¿Subsistirá la Unión Europea el final de esta década?

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Revista Tesis 11 (nº 121)

(internacional/Europa)

Hédi Sraieb*

Traducción del francés: Carlos Mendoza**

Lúcido y profundo análisis de la actual crisis en la Unión Europea, sus causas históricas, económicas, sociales, políticas, culturales y geopolíticas y sus consecuencias actuales.

Desde el principio de la integración europea, en los años 50, nunca Europa había sufrido tal sucesión de golpes. Por primera vez, dicen muchos líderes y comentaristas advertidos, existe un grave riesgo de desintegración de la UE. Numerosas personas políticas establecidas tanto en Bruselas (la Comisión Europea) como en Estrasburgo (Parlamento Europeo) no se hacen ilusiones sobre el regreso a «una marcha hacia adelante» armónica y consensuada.

Desde el año 2005 con el rechazo de ratificación del tratado de Lisboa en algunos países, pero especialmente desde el año 2008, Europa cae de Charybde a Scylla (NT: ir de mal en peor). Todo comenzó con la crisis financiera de los Estados Unidos de 2007, que dio a luz, en 2008, una crisis económica sin precedentes en Europa, la peor desde 1929, y que aun no finaliza. Una crisis que casi termina con la zona del euro y de la que Grecia aún no ha salido. Las aventuras de la política exterior norteamericana, pero también británica y francesa, han desestabilizado el Maschreq (Oriente Medio) y el Magreb (norte de África). Esto dio lugar a una gran crisis humanitaria y a una acrecentada violencia terrorista. Un millón de personas se vieron impulsadas a buscar refugio en la Unión Europea y hubo, además, un nuevo brote de terrorismo islámico en suelo europeo. Los errores arrogantes de la diplomacia comunitaria también despertaron al oso ruso y dieron lugar a un desmantelamiento parcial de Ucrania, así como a una tensión sin precedentes entre el Este y el Oeste de Europa desde la caída del comunismo en 1990. Las élites gobernantes de los estados europeos no vieron venir esas tensiones crecientes, pero sobre todo no quisieron anticipar las múltiples crisis que se avecinaban (colapso financiero de los países del sur de Europa, crisis migratoria en las puertas sur y este de Europa) ya que les habría obligado a adoptar medidas de «soberanía de precaución», que ninguno de los países quería… todo lo cual lleva a los callejones sin salida que observamos hoy!

Pero lo que había sido aun posible a diecinueve países (NT: los que utilizan el euro como moneda oficial), aunque de manera anacrónica y hierática debido a la negativa de varios países (Francia, Holanda, Irlanda, Italia) de ratificar algunos tratados europeos, no lo ha sido a veinte y ocho miembros: la crisis de los refugiados, que está lejos de terminar, reveló la enorme fractura entre Oriente y Occidente, mostrando hasta qué punto la ampliación de la UE fue fallida. Surgieron obstáculos rápidamente en el Oriente y las propuestas de que la Unión actuara de manera concertada se encontraron con la hostilidad del Este reforzada por el inmovilismo de los países occidentales. Lo que resulta en un repliegue hacia el “pré carré” nacional » (NT: la expresión “pré carré” significa una exclusiva zona de influencia) que está en curso un poco en todos lados. Una crisis multifacética que precedida y de algún modo preparada por la crisis económica ha constituido el lecho del populismo euro-fóbico. Después de 1929, varios países pensaron que el fascismo era la mejor respuesta a los desafíos de la época. Ochenta años más tarde la gente está tentada, por así decirlo, por las soluciones extremas. La derecha autoritaria está al mando en Polonia y Hungría, participa en el gobierno en Bélgica, Dinamarca y Finlandia y está creciendo en Suecia, Francia, Holanda e Italia. El terrorismo islamista no hace más que reforzar esas derivas que hacen del rechazo de los otros su fundamento. Baste decir que el proyecto europeo basado en la paz, la tolerancia, la libertad, el estado de derecho y la apertura al mundo ya no tiene viento en popa: es el momento de la defensa de los intereses nacionales más estrechos, más inmediatos, más ilusorios. Hoy en día es la cultura lepenista (extrema derecha francesa) la que triunfa: «Yo prefiero mi familia a mis amigos, mis amigos a mis vecinos, mis vecinos a mis compatriotas, mis compatriotas a los europeos»

1- Algunos recordatorios históricos

El Tratado de Roma ha celebrado sus sesenta años el 25 de marzo de 2017. Un tratado que instauró la Comunidad Económica Europea. En ese momento, los seis miembros fundadores – Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, Países Bajos – crearon una unión tanto más extraordinaria cuanto que fue solo doce años después del final de la guerra. De hecho, el club se ha expandido, con siete olas de adhesiones, 1973-2013, hasta 28 Estados miembros. Cada nueva entrada fue celebrada como una victoria, sobre todo cuando se unieron ex países comunistas en 2004 y 2007. Sin embargo, como ya hemos indicado en la introducción, se le dio un brutal golpe de freno a ese impulso. De hecho, y vamos a volver sobre esto un poco más adelante, el carácter brutal es sólo aparente, porque desde el principio el proceso de ninguna manera se corresponde con las expectativas de los pueblos respectivos. Es simplemente brutal en el sentido de que los británicos (tal vez sería mejor decir los ingleses) decidieron por referéndum que se querían salir: la famosa Brexit (British exit). «Por primera vez, la Unión se construye por sustracción y no por adición» dijo Pierre Moscovici, el comisario europeo de Economía. Por primera vez un país se va. Y no cualquiera: es la segunda economía del continente con Francia, es potencia nuclear y es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU! El Brexit en realidad aparece como la última manifestación de una serie de decisiones políticas que se remontan a la década de 1970.

Sin realmente hacer el trabajo de historiador aquí, quisiera recordar los pasos principales de esta construcción europea que algunos llaman integración. Tres momentos destacados: La Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) en 1951, la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1957, y la actual Unión Europea (UE) nacida en 1992.

Si los dos primeros momentos podrían ser considerados como de crisis coyunturales, otra cosa es el período a partir de 1992 que desemboca al final en una crisis orgánica de legitimidad.
Una experiencia europea que no se puede separar ni abstraer de la evolución del resto del mundo. Singularmente en el plano económico, por el redespliegue del capitalismo a escala global (auge de la globalización), concomitantemente en el plano político e ideológico con la conquista victoriosa del ultraliberalismo sobre las heterodoxias socializantes y keynesianas.
Una construcción europea que, sin embargo, llama a reflexionar, porque es algo así como un fenómeno nuevo en la historia del capitalismo, ya que es de hecho un proceso de creación de nuevas estructuras del Estado a un nivel más alto que los Estados-Nación existentes, es decir, el establecimiento de una zona económica y monetaria en torno a una nueva entidad política regional.

La crisis actual pone de relieve las contradicciones internas del proceso, tales como los desacuerdos entre los «socios» europeos, o los efectos perniciosos e incomprensibles de la legislación de la UE producida por su tecnoestructura. Pero todo esto no es más que superficie y apariencia.

2- Esquema de explicación de la crisis orgánica de la integración europea

Solo un esquema considerando el espacio asignado a este artículo. Porque este tema de la crisis de la integración europea es de particular interés para el marxismo en varios aspectos. Plantea, en primer lugar, el problema de la periodización del desarrollo histórico del capitalismo: La integración europea ¿es un fenómeno aleatorio y aventurado? (en el sentido del pensamiento) ¿o es el resultado de las tendencias fundamentales de la evolución del capitalismo? De hecho, el proceso de construcción europea corresponde, a su modo y de manera original en su desarrollo, a una forma específica adoptada por las tendencias irresistibles de centralización y concentración del capital en esta etapa histórica avanzada del desarrollo capitalista.

De hecho, las rivalidades inter-imperialistas europeas de la primera mitad del siglo 20 llevaron al desastre y a la ruina. A su vez, después del movimiento masivo de la descolonización, la fragmentación en zonas nacionales del proceso de valoración-acumulación del capital apareció como una desventaja importante. Por lo tanto, en Europa se impuso imperiosamente la unificación progresiva, más aun ante el poder creciente del imperialismo estadounidense y las diversas amenazas de Oriente y Lejano Oriente (sobre todo la vitalidad de Japón).

Los tres momentos (o conceptos) del análisis marxista clásico del capital y su movimiento (Lenin, Bujarin) -centralización-concentración-internacionalización-; se articulan de manera diferenciada en extensión e intensidad según los períodos y los Estados, y dan cuenta de manera concreta, aunque por supuesto no en los detalles, de las principales etapas de este intento de integración europea: Inicialmente una unión aduanera (Tratado de Roma de 1957), seguida por la unión económica e institucional (Tratado de Maastricht de 1986) completada tras la creación de la moneda única (en 2002) y la consolidación de los mecanismos de funcionamiento (Tratado Lisboa del 2007). Tres etapas que corresponden a la reconstitución de los grandes grupos industriales y exportadores nacionales, luego a su despliegue en el nivel del mercado único ampliado, y finalmente a la financiarización y globalización de las empresas multinacionales de origen europeo (industrial y bancaria). Un proceso que, obviamente, no es lineal ni mecánico, sino circunvolutivo y contradictorio.

Las rivalidades interestatales, un tanto diluidas durante un tiempo, se mantienen vivas y se reactivan poderosamente bajo el efecto silencioso, y poco perceptible al comienzo, del proceso de desarrollo desigual (otro concepto central). Con el estallido de la crisis financiera internacional y su propagación (2007-2010), las contradicciones del desarrollo desigual salen a la intemperie. La crisis de las deudas públicas y de las balanzas de pago refleja la doble fractura de territorios supuestamente unificados: Este-Oeste y Norte-Sur. Por un lado, los PECO (países de Europa central y oriental) son los más afectados y sufren más fuertemente la desaceleración económica general, debido a su posicionamiento como zona de subcontratación en la UE. Y por el otro, los países de la costa mediterránea (Grecia, Portugal, Italia, España) que ven explotar sus déficits gemelos (público y externo). Sólo tres países del Norte consiguen sacar partido: Suecia, Países Bajos y Alemania.

Ante la situación, las instituciones europeas (Comisión Europea y legislación de la UE) restringen y confinan toda solución en un nuevo dispositivo (Tratado de Bruselas de 2012): El Pacto de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (es decir, el pacto presupuestario y sus dos reglas de oro: el déficit público no debe superar el 3% del PBI y la deuda pública no debe superar el 60% del PBI). Con esto se abrió un nuevo período: el de la austeridad y la desintegración de los presuntos vínculos de solidaridad. Lo que siguió es conocido: el proceso de desintegración está en marcha, ya que la solución adoptada no hizo más que profundizar las dificultades!!!

Esta dimensión económica y social, «decisiva en el análisis final», nos debe cuestionar también sobre las dimensiones ideológicas y políticas. La construcción europea ha estado acompañada por un cambio profundo en las relaciones de fuerza, en particular se ve el declive del movimiento obrero y socialista, y una amplia reorganización de las fuerzas políticas, en términos de los Estados-Nación, como en términos de alianzas. La profunda crisis que conoce Europa sería también, de acuerdo con la corriente marxista neogramsciana, una «crisis de legitimidad». Crisis política y cultural que tiene sus raíces en las contradicciones inherentes a las clases dominantes continentales. Crisis que se ve en el aumento del euroescepticismo (en todo tipo de movimientos de derecha e izquierda). En otras palabras, una «crisis de hegemonía», para usar otro concepto gramsciano (dominación + consentimiento), como lo demuestra la decadencia de las élites gobernantes europeístas en favor de las soberanistas. El nacionalismo exacerbado resurgió, con un fondo de racismo y xenofobia, y bajo los efectos incontrolables de aventuras militares que salpican esta construcción europea: consecuencias retrasadas pero duraderas de la explosión de los Balcanes y, más cerca de nosotros, las temibles repercusiones de las intervenciones armadas en el Oriente Medio (Irak, Siria) y el Norte de África (Libia).

3- Conclusión provisoria.

Todo lo que se puede decir, y por ahora, es que las fuerzas centrífugas han superado a las fuerzas centrípetas y de unión. Los bloques históricos dominantes (para retomar nuevamente un término gramsciano) ya sea nacionales o de alianzas objetivas (acercamiento entre liberales y socialdemócratas) ya no son válidos y se licúan (colapso de la socialdemocracia en todas partes en favor tanto de las formaciones ultranacionalistas, como de nuevas corrientes de izquierda más radicales -Syriza, Podemos, Die Linke, France Insoumise-) … Las recomposiciones están en curso, tanto más cuanto que el ciclo repetitivo y eficaz hasta el momento de «crisis – recuperación»- en una lógica de fuga hacia adelante-, está ahora fuertemente comprometido. Por lo tanto, el retorno a una Europa solamente de 19, con un parlamento restringido, o incluso reducida aún más a siete (4 del Norte y 3 del Sur) … son tentativas ridículas y condenadas al fracaso. Lo cual debería contrariar, pero sin detener, el movimiento de internacionalización del capital, que hace tiempo que ha reducido a casi nada las barreras de los Estados-Nación… muy a pesar de los pueblos que, a pesar de todo, buscan un nuevo horizonte.

*Hédi Sraieb, tunecino, residente en Francia, doctor en economía.

**Carlos Mendoza, ingeniero, especializado en temas políticos y económicos, escritor, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11

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