¿Milei o qué?

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Revista Nº 159 (03/2026)

nacional/política

Gerardo Codina[1]

El mayor activo de Milei, luego de consolidar la primera minoría en las elecciones de octubre pasado, ha sido conformar una alianza política mayoritaria en el Congreso con la que pudo avanzar en la reforma de leyes centrales como la reforma laboral. Junto al respaldo de la administración Trump y la ausencia de una alternativa opositora, este es su principal soporte actual. Esta fortaleza política contrasta con la fragilidad del escenario económico interno y la vulnerabilidad del posicionamiento geopolítico que adoptó, en desmedro de los intereses nacionales argentinos.

Aunque extravió un tercio de sus votantes entre la segunda vuelta presidencial y las elecciones de octubre de 2025, Milei ha sabido colocarse en el centro de la escena política nacional, tomando la iniciativa y marcando la agenda del debate público. Lejos del triunfalismo inicial, en esta segunda etapa de su gobierno mostró capacidad de construcción de acuerdos con diversos oficialismos provinciales, seducidos también por el accionar de la diplomacia yanqui, como se evidenció con el acompañamiento de once gobernadores en Nueva York, durante la Semana Argentina organizada en común con el banco de inversión JP Morgan, del que fueron empleados la mayoría de sus funcionarios del área económica.   

El vínculo con los gobiernos provinciales se sostiene en torno de las necesidades económicas de administraciones dependientes del flujo de fondos de coparticipación y una agenda de promoción de la inversión minera que ilusiona a las élites económicas locales. Argentina en efecto tiene mucho que hacer para poner en valor sus reservas en minerales críticos para la economía mundial como cobre, litio, oro, plata o uranio, entre otros. Algunos de estos recursos ya generaron ingentes inversiones y nutren la capacidad exportadora argentina, como Vaca Muerta. La matriz meramente extractivista del enfoque gubernamental actual se perfecciona con la escaso o nula elaboración local de esos productos y el uso indiscriminado de las fuentes de agua en desmedro de las poblaciones locales. Para los intereses que representa Milei la industria es un riesgo porque conlleva la existencia de trabajadores organizados, algo que odian, y las poblaciones locales son simplemente un obstáculo que debe ser removido.

Por cierto, esta centralidad política de los libertarios implicó la desaparición práctica del PRO y la UCR del escenario político nacional. Ambas fuerzas padecen la migración de sus votantes y dirigentes hacia las filas libertarias y carecen de empuje como para intentar definir un perfil de cierta autonomía respecto del gobierno nacional. Jorge Macri y Maximiliano Pullaro son los únicos que se permiten cierta diferenciación, después de copiar todo lo posible la agenda libertaria en sus distritos, incluyendo la mano dura con los conflictos sociales y el desinterés político por el destino de los más castigados por el proceso económico social en curso. No hacen política para pobres y se nota.

Otro dato a tener en cuenta y que explica una parte de la foto actual de la sociedad argentina, es que, a fines de 2025, los planes sociales alcanzaron 6 millones de personas, un 50% más que en la gestión de Alberto Fernández y un 20% superior a la etapa de Macri. Además, el principal programa social, la AUH, hoy cubre prácticamente el costo de la canasta básica alimentaria. Estos dos elementos han debilitado objetivamente la capacidad de movilización de los movimientos sociales, afectados además por la política represiva selectiva desplegada con ferocidad por Patricia Bullrich y su sucesora.

Los riesgos económicos

Si controlar la inflación endémica de la economía argentina había sido el mayor logro del oficialismo de cara a las elecciones de octubre pasado, desde abril de 2025 el índice mensual viene creciendo y tiende a consolidarse en torno del 3% mensual, lejos del prometido 1%. Esto pese a que el dólar recorre en las últimas semanas un camino inverso al que tiene en el mundo y baja su precio en relación con el peso. Un doble movimiento de la economía que nos convierte en un país caro en dólares y con cada vez mayor recesión, pérdida de empleos y cierre de fábricas.

Los números son elocuentes. El INDEC informó que la industria manufacturera encadenó en enero su séptima caída interanual consecutiva, con una contracción del 3,2%. Estudios académicos, como el de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, advierten que en la era Milei se pierden 160 puestos de trabajo industriales por día, con un PBI per cápita industrial similar al de 1985. A nivel global, un informe de Audemus ubicó a Argentina como el segundo país con peor desempeño industrial en los últimos dos años, solo detrás de Hungría, con un desplome del 7,9%.

Las cámaras empresarias y la Unión Industrial Argentina (UIA) alertan sobre la crisis en diversos sectores, bajo la consigna “Sin industria no hay Nación”. Las terminales automotrices nucleadas en ADEFA reportaron una caída del 30% en febrero, mientras que las fábricas de línea blanca y la construcción sufren el impacto del parate de la obra pública. El sector del acero, clave en la cadena productiva, enfrenta además la competencia de un excedente mundial de 680 millones de toneladas, principalmente de origen chino, que ingresa a mercados abiertos como el argentino a precios imposibles de igualar. El consumo interno también refleja la contracción: un estudio de Apliconomy mostró que los cordobeses fueron 7,3% menos al supermercado que hace dos años y gastaron un 6% menos por compra, priorizando alimentos frescos sobre productos de almacén.

El Gobierno relativiza estas alarmas y sostiene que todo proceso de estabilización genera ganadores y perdedores en el corto plazo. Para el discurso oficial sigue siendo prioridad la baja de la inflación, pero esta sigue subiendo impulsada por el encarecimiento de los servicios públicos, pese al achique del mercado interno y la baja del dólar. También las expectativas privadas ajustan hacia arriba: el REM que publica el Banco Central prevé un aumento del 26,1% para 2026, 3,6 puntos más que lo estimado en enero. Muy lejos del 10,6% previsto para el año por el presupuesto oficial. La recaudación también muestra señales preocupantes, con una caída del 9% en febrero en términos reales según ARCA, repitiendo malos resultados de meses anteriores.

Aunque la economía nacional reflejó un crecimiento global del 3,5%, después de la brutal caída de 2024, los analistas advierten que conviven dos economías distintas: una impulsada por el agro, el petróleo y las finanzas, y otra deprimida, habitada por trabajadores industriales, empleados de comercio y obreros de la construcción. El informe de Ficonomics señala que el primer trimestre de 2026 será clave para definir si el programa económico logra una segunda velocidad o si los frentes abiertos comienzan a retroalimentarse.

En paralelo, Milei insiste en la construcción del empresario industrial como adversario político. La Libertad Avanza utiliza la táctica del conflicto permanente y el Presidente volvió a apuntar contra Paolo Rocca, líder de Techint, por haber participado en un acto junto a Lula en Brasil. “Principio de revelación”, escribió Milei desde Estados Unidos, donde compartió agenda con Trump en plena guerra de Medio Oriente. Insistió luego en Nueva York, machacando contra Rocca y Madanes, hasta el punto que la cómplice UIA salió a quejarse. Claro que todo quedó rápidamente en el olvido gracias al escándalo del inefable Adorni, que se desloma en hoteles de lujo con su esposa.

Los riesgos geopolíticos

Confesarse el presidente más “sionista” del mundo, en medio de una nueva guerra en Asia Occidental desatada por el ataque yanqui israelí a Irán, vuelve a situarnos como en los 90, en la línea de fuego de un conflicto frente al que, tradicionalmente, nos mantuvimos neutrales. En aquella oportunidad, el presidente Menem, traicionando sus orígenes y los acuerdos que había forjado para escalar hacia el gobierno argentino, se unió a la escuadra invasora de Irak, diseñada con mentiras para apoderarse de uno de los países más ricos en petróleo y desarmar un régimen férreamente opositor a la política expansionista del sionismo.

Tenía algún sentido entonces. Estados Unidos emergía como la única superpotencia global luego del colapso de la Unión Soviética y el menemismo hizo gala del oportunismo de promover las “relaciones carnales” con el que aparecía como el único y definitivo vencedor. Era los tiempos del “fin de la historia” y la invasión a Irak se hizo bajo el paraguas de las Naciones Unidas, aunque de manera forzada.

Ahora todo cambió. Y el gobierno parece no darse cuenta. Estados Unidos hoy recurre a su potencia militar como último recurso, para intentar compensar su creciente pérdida de peso en el escenario económico mundial, debido a su paulatino retraso tecnológico. Si en los noventa del siglo pasado se produjo la revolución de las tecnologías de información y las comunicaciones, liderada claramente por gigantes estadounidenses alimentados por el complejo militar industrial de ese país, hoy en numerosas áreas críticas de la nueva era económica, Estados Unidos es provisto de tecnología por China o no la tiene.

Un caso lo ejemplifica. Actualmente Irán está utilizando misiles hipersónicos contra Israel y Estados Unidos, que no tienen esa arma porque todavía la están desarrollando. Lo principal, sin embargo, trascurre lejos del campo de batalla y es la creciente automatización de los procesos productivos y logísticos en la economía china. Ya suman miles las fábricas que producen día y noche allí sin intervención humana, más allá de la planificación y el control. Esto se va a potenciar con la plena incorporación de la inteligencia artificial a los procesos productivos. Es lo que se viene y no llega de Estados Unidos, cuya industria no puede competir contra esa formidable tecnología de avanzada.

La alianza con el poder anglo-sionista deja a Argentina huérfana en el Atlántico sur, como una niña abusada que queda a cargo de su abusador, pero además atada a la decadencia de un bloque de poder que sólo tiene para sostenerse su capacidad de destrucción. Capacidad que no es ilimitada pero que también genera en el interior de Estados Unidos un fuerte movimiento de oposición, tanto por las atrocidades sionistas como por la impredecible conducta de Trump.

En pocos meses más es muy probable que éste pierda las elecciones de medio término y se verá entonces si insiste en negar los resultados de las urnas como hizo cuando lo venció Biden y precipita a Estados Unidos a un escenario de fuerte conmoción interna, o se resigna a seguir otros dos años con las manos atadas por sus opositores. En cualquiera de los dos casos, Milei será un asunto de importancia menor en Mar-a-lago.

Origen de la potencia de Milei

La irrupción de Milei fue otro síntoma más de la fortísima crisis de representación que atraviesa el sistema político argentino desde hace tres décadas.  No es una anomalía local. La mayoría de las democracias la padecen, de diferentes formas. Es que un gobierno formalmente de iguales, del “demos”, está en continúa tensión con una economía concentrada en manos de pocos, muchas veces, además, extranjeros. Sobre todo, si la cúpula del poder político es capturada y condicionada por la cúpula del poder económico, como sucede aquí.

Por eso se verifica un aparente giro a la derecha del bloque de poder hegemónico, que percibe que ya no es necesario disfrazarse para tratar de ganar algún respaldo adicional y puede exhibir sin pudores fingidos sus verdaderas intenciones. Ganan espacio, además, por la decepción causada por fuerzas populares que, lejos de mejorar las condiciones de vida de las mayorías, actuaron muchas veces para contenerlas en sus demandas de cambio. Para simplificar, podemos decir que sin Alberto Fernández no habría habido Milei.

Es una simplificación, claro, porque intervienen muchos factores. Uno, no menor, es que se ha perfeccionado la técnica de la manipulación de masas a través de la articulación de medios de comunicación tradicionales y de las nuevas redes sociales. La demonización de los dirigentes populares, como el linchamiento mediático judicial de Cristina Kirchner y antes otros, sólo es posible con la aceitada combinación de factores de poder comunicacional, propiedad de los grandes conglomerados o grandes grupos empresarios por sí mismos, con actores como la Embajada yanqui, el sionismo local, los intereses británicos, entreverados con parte de la judicatura y la política vernácula.  

También estos factores fueron los que “fabricaron” el panelista rabioso que luego devino en el peor Presidente argentino.

La desarticulación opositora

La dirigencia de la principal fuerza de oposición todavía no se repone de los golpes sufridos y apuesta al desgaste que ya se evidencia en la valoración pública de Milei. Pero no es capaz, de momento, de formular una propuesta política que pueda unificar e impulsar el accionar transformador de la mayoría que hoy rechaza a este gobierno.

Entre tanto, se desgasta en internas de cúpulas para intentar retener o ganar una centralidad que vale tanto como la potencia del movimiento en su conjunto. Si este se disgrega, encabezarlo puede ser hasta un estorbo.

El nuevo bloque de poder ha sido hábil para usar al kirchnerismo como mancha venenosa para potenciar la fragmentación del campo popular, logrando que muchos advenedizos del peronismo se hagan eco de ese juego, multiplicando sus efectos. Tampoco adquiere relieve un movimiento sindical atrapado entre su necesidad de negociar con el estado los fondos para las obras sociales que, desde Cavallo transitan primero por las manos de Caputo, y unas bases que en gran medida apostaron esperanzadas a Milei.

Muchos de los que creyeron que, en 2023, por fin llegaba a la política alguien ajeno a ella, para poner remedio al estancamiento nacional, hoy se apartan decepcionados de la actividad electoral y es probable que no concurran a votar en los próximos turnos, hasta que recuperen confianza en el proceso de recuperación democrática de nuestra economía y sociedad. Pero esto es hacer futurología y vale recordar que nadie pudo prever en 2001 los sucesos del 19 y 20 de diciembre. La fragilidad económica y política de este proceso actual puede evidenciarse en cualquier momento. Mientras el hielo se mantenga firme, el patinador puede seguir haciendo sus piruetas. Habrá que ver si sabe nadar cuando llegue el deshielo.


[1] Gerardo Codina. Psicoanalista. Lic. en Psicología (UBA 1982). Especialista en Políticas Sociales (FLACSO 2001). Director de Sistemas de Salud del Instituto del Mundo del Trabajo Julio Godio de la UNTREF.

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