Trump y su regreso al capitalismo “en serio”

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Revista Tesis 11 (nº 120)

Juan Chaneton*

“…la propuesta trumpeana de volver la mirada y la acción hacia la economía real para sanar todo lo que la globalización enfermó al interior de las clases medias y obreras del país, simplemente se trata de una fantasía irrealizable, no porque haya actores puntuales que vayan a oponer a este designio una voluntad de igual intesidad y sentido contrario, sino, en primer lugar,  porque la dinámica  de funcionamiento del sistema capitalista mundial   -en esta etapa histórica de su desarrollo-  lo impide.”

Restaurar el “Estado-Nación” como unidad política sustantiva consagrada por los tratados de Westfalia en 1648 pareciera ser la consecuencia implícita en el Programa que acaba de depositar a Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos.

Replegar al país sobre sí mismo, abandonando escenarios del tablero global que irrogan gastos perjudiciales al presupuesto estadounidense. Reformular la OTAN por la vía de obligar a sus miembros a financiar su pertenencia a ese club guerrerista. Rediseñar el vínculo con Arabia Saudita y Qatar como medio de combatir y, finalmente, destruir al Estado Islámico ya que aquellas dictaduras son las comanditarias del Pentágono que financian al terrorismo. Proteccionismo comercial de tal modo que nadie (Argentina por ejemplo), pueda introducir en el mercado local ni un limón. Consecuentemente con esto, suba de tasas por parte de la Reserva Federal de modo que a todo el capital mundial le resulte más ventajoso jugar en la plaza de Wall Street que enterrar un sólo dólar en emprendimientos productivos fronteras afuera de los Estados Unidos (otra vez Argentina golpeada: “lluvia de inversiones” obturada por el sol radiante del proteccionismo). Gravar con el 45 %  a los autos que, por caso, fabricados en México por la Ford, pretendan ser reintroducidos  a los Estados Unidos. Reponer a Detroit (hoy, ciudad fantasma) en su antiguo esplendor como centro fabril automotriz nacional. En suma, cancelar medidas económicas, comerciales y jurídicas (acuerdos transpacífico y transatlántico) que destruyeron y seguirán destruyendo el mercado interno estadounidense y sólo han tendido a favorecer al ya famoso “uno por ciento” de la sociedad, es decir, al capital financiero concentrado. Doblan, al parecer, las campanas, por el “libre comercio”.

Es muy evidente que un programa de esta naturaleza implica abandonar el mundo para dejarlo en manos de Rusia, de China y de la Organización para la Cooperación de Shangai en detrimento político de Occidente y con  daño económico sobre la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo). Se trata de una buena razón para tener la certeza de que nada de eso será realizado. Simplemente, Trump chocará, en el  improbable supuesto de que se obstine en realizar ese programa, con el poder real de los Estados Unidos: poder judicial, Congreso, Partidos Republicano (que no lo apoyó, salvo casos individuales) y Demócrata, Reserva Federal, Banco Mundial y FMI, comunidad de inteligencia (CIA, FBI, NSA), Ministerio de Defensa (Pentágono y fuerzas armadas), agencias pantallas  del espionaje como la USAID o la DEA y organizaciones de la sociedad civil del tipo Asociación Nacional del Rifle, aun cuando ésta aplauda, a estas horas, el resultado electoral del martes 8/11.

En cuanto a la propuesta trumpeana de volver la mirada y la acción hacia la economía real para sanar todo lo que la globalización enfermó al interior de las clases medias y obreras del país, simplemente se trata de una fantasía irrealizable, no porque haya actores puntuales que vayan a oponer a este designio una voluntad de igual intesidad y sentido contrario, sino, en primer lugar,  porque la dinámica  de funcionamiento del sistema capitalista mundial   -en esta etapa histórica de su desarrollo-  lo impide.

Nadie  -que sepamos-  ha reparado en la Argentina en que este regreso al “capitalismo en serio” que planteó Donald Trump en la campaña, es idéntico, en lo sustancial, a lo propuesto por la ex presidenta Cristina Kirchner  en la cumbre del G20 celebrada en Cannes en noviembre de 2011. Opuso allí, CFK, aquel capitalismo serio y responsable a lo que ella llamó “anarco-capitalismo financiero”. Sin mengua alguna del valor político y social del período 2003-2015 en la Argentina, criticamos, oportunamente, aquella visión de las cosas de la historia, pues de eso se trata, de la historia o, más precisamente, de saber si podemos retroceder para recobrar una forma de capitalismo (sin monopolios, con libre competencia y anclado en la producción y no en la especulación) que ya existió y que se ha ido para no volver (v., de mi autoría, “Adagio para cuerdas”; subtitulado Barbarismos y arcaísmos sobre política, literatura y sociedad; Nueva Librería, Bs. As., 1º. ed., 2015, p. 123).

Si se pudiera retornar a un capitalismo sano, productivo y generoso en el disfrute para todos de la cornucopia de la abundancia, desde la actual la dictadura de las finanzas apoyada en la metodología de la guerra y en el fomento del terrorismo como excusa para rediseñar la cartografía mundial, ello sería una especie de retorsión ucrónica semejante, como si dijéramos, a pasar del mercantilismo colonial de los siglos XVIII y XIX a la globalización financiera de nuestros días salteando la etapa de la revolución industrial. No se puede. La historia y las leyes de la historia (que existen, mal que algunos no puedan comprender este fenómeno asaz complejo) no lo permiten.

Y el concreto aspecto de estas leyes de la historia que torna imposible el designio de Trump de “hacer grande a Estados Unidos otra vez” es la tendencia descendente de la tasa de ganancia. Para contrarrestarla hay que someter a la lógica de la globalización al mundo entero. Cuando se incorpora tecnología al proceso productivo, estamos frente a un costo que no puede ser compensado en medida suficiente por la explotación del trabajo. Hoy, la tecnología que se incorpora no es la grúa o la motosierra, sino la robótica basada en la informática. Y esto es caro. Se puede contrarrestar esta erogación gastando menos en capital variable (salarios). Por eso Ford se va a México. Si se queda en EE.UU. daría trabajo a cien mil obreros… por un año. Luego quebraría en beneficio de Mercedes Benz, Ferrari, Rolls Royce, Volvo o SaabScania, que no tienen un Trump que los obligue a producir a costos insustentables.

Ni en lo político-militar ni en lo económico, entonces, el nuevo presidente estadounidense podrá garantizar demasiadas novedades. Si se obstina en nadar contra la corriente, tempestades le aguardan. Allí estarán, ansiosos, los nietos de Carl Bernstein y Bob Woodward esperando que su hora les llegue para protagonizar, al servicio del establishment, su propio “Watergate”, esta vez contra un Donal Trump que habrá cometido el inexpiable pecado de desafiar el sentido común de una clase capitalista que, aun cuando intuya su declive, tratará siempre de evitarlo o, cuanto menos, aspirará a que éste se manifieste como aterrizaje suave y no como el abrupto seísmo provocado por la infatuada egolatría de un outsider sin más atributos que su dinero  y sin otra virtud que su afán de hacer carrera política para huir del tedio cotidiano, que suele ser el fantasma que acosa a personajes de esta ralea, lo mismo nos pasa a los argentinos.

Con las fuerzas productivas de capitalismo global estancadas, la financiarización de la economía barre con todo lo que no es su realidad o su verdad. El clímax de esta carrera desenfrenada hacia la especulación y los derivados fue la derogación, en 1999,  de un instrumento inventado por los asesores de Franklin Roosevelt en 1933: la ley Glass Steagall. Ésta fue un instrumento anticrisis y separaba la banca de fomento tradicional (la que le sirve al ciudadano de a pie) de la banca de inversión, ya que esta última es la que permite las grandes transacciones financieras, de modo que si quebraba un banco de inversión el resto del sistema financiero (pymes y trabajadores) no sufría las consecuencias. Esta división era intolerable desde el punto de vista del funcionamiento de la economía. Unificar todo el circulante mundial en una sola cabeza era un imperativo si lo que se quería era dar un nuevo curso de salida a la crisis. Fue lo que se hizo en 1999: se derogó la ley Glass Steagall y florecieron los monopolios financieros (como el Citigroup, por ejemplo); y ahora Trump ha dicho que la va a reponer, pero reponerla significaría imponer al capital financiero una exacción que éste no permitió ni siquiera bajo la forma de la tasa Tobin, un verdadero “impuestito” de beneficencia comparado con la mentada norma de 1933. Hemos aludido antes a los efectos de la ley derogada por el presidente Clinton en 1999 (v. “Movimientos sociales y «sujeto histórico»”; 4/4/2015; en www.tesis11.org.ar).

Restaurar esa norma sería  ir contra la lógica y la dinámica del capital financiero y, por ello, o constituye un eslogan de campaña que pronto será olvidado o resultará en una anacrónica ofuscación de un presidente que no ha calibrado bien todo el potencial de las fuerzas que mueven al mundo capitalista en esta etapa de su desarrollo, signada por las crisis recurrentes, al modo como, en su circunstancia, se equivocó John Kennedy cuando optó por alguna forma de pacifismo y por la negociación y el consenso como herramientas para lidiar en los asuntos de política internacional.

Siendo del todo imposible agotar un tema largo y multidimensional como el que nos ocupa en esta nota, nos parece un dato muy elocuente que haya tenido que venir un Donald Trump para que Europa empezara a percibir toda la profundidad estratégica del pensamiento militar de De Gaulle. De golpe, han comprendido (¿han comprendido?) cuán equivocado ha sido renunciar a un ejército europeo con mando militar propio. Enanos intelectuales  -no importa si de la derecha o de la “izquierda”-  como Sarkozy u Hollande han de estar, a estas horas, cavilando acerca de los costos que irroga el servilismo. Y sólo el “poder real” de los EE.UU. podrá garantizar que la OTAN siga siendo lo que es, ya que no esa Europa patéticamente funcional a los designios geoestratégicos de Washington.

Y si las relaciones entre Rusia y EE.UU. mejoraran ahora  debido a la común voluntad de combatir al terrorismo del Daesh (Estado Islámico), ello tendría una consecuencia epifenoménica: complicaría a Merkel -que ya viene en declive electoral- y dinamizaría, al interior de Alemania, a las fuerzas que buscan dar vuelta la hoja de su propia historia para volver a lo que siempre fue la inercia de los hechos y el sentido común de su política exterior, esto es, el estrechamiento de los vínculos con Rusia, unidos, ambos países, por la complementariedad de sus economías y por una tradición común que viene desde  los tiempos de Bismarck y de los Romanov.

Nos parece que en estas consideraciones se halla lo esencial del fenómeno. Lo otro existe, pero es “lo otro”. Por caso, ¿se  quedará tranquilo el legendario “lobby judío” contemplando cómo ingresa a la Casa Blanca en calidad de asesor top de Trump un racista y antisemita convicto y confeso como Steve Bannon?

Se corre el riesgo de que el cotillón y los destellos multicolores de lentejuelas de utilería impidan ver el fondo del escenario contra el cual se recortan los asuntos que importan a largo plazo. El alfiler de gancho como amuleto para conjurar la siniestra epifanía del supremacismo blanco está muy bien y  la locución say it loud, say it clear, refugees are welcome here (dilo fuerte, dilo claro, los refugiados son aquí bienvenidos), como reza, a estas horas, el folclore popular de coyuntura en los Estados Unidos, constituye una bella reacción solidaria contra abominables antivalores como el racismo y la xenofobia.

Peros esas no son, hasta hoy, políticas de Trump; son eslóganes de campaña de Trump. Claro que su triunfo electoral ha disparado una violencia adicional sobre las minorías raciales y nacionales que permanecía soterrada o con erupciones más o menos periódicas. Pero cuando a lo emocional racista se opone lo emocional fraterno estamos en un problema. Y el problema  -el que hace al fondo del asunto- es: ¿enfrentará Trump al capital financiero y al lobby judío para desactivarlos como factores de poder y, con ello, echar las bases de unas relaciones internacionales basadas en la multipolaridad?

La pregunta es retórica. O no tanto. Otro “issue” de campaña del señor Trump fue la promesa de duplicar el presupuesto de defensa de los EE.UU., que ya es medible sólo como se miden las distancias en la teórica física del Universo: en años luz. ¿Para qué quiere más gasto militar quien se propone renunciar a la hegemonía unipolar? ¿Fue un guiño al Pentágono que, en realidad, no piensa cumplir? ¿Fue un guiño al Pentágono que cumplirá puntualmente? It’s too much soon to know it. Es demasiado pronto para saberlo.

En su circunstancia, Ribbentrop y Molotov actuaron a nombre de sus respectivos jefes políticos: Hitler y Stalin. Sellaron el pacto de no agresión mutua que le era necesario a Stalin  para ganar tiempo. Ahora el que quiere ganar tiempo es Trump. Una mejor relación con Rusia -incluso acuerdos- puede alumbrar, por cierto. Pero ello no será por amor sino por necesidad: ganar tiempo para estar en condiciones de aislar y luego derrotar a China, el verdadero enemigo de EE.UU. en la percepción de Trump.

Pero, para ello, para proponerse seriamente derrotar a China, necesita de las fuerzas armadas y del dinero que provee el establishment financiero. Y todo esto es inseparable de la alianza con Israel. Israel es el fuego fatuo que arde en Medio Oriente desde el fondo de los tiempos para impedir que el Medio Oriente quede en  manos de Rusia y China por la vía de sus aliados árabes laicos. Es éste el contexto que oficiará de corset dentro del cual, fatalmente, deberá moverse Donald Trump. Y se trata, como se ve, de un contexto que no ha de permitirle demasiadas innovaciones.

Los otros asuntos deleznables, no por deleznables, dejan de ser fuegos artificiales. Esos asuntos son el racismo, el antisemitismo, la xenofobia, la homofobia y el supremacismo blanco. El objetivo de fondo de Hitler no fue destruir a los judíos; fue destruir a la URSS. Y éste ni siquiera fue un objetivo de Hitler sino de sus financistas Henry Ford y la muy judía Casa Rothschild. Los intereses del eje Moscú-Pekín son, a largo plazo, incompatibles con los de Washington-Londres-Tel Aviv. Con el triunfo de Trump, se ha incrustado una contradicción seria en este campo. Pero se trata de una contradicción de las llamadas no antagónicas. Habrá que trabajar, en cada uno de nuestros países, para ahondarla. Y esto se logra si  los trabajadores y el pueblo todo construyen, paulatinamente, una alianza básica de poder propio.

Pero sepamos que Trump será, en última instancia, funcional al designio de prolongar históricamente un sistema capitalista en declive lento  aunque constante. Y que Trump es, asimismo, a un tiempo, tanto el síntoma de una decadencia como el enemigo de los trabajadores y de los pueblos que, en todo el mundo, quiebran y quebrarán lanzas en pos de superar, de una vez y para siempre, un modo de organización de los asuntos que conciernen a la humanidad unipolar, hegemónico y pensado para la esclavitud, no para la libertad.

En cuanto a nosotros, latinoamericanos, el dato es concluyente: el primer diálogo telefónico que tuvo con la región fue con el presidente Santos, de Colombia. Los voceros informaron que ambos jefes de  Estado ratificaron todos los “acuerdos estratégicos” vigentes entre ambos países. Estados Unidos tiene en Colombia, que se sepa, 7 (siete) bases militares.

*Juan Chaneton, periodista, escritor y abogado.

Publicado en Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires

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