En las últimas semanas se han producido situaciones muy significativas concernientes a la inteligencia artificial (IA), que han provocado, a nivel mundial, una profundización de las preocupaciones sobre el desarrollo de esta tecnología, tan crecientemente poderosa como disruptiva.
Sucede que algunos científicos que han trabajado en el desarrollo de programas de IA en empresas de EEUU, han ido renunciando a sus trabajos denunciando que esos desarrollos están llevando a los programas de IA a un nivel tal de independencia respecto a los humanos, denominado “nivel general”, que podrían constituir una amenaza a la propia existencia de la especie humana.
A esto se suma la evidencia, señalada crecientemente por analistas y expertos a nivel mundial, de que la IA y la robótica, vinculadas, en su acelerado proceso, representan objetivamente una vía de reemplazo de la fuerza de trabajo humano, manual e intelectual, de un nuevo nivel cualitativo. Por ello, se suman voces desde diversos sectores, expresando la necesidad objetiva de la instauración de un sistema de “ingreso universal” para solventar a los sectores expulsados del trabajo.
Otro disruptivo asunto, de graves consecuencias, es el creciente maligno uso de la IA en la lucha ideológica y política, cuando construye y difunde tergiversación de hechos y noticas falsas.
La acelerada evolución de la IA, ha provocado que algunos de sus propios creadores, investigadores, e incluso dueños de empresas tecnológicas que la desarrollan, hayan solicitado públicamente que se detengan los desarrollos hasta que se acuerde, algún tipo de algoritmo de control, a incluir en todos los programas de IA, que impida que esta se independice de los humanos y represente un riesgo para nuestra especie.
Ante este reclamo, increíblemente, el presidente de EEUU Trump dijo que “el único control o mecanismo de seguridad que necesita la IA es un presidente fuerte e inteligente (¡con un alto coeficiente intelectual!), y Estados Unidos lo tiene de sobra”. Además, se opone a una regulación internacional de la IA, evidencia de que lo que más le preocupa es la primacía geopolítica de EEUU antes que el riesgo a la que se supone expuesta la especie humana.
Todo lo anterior no hace más que confirmar que las fuerzas productivas, en su evolución, llegan en algún momento a no poder ser utilizadas en el contexto de las relaciones economicosociales, políticas e institucionales, del sistema en que se desarrollan, sin generar una profunda crisis sistémica.
Se agudiza así la objetiva necesidad de superar la actual organización económicosocial capitalista, sumida en una profunda crisis, por otra de carácter social, cooperativo, participativo y comunitario, con formas estatales y cooperativas, que impulsen la democracia social, participativa y autogestionaria. Formas de socialismo que, por supuesto, adquieren y adquirirán diversas formas y características dependiendo de cada país.
Esto, a su vez, requiere, de manera cada vez más imperiosa, impulsar el nivel de conciencia, organización, unidad y movilización de los trabajadores y demás sectores populares para alcanzar esos objetivos.
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