridad alimentaria, exacerbados por el elevado endeudamiento público de los países centrales y periféricos, la clase trabajadora no inició aún la búsqueda de un modelo de acumulación alternativo que hubiese conducido al conjunto de la sociedad hacia un sistema social diferente, que lograría transformar decisivamente el predominio global de la lógica de acumulación capitalista.
Incluso, a partir de la victoria de Joe Biden, diversos países de la zona indo pacífico y Europa comenzaron un acercamiento común más intenso en el plano estratégico-militar. Igual situación se verificó entre EE: UU, India, Japón y Australia, que avanzaron con un sustancial aumento de los presupuestos militares y la formación de un espacio de coordinación estratégica organizado entre los cuatro países. Quedó confirmado que Joe Biden abandonaba rápidamente durante su gobierno las promesas progresistas para acercarse a los postulados de la derecha, tomando diversos aspectos de la plataforma del trumpismo.
La ocupación militar de Ucrania por parte de Rusia a principios de 2022 y el grave incremento de los enfrentamientos en medio oriente como consecuencia de la política genocida de Israel en la franja de Gaza, más la disputa intercapitalista por el dominio mundial, convulsionaron sensiblemente la situación internacional. La invasión rusa fue una acción irresponsable decidida por el gobierno autocrático de Putin en respuesta a la postura del proimperialista Zelensky, quien había intentado que Ucrania ingresara a la OTAN. Esta organización se había convertido, desde la década de los noventa, en un organismo agresivo y expansionista, a pesar de las promesas incumplidas por EE.UU. de no ampliar la Alianza Atlántica si Rusia accedía a la unificación de Alemania. La lucha por una Ucrania independiente, ha implicado la defensa del derecho a la autodeterminación nacional para el pueblo ucraniano, independientemente de las posiciones políticas de los dirigentes de turno en ese país.
Donald Trump en la presidencia en el 2025
Y Donald Trump volvió al gobierno de EE. UU. Estuvo respaldado por la supremacía blanca, los trabajadores desempleados y los que veían amenazados sus empleos y sufrían el deterioro de sus ingresos dentro del marco de las políticas neoliberales. En las elecciones realizadas en noviembre de 2024 el Partido Republicano de la mano de Donal Trump se impuso en el proceso electoral ganando en la mayoría de los estados claves en disputa. La extrema derecha ocupó el partido Republicano y el trumpismo se hizo fuerte en su dirección, presentando a Trump como el mayor político antibelicista y protector del sector industrial. En medio de la crisis global del capitalismo y de la decadente hegemonía estadounidense, los principales dirigentes republicanos fueron reemplazados por figuras de la extrema derecha, que capitalizaron las supuestas posiciones antibélicas y de reestructuración industrial propuestas por Trump.
La victoria alcanzada implicó la posibilidad de aplicar una agenda que trataba de enfrentar los avances del feminismo, la inmigración y los derechos sociales y laborales, sosteniendo la xenofobia y la expulsión masiva de los inmigrantes indocumentados. En el resultado electoral la economía ha jugado un papel decisivo. La inflación bajo el gobierno de Biden había golpeado duramente en las grandes ciudades a los trabajadores y a otros sectores subalternos, produciendo el más bajo crecimiento de los salarios y el elevado costo de los alquileres. Esta situación le permitió a Trump conquistar el voto transversal sobre todo entre los votantes masculinos. Sin embargo, el proceso inflacionario continuó vigente y aún no ha podido superarse.
Por eso, en un mundo cuyo contenido ideológico se ha visto fluctuante e inestable y en algunos casos produjo crisis de gobernabilidad, esta situación resultó ser otro de los motivos que han dado lugar a la llegada de Donald Trump nuevamente al gobierno. Este triunfo reconoció algunos antecedentes como el intento de copar el Capitolio en EE.UU. por hordas favorables a Trump, las manifestaciones ocurridas en Berlín en agosto 2020 contra las restricciones sanitarias en el marco de la pandemia de covid-19 y las protestas en Italia del grupo ultra Forza Nova.
Con la matriz socio-política implementada por Trump se estableció una alianza con las empresas que producían alta tecnología, sin desconocer su estrecha relación con el complejo militar-industrial, formando así un nuevo bloque histórico para tratar de competir efectivamente con China. Esto significó colocar inicialmente al frente de la cadena manufacturera a los productores de semiconductores, en el intento de transformar nuevamente a EE.UU. en una potencia tecnológica de punta.
Todas estas manifestaciones combinaron en forma variable el nacionalismo y el anti-estatismo, xenofobia, negacionismo climático y ecofascismo. En el caso específico de Donald Trump es indudable que buscó impulsar una transformación cultural e ideológica impugnando a las élites existentes como una forma de desafío a la sociedad ya constituida, con discursos duros cargados de nostalgia. Aseguró que el futuro del país pasará por la recuperación de sus plantas industriales, revitalizando ciudades empobrecidas y devolviendo la dignidad perdida a millones de trabajadores.
Continúa pendiente la explicación sobre las trasformaciones históricas que se produjeron en el capitalismo, tanto en lo económico como en el pensamiento humano y en las relaciones sociales y será necesario elaborar próximamente un nuevo trabajo en el que se señale porque el capitalismo sumido en una crisis profunda, acentuó la propensión a desarrollar cambios cada vez más importantes y frecuentes que no han acarreado transformaciones positivas y significativas, sino que han acentuado la crisis.
Los conflictos bélicos
Ante los crecientes enfrentamientos Inter capitalistas por la primacía global sobre la economía y la política, por el control de las finanzas especulativas y por las amenazas y las confabulaciones a nivel mundial, la respuesta del capitalismo de EE.UU. fue dar impulso a guerras cada vez más intensas pero siempre fuera de sus fronteras.
En suma, la devastación social, política y económica en Medio Oriente causada por el genocidio de Israel en la Franja de Gaza y la invasión en el sur del Líbano con la declarada intención de exterminar a Hezbollah, son parte del intento por convertir a ese país en la superpotencia aliada en la zona. La guerra irresuelta rusa-ucraniana, el armamentismo proporcionado por EE.UU. a Ucrania y a Taiwán y el enfrentamiento entre Pakistán y Afganistán, resultaron ser la demostración más acabada de la estrategia de rapacidad del imperialismo en decadencia para lograr la apropiación de los minerales estratégicos que garanticen su supremacía tecnológica, económica y militar. Además, todo pareció indicar que los halcones ganaron la batalla que sostuvieron con los ultranacionalistas del Américan First quienes rechazaban las “guerras innecesarias” respaldo que había formado parte de la base del trumpismo.
La actual ofensiva desatada contra Irán por EE.UU. e Israel, con la excusa de impedir el desarrollo de armas nucleares, pero que en realidad buscó controlar el flujo mundial de petróleo[4] y llevar al derrocamiento del régimen tecnocrático y dictatorial de los Ayatolas. Demostró que el capital, a pesar de las declaraciones antibélicas iniciales de Trump, no es solo producción sino que al mismo tiempo es destrucción de personas, cosas y demás seres vivos. La guerra contra Irán tiene un costo muy elevado en su población y en el nivel de vida de los pueblos del mundo, no solamente porque los precios del petróleo influyen decisivamente en el proceso productivo y se dispararon desde que fue cerrado el estrecho de Ormuz por donde pasaba el 20% de su tráfico, sino porque si el conflicto se prolonga aceleraría la crisis global del sistema como señaló un artículo reciente del Financial Times.
Asimismo, con la brutal irrupción de Trump en el tablero geopolítico mundial con sus intensas ambiciones neocoloniales, EE.UU. retomó la vieja agenda que incluyó nuevas amenazas hacia América Latina que en realidad ya existían desde hacía cierto tiempo (narcotráfico, crimen organizado, neoterrorismo, etc.). Fue el intento que permitiría implicar a las FF.AA. de estos países en la represión de situaciones de orden público, revitalizando al mismo tiempo la Doctrina Monroe como sucedió con la invasión a Venezuela. Se ha hecho evidente en consecuencia que el capitalismo y específicamente EE.UU., para poder imponerse con este marco de decadencia y de cambios en la matriz sociopolítica, tiene la necesidad de aplicar la violencia generalizada incrementando la desigualdad, la destrucción, la pobreza y la marginalidad en la periferia del sistema.
América Latina
Con la llegada del nuevo siglo, América Latina continuó posicionada en lo esencial como proveedora internacional de bienes primarios, coadyuvando con su producción a la realización del capital global. La región formó parte de esa unidad mundial de acumulación, incorporada siempre como un espacio subordinado al capital más concentrado. Incidieron activamente en esta situación, un conjunto complejo de mecanismos institucionales como el esclerosado nivel de los sectores reformistas, la política comercial y financiera oligopólica y la decisiva actuación de los conglomerados locales e internacionales sobre la dirección de los estados periféricos, que reforzaron la configuración global de las cadenas de valor.
Las redes de reproducción se constituyeron en esta etapa en los ejes estratégicos de la fábrica mundial, es decir produjeron la reorganización de las economías en la periferia para convertirlas en una maquinaria de la economía transnacional. Esta situación permitió incrementar la explotación de la fuerza de trabajo esparcida en todo el planeta, aprovechando las debilidades de las dirigencias sindicales, las diferencias existentes entre los sistemas de seguridad social, los complejos regímenes fiscales y las características de los poderes judiciales, convirtiendo a las sociedades periféricas en una función del sistema oligopólico global.
El componente progresista volvió a la región, pero vio impedidas las posibilidades de obtener mejoras significativas para los sectores populares por la presencia decisiva de los grupos oligopólicos convertidos en hegemónicos. Pero esos espacios no fueron excluyentes. Por el contrario, influyó además la composición de los gobiernos reformistas integrados por amplias y complejas asociaciones que no contaban con homogeneidad entre sus componentes, no proponían cambios estructurales en lo económico, ni propiciaban tampoco una amplia movilización de las masas, llevando a una profunda y compleja crisis al orden social y político.
Por la preponderancia de los sectores más concentrados que actuaban en los procesos de producción mundiales, se amplió su dominio sobre el intercambio comercial, el medio ambiente y los recursos disponibles en la región. La industria continuó operando en forma dependiente de los sectores oligopólicos y condicionada por el bajo nivel de inversión, la dependencia estructural, la fuga de capitales y su peso relativo en el entramado internacional. A la vez, se incrementaron las tensiones económicas y sociales interburguesas y la resistencia de los trabajadores a la intensa explotación del capital, llevando los acuerdos políticos tradicionales y los símbolos del pasado a un rumbo que solo ofrecía impotencia. Esta situación condujo también a la destitución de varios gobiernos de la región elegidos en las urnas [5], y al hostigamiento hacia otros que no respondían plenamente a los intereses de los grupos concentrados.
En realidad, América Latina ya se encontraba prácticamente estancada desde antes de la crisis 1998/1999 y su situación se agravó por la contracción económica ocurrida con posterioridad a ese período que acentuó la debilidad y la dependencia de las distintas economías locales, perjudicando los sistemas de salud, educación, vivienda y de protección social general.
La República Argentina
En la Argentina la crisis de 2001 que derrumbó al gobierno de Fernando De la Rúa, produjo el aumento de la desocupación, la precarización del empleo, la pobreza y la desigualdad. También el cierre de gran número de empresas pequeñas y medianas y la destrucción generalizada de las capacidades productivas y humanas, situación ya implementada durante el gobierno de Carlos Menem. Estos fenómenos afectaron más que proporcionalmente a las mujeres y a los jóvenes y reforzaron los nudos estructurales de desigualdad de género. (CEPAL, 2021)
Las mejoras relativas que se produjeron en los años siguientes a la gran crisis de 2001, no llegaron a alterar el curso impuesto por el neoliberalismo, si bien contribuyeron a reducir los índices de la pobreza y la indigencia. Pero resultó inalcanzable la remoción de diversas leyes sancionadas por la dictadura en 1976 como la Ley de Entidades Financieras, que resultó ser una de las medidas que permitió el endeudamiento desenfrenado de la Argentina. El orden político reformista mostró el agotamiento de su ciclo histórico y el de los frentes nacionales, quienes han arriado las banderas con las que en otras oportunidades defendieron los intereses populares. Alcanzaron así su etapa final en la contención y orientación de la clase obrera y sus aliados, para continuar con una marcha degradada y dispersa que llevó a que absorbieran sin filtro los intereses de las clases dominantes.
Como no podía ser de otro modo y por las graves experiencias pasadas, los sectores más concentrados han vuelto a imponer en el año 2003 y por la vía electoral, el orden hegemónico de extrema derecha que se ha ido repitiendo en el país de forma inagotable desde hace medio siglo. Llevó nuevamente al desmantelamiento del entramado industrial, la contracción acelerada del mercado interno, la caída de los salarios y el aumento de la desocupación, para limitarse a proveer minerales, energía y productos del agro a las grandes potencias.
*Alberto Wiñazky, economista, escritor, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11.
Marzo 2026
[1] Que incluyó la competencia entre las potencias imperialistas, la crisis ambiental y la crisis de los partidos neoliberales.
[2] En Asia para 1990, el 46% del comercio asiático tuvo lugar dentro de la región, para 2021 esa cifra había llegado al 58%, convirtiéndose en la región más integrada después de la zona euro, comprendiendo a China, Vietnam, Singapur y Taiwán. En esa zona habita, además, el 60% de la población mundial.
[3] La deuda pública de los EE.UU. pasó de los 3 billones en 1989 a 31 billones en la actualidad, significando el 118,73% del PBI (The Economist, 2023). Según el FMI la deuda pública mundial, llegaría en 2030 al 100% del PBI global.
[4] Indudablemente que el control del flujo del petróleo y el gas es un hecho histórico en el capitalismo, pero en esta ocasión surgen distintos elementos que están presentes en esta ofensiva combinada de EE. UU e Israel sobre Irán. Uno de ellos es lo revelado por el Washington Post que sostuvo que serían Arabia Saudita e Israel quienes habrían alentado a EE.UU. a atacar a Irán. Es posible que esta situación tenga relación con la desclasificación de la documentación en el caso Epstein, que comprometería severamente a Trump. En esta escalada bélica se expresó también Marco Rubio cuando dijo que “La razón por la que EE.UU. quiere un cambio de régimen en Irán, es porque Netanyahu lo exige”. Asimismo significaría un ataque directo al abastecimiento de petróleo por parte de China.
[5] Referencia explícita a los golpes militares y a los denominados “golpes blandos”, como sucedió en Honduras, Paraguay, Bolivia, Brasil y Perú.
