China y la disputa por el orden mundial: Entre la no intervención y la construcción de la multipolaridad.

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Revista Nº 159 (03/2026)

(internacional/china)

Sebastián Schulz*

Análisis de las características de la estrategia geopolítica de China ante la actual crisis mundial.

Escalada de conflictos y lecturas sobre el rol internacional de China

El año 2026 se inició con una profundización de las tensiones y desplazamientos geopolíticos que se vienen desarrollando a un ritmo cada vez mayor desde, al menos, hace un cuarto de siglo.

A la continuidad de las guerras y conflictos en Ucrania y la Franja de Gaza se sumaron, en estos meses, la agresión unilateral de Estados Unidos contra Venezuela (que incluyó el secuestro ilegal de su presidente, Nicolás Maduro, y de Cilia Flores) y la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Más allá de las caracterizaciones y del devenir de ambos escenarios, en el debate político y en la academia especializada se intensificaron las discusiones acerca de la estrategia geopolítica de la República Popular China en este contexto. La supuesta inacción del país asiático fue leída (genuina o malintencionadamente) como una señal de complicidad, desinterés, falta de solidaridad o pragmatismo frente a la ofensiva estadounidense contra países del Sur Global. Las justificaciones de su no intervención se articularon en torno a dos ejes: la supuesta aceptación por parte de China de una nueva era de “esferas de influencia” y la idea de que, mientras Estados Unidos se encuentra en guerra, China capitaliza dichas tensiones en función de su crecimiento económico, entre otras interpretaciones.

En este artículo nos proponemos analizar las características de la estrategia geopolítica de China, intentando rebatir aquellas posiciones que sugieren que el país asiático elige deliberadamente no involucrarse o que es funcional a la estrategia de Estados Unidos impulsada por Donald Trump.

Principios, historia y fundamentos de una estrategia basada en la coexistencia pacífica

Para empezar, es fundamental señalar que, desde 1954, China se adscribe a los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica como guías imprescindibles de su política exterior, entre los cuales se encuentran el respeto mutuo por la soberanía y la integridad territorial, la no agresión mutua y la no interferencia en los asuntos internos de terceros países. Estos postulados, que desde una lectura realista clásica podrían parecer mera retórica, han organizado la política exterior china en los últimos 70 años, y es posible encontrarlos en cada acción que China realiza a nivel internacional. Estos principios fueron la base sobre la que se constituyó la Conferencia de Bandung en 1955, en la cual los países del Sur Global articularon una voz colectiva a favor de la abstención de actos o amenazas de agresión, del no uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier país, y del impulso de medios pacíficos para la resolución de conflictos internacionales.

Más recientemente, estos principios fueron ratificados por el ex presidente Hu Jintao (2003-2013) con su Teoría del Desarrollo Pacífico, la cual sostiene que el “ascenso” de China es un caso único en la historia, al realizarse mediante la vía exclusivamente pacífica y rechazar la idea de que existiese una pretensión hegemónica en su política exterior. Esta visión está explicitada en muchos de los documentos de Estado publicados por China en los últimos años, en donde se sostiene que “durante los últimos 70 años, China no ha provocado una sola guerra o conflicto, ni ha invadido un solo cuadrado de tierra extranjera”. Difícil caracterizar, en este marco, a China como un país imperialista o colonialista, incluso cómplice del accionar de las potencias centrales de Occidente, como sugieren algunos análisis.

Que la política exterior de China esté guiada por la exigencia y la promoción de la resolución pacífica de los diferendos no significa que el país asiático no esté profundamente comprometido con la construcción de un mundo multipolar y por aumentar las porciones relativas de poder de los países del Sur Global. Ahora bien, el apoyo de China parecería provenir más bien desde lo económico que desde lo estrictamente militar. A partir del compromiso con el financiamiento barato destinado a la construcción o modernización de puertos, carreteras, ferrocarriles, infraestructura energética, de telecomunicaciones, entre otras, China ha permitido a muchos países emergentes y en desarrollo ampliar su capacidad industrial, energética, comercial y geopolítica, sin promover la imposición de proyectos y sin recurrir a las condicionalidades que generalmente exigen los organismos de crédito internacional tradicionales como el FMI o el Banco Mundial. El caso de Irán es particularmente representativo: ambos países acordaron en 2021 constituir una “asociación estratégica integral” de 25 años de duración, período en el cual China se comprometió a invertir 400 mil millones de dólares en más de 100 proyectos de infraestructura para modernizar el complejo industrial iraní, desde la industria del petróleo y gas, ferrocarriles, puertos, aeropuertos, carreteras, etc., y también se acordaron inversiones en la banca y telecomunicaciones.

Sin embargo, la cooperación de China con sus socios estratégicos no se limita al plano económico. Con aquellos países con los que ha llevado sus relaciones bilaterales a los niveles más elevados (por ejemplo, con Rusia, Pakistán o el propio Irán), el país no impulsa solamente acuerdos económicos, sino también cooperación en los planos tecnológico, seguridad, defensa y, en algunos casos, inteligencia. Nuevamente, el caso de Irán es indicativo, ya que China ha avanzado en la provisión de tecnologías sensibles, incluyendo el acceso al sistema de navegación satelital BeiDou (lo que contribuye a mejorar sus capacidades de posicionamiento, guiado y coordinación operativa, evitando el norteamericano GPS), el apoyo chino al programa de misiles balísticos iraní, la provisión de radares avanzados (YLC-8B) capaces de detectar blancos a larga distancia, o el despliegue de plataformas de vigilancia electrónica en el Golfo de Omán (Liaowang-1) capaces de relevar información en tiempo real sobre el teatro de operaciones.

Pero, más allá de esto, la política exterior china ha priorizado históricamente la paz como método exclusivo de resolución de diferendos internacionales, reivindicando el Artículo 33 de la Carta de las Naciones Unidas que señala que “las partes en una controversia (…) tratarán de buscarle solución, ante todo, mediante la negociación, la investigación, la mediación, la conciliación, el arbitraje, el arreglo judicial, el recurso a organismos o acuerdos regionales u otros medios pacíficos de su elección”.

Esto, nuevamente, no es mera retórica. China no niega la eventual existencia de conflictos y diferendos en materia internacional, pero promueve una gestión dialogada y pacífica de los mismos, como por ejemplo en el caso de Ucrania, donde la posición china es firme y se basa en la promoción de una solución negociada que reconozca las preocupaciones de seguridad esgrimidas por Rusia al tiempo que reivindica la salvaguarda de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. Por otra parte, otro ejemplo es el caso del conflicto en la Franja de Gaza, donde China ha esgrimido la necesidad de implementación de la solución de dos Estados, el restablecimiento de los legítimos derechos nacionales de Palestina y el establecimiento de un Estado palestino independiente con plena soberanía, basado en la frontera de 1967 y con Jerusalén Este como su capital, condenando los ataques y agresiones unilaterales de Israel. Otro hecho fundamental, en este sentido, fue la intervención y mediación de China para el restablecimiento del diálogo diplomático entre Irán y Arabia Saudita en 2023.

Esta reivindicación de la resolución pacífica de los conflictos podemos verla expresada también en la gestión de sus propios diferendos internacionales. En el caso de la India, con quien China mantiene importantes disputas fronterizas, ambos países acordaron, sin ceder en sus reivindicaciones de soberanía, gestionar las mismas por la vía pacífica e impulsar la desmilitarización de las zonas en conflicto; esto mismo ha impulsado China con aquellos países con los que mantiene reivindicaciones de soberanía superpuestas en el Mar del Sur de China Meridional, lo que ha generado que ninguna de estas disputas escale al plano militar. Otro caso emblemático es el de Taiwán, provincia ocupada por rebeldes nacionalistas enfrentados al Partido Comunista de China, caso en el cual China históricamente ha reivindicado la necesidad de alcanzar la reunificación por la vía pacífica (pensemos que haría Estados Unidos en el caso de que grupos rebeldes tomaran un territorio por la fuerza y desconocieran la legitimad del gobierno en Washington).

Multipolaridad, cooperación y disputas geoeconómicas: la estrategia exterior de China en el siglo XXI

Mientras impulsa (tanto discursivamente como en la práctica) relaciones pacíficas de cooperación, desde la llegada de Xi Jinping a la presidencia, China ha profundizado el impulso de la construcción de una nueva arquitectura de gobernanza global que desande la unipolaridad construida luego de la Guerra Fría y que sirva de andamiaje institucional para un nuevo orden multipolar y pluricivilizacional. En este sentido, China promueve desde 2013 la construcción de una comunidad de destino compartido para la humanidad, una propuesta teórica que incluye la promoción de lazos de cooperación de beneficio mutuo y que recupere el Espíritu de Bandung de soberanía y respeto por los modelos de desarrollo adoptados por cada país.

A su vez, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Nueva Ruta de la Seda) es la gran apuesta geopolítica de China, un proyecto que ya suma más de 150 adhesiones de países (más del 80% de los países del planeta, prácticamente todos del Sur Global), y que contempla la construcción de grandes proyectos de infraestructura de conectividad, así como también acuerdos de cooperación en materia social, cultural, sanitaria, ambiental o digital. En los últimos años, China ha complementado estos proyectos con otras Iniciativas más recientes, como la Iniciativa para el Desarrollo Global, la Iniciativa para la Seguridad Global, la Iniciativa para la Civilización Global y la Iniciativa para la Gobernanza Global, mediante las cuales el país asiático intenta aportar a los debates sobe la necesidad de un nuevo tipo de relaciones internacionales que debería regir la cooperación y el intercambio entre los Estados.

La construcción de un orden multipolar no se limita al plano institucional, sino que China se encuentra actualmente diseñando una arquitectura económica y financiera más diversificada, que permita romper con el último sostén de la hegemonía estadounidense en declive: la primacía del dólar como moneda de reserva, referencia e intercambio internacional. En este marco, junto con la promoción de la internacionalización del yuan, China impulsa el desarrollo de infraestructuras financieras alternativas al sistema SWIFT, como el CIPS (Cross-Border Interbank Payment System), y fomenta la firma de acuerdos de swap entre bancos centrales, así como la expansión del comercio bilateral en monedas nacionales (particularmente en sectores estratégicos como energía y materias primas). El objetivo no radica simplemente en sustituir la primacía del dólar por la del yuan, sino en avanzar hacia un esquema multimonetario que refleje el peso creciente de las economías emergentes y en desarrollo en el PBI global.

Para llevar adelante estas iniciativas, China ha impulsado activamente la promoción de espacios estratégicos de cooperación geopolítica, como por ejemplo el BRICS o la Organización para la Cooperación de Shanghái, así como también Foros de cooperación bilaterales como el Foro China-África, el Foro Boao para Asia, el Foro China-Estados Árabes o el Foro China-CELAC. Mediante estas propuestas de cooperación, China busca asociarse estratégicamente con polos emergentes del Sur Global para diseñar estrategias colectivas tendientes a construir un orden mundial multipolar.

Las tendencias geopolíticas observadas en los últimos años muestran que la estrategia exterior de China no solo ha resultado efectiva, sino que también se presenta como una alternativa frente a las prácticas injerencistas e intervencionistas que históricamente han caracterizado a las potencias del Norte Global. La capacidad de China para sostener y profundizar estos postulados dependerá tanto del curso de los acontecimientos internacionales como de su aptitud para desplegar estrategias más asertivas frente a un hegemón en declive, que se encuentra dando sus últimos pero violentos coletazos.

*Sebastián Schulz. Sociólogo y Especialista en Estudios Chinos por la Universidad Nacional de La Plata. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales. Profesor de grado y posgrado en las Universidades Nacionales de La Plata, Lanús y José C. Paz. Investigador del Centro de Estudios Chinos del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata y del Centro de Investigaciones en Política y Economía (CIEPE). Integrante de los Grupos de Trabajo de CLACSO “China y el mapa del poder mundial” y “Geopolítica, Integración Regional y Sistema Mundial”.

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