Las condenas de Bussi y Menéndez

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HORACIO RAMOS Las condena a Bussi y Menéndez

El turno de la justicia ha llegado y ella sentenció a prisión perpetua a dos reconocidos genocidas. Al mismo
tiempo, las tormentas políticas que hoy azotan a nuestro continente, son «astillas del mismo palo» que atentan contra la vida democrática en América del Sur.

Luego de que el fiscal general federal, Alfredo Terraf, acusara a los represores Antonio Domingo Bussi y Luciano Benjamín Menéndez de ser los autores materiales y necesarios de la desaparición, tortura y secuestro del senador tucumano Guillermo Vargas Aignasse, hechos ocurridos entre la madrugada del 24
de marzo de 1976 y el 6 de abril de ese año, el funcionario judicial coronó su alegato solicitando la prisión
perpetua para ambos integrantes del Terrorismo de Estado. Dos días después, el Tribunal Oral, convalidó ese requerimiento sentenciando con la pena máxima a estos antiguos señores de la vida y de la muerte.

Por supuesto, en las calles, centenares de jóvenes luchadores celebraron este triunfo de la verdad y la justicia, así como también la derrota que sufría la impunidad; no obstante, ésta aún se obstina en sobrevivir con el aliento que le brindan algunos cómplices, quienes siguen deambulando por los caminos a veces jubilosos y otras angustiantes, de la compleja tierra de los argentinos.
Sin embargo, cuando en la fría tarde del 12 de septiembre este cronista reflexionaba satisfecho sobre este
acontecimiento histórico, lo abrumaban las noticias provenientes de nuestra hermana Bolivia, donde grupos
reaccionarios de la misma calaña de Bussi y Menéndez, salpicaron otra vez con la sangre de humildes
campesinos el suelo que honrara con su indómito coraje Antonio José de Sucre, en aquellos lejanos combates
por la Independencia de la América mestiza.

Asimismo, al igual que Evo Morales y en la misma jornada, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, denunció la existencia de un complot diseñado por un sector de militares retirados con la ayuda inapreciable de Washington, el que tendría como objetivo principal provocar el asesinato del mandatario bolivariano. Por último, en la Argentina, la insistencia mediática de poner en primer plano el manoseado cuento de «la valija», así como la manifiesta intención de ligarla con la presidenta de la Nación, es una muestra más, y simultánea con Bolivia y Venezuela, de la cínica actitud del Imperio de urdir una siniestra confabulación contra el gobierno democrático de nuestro país.

La respuesta de la cancillería expresa el firme rechazo a esta patraña, ya que trata de ocultar la negativa de extraditar a Guido Antonini Wilson como reiteradamente lo ha solicitado Jorge Taiana. Este gesto soberano del gobierno nacional, no ha impedido que una oposición política sin presente ni destino, compuesta por nostálgicos de la dictadura y el menemismo, así como por algunos «progres» y seudoizquierdistas que mostraron su rostro colonial al apoyar el conflicto gestado por la Sociedad Rural y sus cómplices sojeros, pretenda distorsionar la realidad, poniendo en duda lo actuado por nuestras autoridades y otorgue veracidad a las fantasías inventadas por el FBI, expresadas por las bocas de una banda de facinerosos.

Como se verá, los cipayos no sirvieron sólo en la India. También les gusta el aire de aquí. En consecuencia, nada es casual, porque los «gorilas» tienen todos el mismo pelaje, habiten donde habiten.
Al respecto, recorriendo su árbol genealógico, los vendavales de la memoria agitaron el espíritu del cronista,
trayéndole la imagen de su abuela gallega: mujer de rostro curtido, acerado, cuyos pómulos salientes
protegían una mirada de ojos hundidos, pero penetrante; ascética, siempre vestida de negro y con aquél cabello entrecano, tirante, que terminaba en un rodete que delataba su grave figura. Tenía el seco misterio
de las protagonistas de Lorca, agresiva, con una legendaria congoja ardiendo en sus ovarios.

Pero con un corazón que no ocultaba sus insondables rasgos de ternura para con los nietos, a quienes festejaba con su famosa «sopa de pan» o también untándoles ríos de dulce de leche en las «filloas» que, además, le traían el olor de su infancia en la pequeña aldea de Lugo. Y la recuerdo todavía en nuestra adolescencia, porque al «empilcharnos» con mi hermano para salir en busca del sortilegio de la noche del sábado, que Independiente o el desafío del billar en el boliche del barrio, solía decirnos cuando nos despedía con un beso: «¡Cuidarse, hijos, que la canalla anda suelta!» Y al contemplar el paisaje de violencia racista y criminal que tiñe hoy a Bolivia, no sé por qué, pero creo que aquel consejo de mi querida viejita republicana, está a la orden del día. Así que tiene usted razón, doña Eulalia, habrá que estar muy atentos porque, según puede observarse, «la canalla anda suelta».

* Periodista, escritor, director de «Nuevos Aires», miembro del Consejo Editorial de Tesis 11

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