La paz y la guerra.

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Gerardo Codina*

«El contraste entre un continente que sostenidamente reafirma el camino de la cooperación pacífica entre sus naciones y desarticula de a poco los conflictos internos que todavía padece, muchas veces con la cooperación activa de la misma región, como es el caso del proceso de paz en Colombia y la infinita sucesión de guerras que padecen los pueblos de otras zonas del mundo, muestra la excepcionalidad de nuestra América en este momento de la historia y explica por qué muchas miradas se vuelven ahora hacia nosotros.»

Una rápida sucesión de hechos ubicó a nuestra América como uno de los vértices significativos del mundo. Una mezcla de fútbol, diplomacia y negocios que contrastaron con fuerza con las imágenes de la destrucción que sufren día a día naciones enteras de África, Asia y ahora otra vez Europa.

El punto saliente de esos acontecimientos fue sin dudas el encuentro en Fortaleza de los BRICS y su posterior reunión con la UNASUR en Brasilia. El sostenimiento de los intereses nacionales propios de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica los conduce a reafirmar sus relaciones mutuas, como mejor forma de ampliar los espacios de autonomía con los que cuentan, en un mundo todavía hegemonizado por la lógica imperial del capital financiero internacional. Lógica de la que Argentina intenta volver a escapar en estos días.

El contraste entre un continente que sostenidamente reafirma el camino de la cooperación pacífica entre sus naciones y desarticula de a poco los conflictos internos que todavía padece, muchas veces con la cooperación activa de la misma región, como es el caso del proceso de paz en Colombia y la infinita sucesión de guerras que padecen los pueblos de otras zonas del mundo, muestra la excepcionalidad de nuestra América en este momento de la historia y explica por qué muchas miradas se vuelven ahora hacia nosotros.

No sólo se trata de recursos naturales, que aquí hay de sobra, sino de aprendizajes democráticos, de procesos inclusivos de desarrollo, de firmeza a la hora de elegir nuestro camino y de solidaridades regionales que nos fortalecen ante los poderes fácticos del mundo. Esas lecciones estamos aprendiendo y otros les prestan atención.

Por supuesto, mucho camino queda por andar. La justicia social no se compra en un viaje, sino que se edifica de a poco, sobre todo si se apuesta a procesos reformistas que encaucen los conflictos en el marco democrático y sean capaces de tramitarlos pacíficamente, como venimos haciendo en Argentina desde la gran crisis del 2001.

Pero estamos a las puertas de una oportunidad histórica, la de solventar al mismo tiempo sociedades democráticas y justas, con la posibilidad de superar la brecha de desarrollo que nos separa de las naciones más avanzadas. No al modo chino, por cierto, de largas marchas forzadas. Si no ampliando derechos y distribuyendo ingresos, para sostener un crecimiento que sea compatible con la vida democrática. ¿Una utopía? No.

Es lo que venimos haciendo en esta parte del planeta la última década. Es lo que sostuvimos en 2005 en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, cuando le dijimos no al ALCA. Vale la pena recordar el título de la Declaración propuesta por Argentina y adoptada por la conferencia: “Crear Trabajo para Enfrentar la Pobreza y Fortalecer la Gobernabilidad Democrática”. Todo un programa. Nuestro programa.

Crear trabajo vuelve a ser un desafío para nosotros, por el impacto de la crisis internacional, que esta vez no nos tocó de lleno. Necesitamos fortalecernos en nuestras capacidades para ampliar las posibilidades productivas argentinas. Pero no se puede esperar al futuro crecimiento para seguir resolviendo las injusticias del presente. Es posible distribuir mejor, porque la miseria no es un fenómeno natural, sino el resultado de un orden social injusto. Se trata de debatir cómo se distribuyen los recursos entre los sectores productivos y financieros, y de cómo se soporta la carga de un estado democrático que regula a favor de un mayor equilibrio.

Lamentablemente muchos opinan según la letra que bajan los medios hegemónicos, para nada inocentes, incluso dirigentes sindicales. El objetivo de los grupos concentrados es hacer retroceder y, en lo posible, anular lo recorrido por Argentina en la última década larga que llevamos desde el 2003. Por eso exacerban todas las demandas, aunque sean contradictorias y se alegran sin disimulos de cualquier obstáculo que aparezca en el horizonte, como ese juez Griesa, que parece salido de un armario del Tribunal de Indias, donde lo tuvieron guardado 500 años. 

Ponen patas arriba el debate que debe hacerse. El de mejorar la distribución de la riqueza. Discutir cómo los asalariados más beneficiados por este proceso dejan de pagar impuestos, sin discutir antes qué hacemos para sentar a la mesa a todos los argentinos, es puro menemismo. Preocuparse sólo por los niños ricos que tienen tristeza.

Eliminar la cuarta categoría del impuesto es posible, a condición de acordar de dónde salen los recursos que se generan ahora por ese camino y como se los incrementa, porque es necesario expandir el gasto público, al contrario de lo que pregonan los voceros del coloniaje criollo, para resolver las situaciones pendientes de injusticia social y motorizar el proceso de desarrollo nacional, creando más trabajo.

*Gerardo Codina, licenciado en psicología, escritor, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11.

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