Editorial semanal de Tesis 11. Lo que vendrá.

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Como muchas veces en  nuestra historia, lo nuevo que vendrá en la política argentina tendrá mucho de sorpresivo. Algunas certezas parecen definirse, sin embargo. El fuerte compromiso gubernamental con el sostenimiento de la actividad productiva en el peor momento de la pandemia ha dado sus frutos más rápido de lo esperado. La economía recuperó en el 2021 casi todo lo perdido el año anterior. Un contexto internacional favorable para nuestra producción y una búsqueda clara de incrementar las exportaciones al tiempo que se refuerza la inversión interna, motorizarán la continuidad de ese crecimiento, aunque sea a tasas más moderadas.

Crecer no resuelve los problemas que genera la injusta distribución de la riqueza –el peor de todos, la enorme extensión actual de la pobreza– pero aceita la posibilidad de su mejora en el tiempo, sin agudizar los conflictos existentes. No hay que olvidar que si no se alcanza una mejora persistente y sólida en las condiciones de vida de la mayoría, la misma democracia estará en riesgo, sin contar que se diluyen las chances electorales de quien sea que esté en el gobierno. Ya lo comprobó Alberto Fernández.

Por lo pronto, el traspié electoral del oficialismo repercutió en la apertura de nuevos frentes de batalla. La oposición se llenó de soberbia y redobló las maniobras destituyentes que puso en práctica desde el primer día después de perder las elecciones en las PASO de 2019, devaluación provocada mediante. Dejar al país sin presupuesto puede resultarles un tiro en el pie internamente, porque las provincias que gobiernan carecerán de certezas respecto de fondos nacionales para obras públicas, pero claramente sabotea los intentos negociadores del gobierno con el FMI. Quieren que se frustre la oportunidad de un acuerdo ventajoso para el país, porque alcanzarlo potenciará las capacidades de promover el desarrollo nacional que tenga el gobierno nacional.

Por otro lado, la justicia adicta al macrismo se lanzó a rescatar a la cúpula del PRO –Macri incluido– de sus escándalos penales, mientras la Corte avanzó en ocupar mayores espacios de poder y en blindar a la corporación judicial frente a la necesaria reforma de la misma. Después de quince años los cortesanos se dieron cuenta que una ley era inconstitucional y fijaron un plazo perentorio de seis meses para modificarla e integrar el Consejo de la Magistratura según la vieja fórmula. De paso, asumiendo su presidencia para intervenir directamente en el proceso de selección y remoción de los jueces, y tomar el control de los fondos del Poder Judicial. Un verdadero golpe institucional.

La ingenua expectativa en un proceso de auto depuración quedó enterrada y el Gobierno se quedó sin cartas para intervenir, como no sea apelando a la movilización popular y a la presión política sobre los cortesanos. ¿Lo intentará? Si no lo hace, su debilidad sólo reforzará el accionar destituyente de sus oponentes. Una señal de que está dispuesto a la pelea sería remover por decreto al jefe transitorio de los fiscales nacionales, que ejerce sin  acuerdo del Senado y llegó al puesto de esa forma. Otra, que los principales líderes de la coalición oficialista se sumen a la convocatoria popular en reclamo de la renuncia de la Corte. Las multitudes movilizadas cambian la historia con su prepotencia plebeya. Así ocurrió el 19 y 20 de diciembre de 2001.

Con este escenario interno, el FMI se endurece y pretende que se postergue el crecimiento económico nacional para asegurar el cobro de las acreencias ilegítimas que generó el macrismo, con la complicidad de la derecha norteamericana. Menos crecimiento, más posibilidad de juntar dólares en las reservas y más dinero fresco disponible para pagar. A ellos la cuenta les sale redonda. A los millones sin trabajo, con empleos mal pagos, con necesidades básicas insatisfechas y sin destino en nuestra tierra, esa cuenta les hipoteca el futuro.

Cristina Fernández propuso un camino novedoso como alternativa. Qué el FMI colabore con Argentina en la identificación de los capitales que se fugaron del país. Todo un PBI que efectivamente se robaron los contrabandistas, los que negrean sus actividades económicas y los que se benefician del delito. Dinero de sobra para pagar muchas veces lo que prestó el Fondo al país y que sirvió para financiar esa misma fuga de capitales.

Es improbable que los piratas hagan de policías buenos. La fuga de capitales es necesaria para sostener el mecanismo de la deuda externa como instancia de control e injerencia de las grandes potencias sobre naciones como la nuestra. Como sucede ahora, que pretenden que nosotros escribamos el programa económico que a ellos les gustaría para nosotros. Claro, respetando nuestra autonomía, pero sólo acordando sobre la base de lo que ellos quieren.

Por ese camino, con una oposición que no se hace cargo de su responsabilidad en el endeudamiento inaudito que propició y que sabotea toda acción de gobierno y un FMI que quiere imponernos suavemente el mismo duro ajuste de siempre, es posible que el Gobierno no pueda cerrar un acuerdo. ¿Se cae el mundo? No. Pero todo se volvería más arduo.

Por si faltara algo, apareció el festival de videos que la espiadura macrista produjo para poner en acción su lawfare y, de paso, asegurarse con métodos mafiosos la lealtad de sus propios operadores y que se ha denominado “la gestapo macrista”. El odio cerril a las organizaciones sindicales no es novedad en una parte de la patronal que atrasa un siglo y medio. Tampoco que se operó para montar una persecución política, judicial y mediática de dirigentes sindicales, sociales y políticos. Todavía Milagro Sala espera el final de esa injusticia. Lo novedoso es que aunque sea una parte de esas operaciones sucias haya quedado registrada. Esa prueba habría que ponerla en manos de la justicia popular, no de los cortesanos del poder.

Por todo esto, nunca será suficiente señalar la fundamental importancia que tiene la participación popular movilizada para sostener al gobierno popular e impulsarlo a que profundice sus medidas en favor de los sectores mayoritarios, cuya convocatoria es responsabilidad del gobierno, pero mayor aun de las propias organizaciones del campo popular.

Entre tanto, el vecindario trajo buenas noticias. El triunfo de Boric nos aleja de la posibilidad de un nuevo conflicto fronterizo, que motorizaba la derecha chilena. Nuestros países tienen todo para ganar en una integración cada vez mayor. Las fronteras deberían tornarse invisibles entre hermanos y ser punto de encuentro en la búsqueda compartida de desarrollo y mayor felicidad para nuestros pueblos. Chile y Argentina tienen un destino antártico compartido y una ubicación geopolítica que se potenciaría con el accionar conjunto. Ojalá no desperdiciemos esta oportunidad que se abrió por la lucha popular contra el neoliberalismo en Chile.

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