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Revista Tesis 11 (nº 115)

(Política Nacional)

Gerardo Codina*

El proceso electoral llega a su conclusión en un clima que refleja la densidad de las posiciones en disputa. Sin embargo, hay una presencia débil de la movilización popular que siempre fue el condimento democratizador por excelencia. A setenta años del hecho inaugural del peronismo, Argentina afronta nuevamente los desafíos de pensar los caminos de su desarrollo.

En los tramos finales de una extendida campaña por la futura presidencia, el clima político se ha vuelto tenso, surcado por las operaciones mediáticas. Con la elección del Chaco, cerró un prolongado calendario de comicios nacionales, municipales y provinciales, que refleja el carácter acendradamente federal de la república y el deseo de muchos caudillos regionales de guarecerse de los avatares de la política nacional.

El esperado triunfo del Frente para la Victoria, tanto a nivel provincial como en la capital Resistencia, reforzó el optimismo de sus militantes de cara a la primera vuelta presidencial. Colaboró también que esta vez, la gran alianza opositora que compitió en Chaco convalidara los resultados de los comicios, con una hidalguía democrática que faltó en extremo en Tucumán.

No hay que olvidar que la pionera de la descalificación de los resultados es la inefable chaqueña devenida en referente política porteña. Lilita Carrió explicó la mitad de sus fracasos electorales acusando de haber sido escamoteada en los cuartos oscuros, quizás por carecer de una organización política que la respalde y fiscalice los resultados. Aída Ayala no copió el gesto.

De haberse repetido el mecanismo antipopular de denunciar fraude cuando no alcanzan sus objetivos, el país estaba amenazado de una peligrosa escalada de violencia, que podía sumirnos en una crisis política. Están nerviosos, como dijo Néstor Kirchner, porque se les escapa el objetivo de doblegar en las urnas al proyecto nacional.

Ese riesgo por ahora parece haber quedado atrás. Aunque siempre hay quienes apuestan a jugar con nafta, entre otras cosas, porque tienen bien asegurado su futuro. En todo caso, el estado de alerta que recorrió las organizaciones del campo nacional ha sido un buen antídoto para eventuales golpes de mano, blandos o duros.

La intentona puede reiterarse.  Más cuando se sabe que acostumbran a jugar sucio. Algo de lo que empieza a quedar a la vista a medida que se conocen más detalles de los manejos espurios de los recursos públicos porteños, realizados por la administración macrista. Dicen ser el cambio y no dejan una moneda sin meterse en el bolsillo.

El caso Niembro terminó saliendo caro para las aspiraciones políticas de Mauricio Macri. Le ha costado perder una de sus figuras más notorias en el decisivo distrito bonaerense y que migren muchos de sus potenciales electores. El efecto es que alargaron la diferencia los candidatos del Frente para la Victoria, tanto a nivel provincial, como nacional. De conservarse esa tendencia, Scioli se impondrá en primera vuelta con una diferencia clara.

Una parte sustantiva de los votantes no tiene firme aún su decisión electoral. Esto ocurre en especial entre los eventuales electores de Macri y de Massa. Eso refuerza la exigencia de los últimos días, en los que deben multiplicarse los contactos con los ciudadanos que pueden inclinar el resultado y los candidatos temen cometer errores, cuando se agotan los tiempos para recuperarse de eventuales caídas.

Sin embargo, y  con todo su dramatismo implícito, la campaña está fría. Ocurre que, por ahora, lo ausente es la movilización ciudadana, limitada al activismo político o la militancia virtual en las redes sociales. Esa ausencia se refleja en actos de lanzamiento reducidos a salas teatrales o estudios de televisión.

Evitar la colonización de la política por los medios de difusión masiva, también demanda no dejarse seducir por las audiencias virtuales y hacer el esfuerzo de poner el cuerpo. Esa también es una batalla por hacer valer la esencia multitudinaria de la vida democrática. Recuperar la movilización, como energía transformadora del escenario político, que refuerza el carácter popular de una propuesta política.

Ellos van con otro libreto. Bajo el cuento de la modernidad quieren escamotear la presencia ciudadana en el contralor democrático, por eso promueven boletas únicas, que reducen la necesidad de fiscales partidarios. También el supuesto voto electrónico, para que la vigilancia de la voluntad popular quede confiada en un dispositivo aparentemente neutral, que se puede alterar con picardía y saberes tecnológicos adecuados. Vaciar de gente la democracia es sacarle su esencia de compromiso colectivo con el destino común. A eso apuestan.

La irrupción popular

Se cumplen 70 años del hecho inaugural del peronismo. Si hasta entonces la historia argentina estuvo plagada de movilizaciones y luchas obreras y populares, como las de la Semana Trágica, el Grito de Alcorta, el movimiento de la Reforma universitaria o la conformación de la CGT, lo cierto es que a partir del 17 de octubre se institucionalizó en la estructura del poder político argentino la presencia organizada de los trabajadores.

El reconocimiento amplio de derechos promovidos desde el mismo Estado, configuró una sociedad de bienestar semejante a la que se conformaría simultáneamente en varios países avanzados del mundo al término de la Segunda Guerra Mundial, afianzada en la consolidación de un mercado interno para la incipiente industria nacional.

Esa lógica productivista organizada desde el mismo poder político, configuró un sistema de alianzas sociales que persistió en el tiempo, más allá del derrocamiento sangriento del gobierno democrático en 1955 y perfiló una Argentina de extendidos sectores de ingresos medios, que accedían al consumo de bienes durables, la propiedad de su vivienda y la educación superior, gratuita desde 1947 por decisión del peronismo.

La persistencia de ese modelo de sociedad debió mucho a la resistencia organizada de los trabajadores sindicalizados y a la influencia de sectores de la burguesía local que requerían de esa demanda agregada para poder reproducirse. El modelo de industrialización sustitutiva de importaciones que se empezó a recorrer después de la crisis del 30 por imperio de la necesidad, ante un mundo que no compraba nada de la producción primaria argentina, después se profundizó por la voluntad nacionalista de alcanzar autonomía respecto de los centros de poder mundial.

Esa autonomía ejercida, junto a la distribución de la renta nacional requerida para sostener el esfuerzo industrialista y a la apropiación por parte del Estado de lo generado por el intercambio comercial, por un lado produjo un bloque social objetivamente interesado en sostener el modelo, y por el otro alineó al bloque de quienes pretendieron destruirlo, algo que sólo pudieron alcanzar veintiún años más tarde, con la dictadura genocida de Martínez de Hoz y Videla.

Los desafíos del futuro

Recordar brevemente la historia viene a cuento en este tiempo en el que, gracias a Néstor Kirchner y Cristina Fernández, se recuperó el peronismo de sus desvíos cipayos. El próximo gobierno saldrá del seno del movimiento nacional y aunque no esté Cristina al frente, estará presente en el debate interno de una fuerza que afronta desafíos semejantes y a la vez diferentes, de los que enfrentó en su momento fundacional.

La situación no tiene parangón, pues se culmina el ciclo político más extenso de la democracia argentina y a la vez todo indica que lo seguirá una cuarta etapa que, con sus diferencias, sólo es posible de proyectar como clara continuidad de lo recorrido desde 2003 a la fecha.

Además, como dato de enorme valor, el intenso proceso de reformas estructurales y políticas que hemos recorrido en estos doce años y medio, se ha desarrollado con vigencia plena de las instituciones democráticas, incluida la libertad de expresión y organización de todos los actores sociales y, como rasgo inédito en nuestra propia historia, esencialmente en paz. No nos ha costado vidas y podemos ser parte plena de una región que se consolida tramitando sus conflictos de manera pacífica.

En principio es claro que debe afrontarse la restricción externa como problema que siempre trabó nuestro desarrollo, aunque en conjunto el periodo de la industrialización sustitutiva de importaciones fue de un importante crecimiento. El desendeudamiento realizado en estos años habilita pensar en el recurso del crédito destinado a inversiones productivas, que habiliten la formación de una plataforma productiva capaz de ganar porciones del mercado regional e internacional, sobre la base de desarrollo de innovaciones locales.

Aunque seguramente tiene una enorme trascendencia la capacidad reconocida de nuestro país de producir alimentos, apostar sólo a ese motor la suerte futura de nuestro desarrollo es altamente riesgoso, como ya lo certificó la crisis del 30. En ese sentido, los estímulos al consumo interno muestran su importancia como por caso, ahora, que en tres años cayó a la mitad el precio internacional de la soja y eso no impactó brutalmente en el nivel de actividad económica, ni en el salario o el empleo.

Al contrario, seguimos adelante con las paritarias anuales, ganando derechos y mejorando salarios. Y podemos exhibir con orgullo que no sólo seguimos sosteniendo la gratuidad del sistema educativo en todos sus niveles, sino que hemos logrado becar a 900 mil jóvenes para que culminen y prosigan su formación.

Pero a esas patas fundamentales para sostener una sociedad democrática, crecientemente integrada y capaz de afrontar las exigencias del continuo proceso de desarrollo, debemos sumarle un sector industrial que no sea el hijo bobo de la familia, sino que se gane su sustento exportando trabajo y conocimiento argentino.

Sólo así, destrabando la posibilidad de una industria que piense en la exportación y gane mercados en base a su diferenciación cualitativa, habremos de consolidar una Argentina grande y justa. Todo lo contrario de lo que nos proponen hoy mismo los dos grupos internacionalizados de nuestro país, Arcor y Techint, que sueñan con violentas devaluaciones para diluir sus costos salariales y acrecentar sus ganancias a costa de la pobreza de muchos.

Que se apropien de la conducción de la Unión Industrial Argentina ahora no es una buena señal para el futuro próximo y reclama de los trabajadores organizados respuestas políticas serias, para sustentar la posibilidad abierta de un verdadero desarrollo nacional.

*Gerardo Codina, licenciado en psicología, escritor, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11.

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