Reforma política para esta República

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Juan Enrique Azcoaga*

Sería de gran ayuda que los grandes movimientos gestados en 2004 y 2005 que, además del reclamo a favor de una poderosa corriente convergente de las numerosas fuerzas patrióticas que los integran,  volcaran sus esfuerzos para lograr que la reforma política sea una gran empresa nacional convocada por el Gobierno.

En los primeros tiempos de este gobierno se oyó en declaraciones de altos funcionarios que una reforma política era una demanda que habría que atender. El marco eran las recientes movilizaciones populares generadas por la crisis del 19 y 20 de diciembre de 2001. La consigna espontánea “¡que se vayan todos!”, coreada por enardecidos ciudadanos y que, seguramente, (se discutió mucho el tema) incluía a unos cuantos inocentes entre los reos, constituía el escenario en el que se iban a instalar muchas y muy variadas asambleas populares.

Entusiastas argentinos sobrepasaban posibles fronteras de los partidos políticos y además, miraban con desconfianza a los que  reconocían alguna pertenencia. Parecían manifestaciones de la democracia en estado puro, sin contaminaciones con posibles tipos de compromiso ideológico. Los que se habían quemado con leche hirviendo desconfiaban de las vacas.

Pero el país comenzó a marchar….Se debatía la cuestión de si se les paga o no se les paga. Estaban actualizándose los temas de comer todos los días, de vivir en alguna parte, de tener alguna clase de trabajo, de que tal vez se podría sobrevivir, etc., etc. En fin, la Argentina despiadada. No faltaron tampoco nuestros grandes temas: el fútbol, las noticias policiales (cuanto más cruentas, mejor!), la inseguridad callejera.

En suma, la democracia doméstica, espontánea, fue disipándose, aunque algunos grandes movimientos como el de la CTA de las dos asambleas de Mar del Plata, el de la Multisectorial de Rosario y otras convocatorias de grandes y tradicionales y respetables instituciones, como la del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, fueron indicadores de que se siguen buscando cambios.

¿Qué cambios? ¿Cómo generarlos?

Lo que es más notorio es que los objetivos nacionales están claros en todos esos documentos. Lo que está envuelto en una espesa niebla es el “cómo”. La niebla es aún más densa en lo que respecta a los poderes constitucionales. Acaso se puede confiar en el Poder Legislativo, acuciado por las necesidades urgentes del Ejecutivo? Y…hay que decirlo…. con una liturgia parsimoniosa que no se corresponde con las premuras de los que querrían cubrir sus necesidades básicas. Y qué podría hacer el Poder Judicial? Legítimo heredero de la pausada marcha de la justicia colonial expide, de tanto en tanto, evidencias de que existe y da frutos. Nos queda el Ejecutivo. Qué podemos pedirle? Como diría una bondadosa abuela de su nieto: “Demasiado hace, pobre…”.

Nos queda entonces recuperar la reforma política, ocasionalmente mencionada en los primeros tiempos. O los patrióticos esfuerzos de entidades que se esfuerzan por rescatar valores ciudadanos , aunque ¡ay! reclamando como objetivos de máxima, que se termine con las listas sábana, o que se hagan públicos los gastos de los partidos políticos subsidiados por el Estado….La política, lo que se llama la política, es una enmarañada trama de “novedades” electoraleras  mechadas de chirles anécdotas y referencias de los pasos que dan los numerosos personajes que aspiran a ser algo….(sin maldad, eh?) en el futuro gobierno.

¿Qué hacer entonces? Acaba de lanzarse una gran movilización en pos de una profunda (esperemos) reforma de la educación. Desde el Ministerio correspondiente se aspira a agitar todos los ámbitos y convocar todas las opiniones para alcanzar, a fin de año, el consenso necesario como para dar al país una ley que recupere las grandes tradiciones y promueva niveles de educación acordes con lo que garantiza la Constitución.

Acaso esta acción no podría servir de modelo para provocar otra gran discusión ciudadana acerca de la reforma política?  Sin ataduras, sin condiciones, sin andariveles. Con la confianza que genera este pueblo combativo, sufrido, entusiasta, optimista.

Al mismo tiempo sería de gran ayuda que los grandes movimientos gestados en 2004 y 2005 que, además del reclamo a favor de una poderosa corriente convergente de las numerosas fuerzas patrióticas que los integran,  volcaran sus esfuerzos para lograr que la reforma política sea una gran empresa nacional convocada por el Gobierno.

Todos los justos y urgentes objetivos de los documentos mencionados convergerían así en uno sólo: “¡Reforma política para cambiar el país!”

Este reclamo, en el caso de que se formule, tendrá su dinámica. Los ciudadanos irán comprendiendo que debe apoyarse, porque este gran instrumento debe sustituir a los movimientos ocasionales y sectoriales en pos de reclamos inmediatos: paros, movilizaciones, cortes de rutas, que siempre tienen como protagonistas a los interesados y la mirada benévola de los que, ahora   espectadores, serán actores cuando les toque defender lo suyo.

Y hay que contar con los 5.000, 10.000 argentinos que no quieren ninguna reforma política y que tienen gran experiencia y buenos recursos para colocar en la cámara frigorífica cualquier iniciativa alocada….
 
                                                                                                         
* Dr. Juan E. Azcoaga, Presidente de la Asociación Héctor P. Agosti, Investigador en Neurociencia, Profesor Universitario.

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