Pensar Mayo hoy.

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Edgardo Vannucchi*

<<El sueño eterno de la revolución sostiene mi pluma>>(1) 

Seamos claros: lo que está en juego, lo que es objeto de lucha, lo que se ha vuelto a discutir, con todas sus contradicciones, limitaciones y claroscuros, es el presente y, por ende, el pasado.


Mayo sigue siendo nuestro hecho fundacional, nuestro mito, el punto de partida de nuestra historia como país.
Para algunos, sigue siendo refugio, utopía, contradicción; sueño eterno, espejismo. Pero, en términos de memoria colectiva, aún permanece prácticamente indeleble, como efeméride.
Precisemos: lo real en sí, lo acontecido ya no está, por ende, “lo que nos condiciona en el presente es el modo, la forma en que circula o se conoce el pasado”. 

En ese sentido, generación tras generación, han ido incorporando, han ido construyendo su imaginario social  -en gran medida- a partir de la impronta, de la huella dejada por la denominada “historia oficial”. Aquella que fue erigiendo, una a una, las figuras de nuestra historia como seres majestuosos, capaces de todo desprendimiento, intocables, intachables, inalcanzables…
Así es; evocados y representados en cada acto escolar, en cada “fiesta patria”, se fueron “alejando” cada vez más, quedando encorsetados, congelados, “pintados”, ajenos a toda realidad.

En el caso de Mayo, el relato oficial por excelencia se vincula con aquel que narra la existencia de flamantes paraguas y amables ciudadanos repartiendo escarapelas y buenos modales, esperando la buena nueva, inmortalizados en las imágenes de los libros de lectura.
Las jornadas de Mayo devienen, paradójicamente, en “gran relato”, en instantánea. Nace la efeméride. Se fractura la historia. Se la transforma en mero acontecimiento, en hechos aislados. No hay causas ni consecuencias. No hay búsqueda de explicación, de sentido. Los hechos son. Escindidos de todo proceso, de toda relación social, económica e ideológica, se los despolitiza, despojándolos de su carácter histórico.
Esta concepción de la historia, no exenta de tensiones y “revisiones” en distintos momentos, ha sido dominante. “Tuvo y tiene un gran valor didáctico y formativo”.  Los años recientes son demostrativos de su eficacia. La memoria histórica pareciera ya no estar viva.
Se ha producido -como explicita Eric Hobsbawm- “la destrucción de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores.(…) En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres de fin de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación con el pasado del tiempo que viven”.

Ahora bien, ¿qué lo hace actual, vigente, necesario a nuestro Mayo? ¿Cuál es la motivación, la inquietud que supone “revisitarlo”?
La urgencia de tomar posición frente a un problema vital. La necesidad de buscar respuestas a las inquietudes del individuo como ser histórico. El desafío de pensar históricamente.

Seamos claros: lo que está en juego, lo que es objeto de lucha, lo que se ha vuelto a discutir, con todas sus contradicciones, limitaciones y claroscuros, es el presente y, por ende, el pasado.

La crisis del neoliberalismo, devenida en estallido en Diciembre de 2001, hizo añicos la versión periférica del fin de la historia.
Son las dudas, los proyectos, las ilusiones, los miedos, los deseos, las urgencias, individuales y/o colectivas actuales lo que hace que revisemos el pasado, que busquemos en la historia las claves que permitan inteligir y -a partir de allí- modificar la realidad.
“El despertar de la conciencia histórica acusa a un tiempo mismo los signos de la crisis de una comunidad y los rumbos hacia los que se dirige”.

En efecto, los interrogantes acerca del futuro nos empujan a entablar un diálogo con aquellos tiempos de insurrección, con aquellos días de intrigas, presiones, agitación. Días de propaganda, de disputa en las calles, de apretes…Nos inducen a mirarnos en el espejo de la historia. A encontrarnos con los Moreno, los Belgrano, los Castelli, los Paso, los French; los Saavedra, los Lué, los Liniers, los Cisneros, los Nieto…A indagar en sus miedos, disputas, conspiraciones. A conocer sus aciertos, sus errores, a retomar la idea de Patria Grande…
Es decir, a enfrentar un escenario complejo, amenazante, cargado de incertidumbres…pero con la convicción de asumir el desafío de ser parte activa en la construcción de un proyecto de país donde, tanto ayer como hoy, más que padecer la historia, ayudemos a hacerla.

[1] Rivera, Andrés: La revolución es un sueño eterno. Buenos Aires. Alfaguara, 1987.

[2] Murillo, Susana: El discurso de Foucault: Estado, locura y anormalidad en la construcción del individuo moderno. Advertencia preliminar. Oficina de Publicaciones del CBC. Universidad de Buenos Aires, 1996.

[3] Pigna, Felipe: La letra con sangre entra; en Memorias en presente. Identidad y transmisión en la Argentina posgenocidio. Sergio Guelerman (compilador). Grupo Editorial Norma. Buenos Aires, 2001.

[4] Hobsbawm, Eric: Historia del siglo XX. Barcelona, Crítica, 1995.

[5] En una nota de Mariana Canavese, Tulio Halperín Donghi afirmaba: “como no hay alternativas de fondo, el debate ideológico se hace poco interesante. Hoy no hay disenso sobre el pasado porque no lo hay sobre el presente”. En “Para qué tanta historia”, revista Tres Puntos Nº 119. Septiembre de 1999.

[6] Romero, José Luis: El despertar de la conciencia histórica; en La vida histórica. Buenos Aires, Sudamericana, 1988.
*Edgardo Vannuchi, Profesor de Historia, miembro del Consejo de Redacción de Tesis 11.

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