Original y dos copias

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Revista Tesis 11 (nº 116)

(Internacional)

Juan Chaneton*

En línea con los atentados a las torres gemelas de 2001 y a la redacción de Charlie Hebdo en enero de este año, los crímenes  ocurridos en París reconocen una misma matriz, idénticos autores y las formas de la “bandera falsa”.  El rol de Francia y Alemania hoy y de cara al futuro.

Con ocasión del atentado a la redacción del semanario “humorístico”  Charlie Hebdo, las organizaciones Hamas y Hezbollah repudiaron el crimen y manifestaron, en sendos pronunciamientos, que “…sus autores no son musulmanes”.

Y a tenor del formato espectacular y de los turbios actores de la nueva masacre perpetrada en París el 13/11/15, parece que ahora tampoco son devotos de Alá y de su profeta, Mahoma, los que desarrollaron la compleja operación terrorista que segó la vida de 137 personas y causó más de  300 heridos, según las cifras que manejamos al momento de escribir esta nota.

La estentórea pregunta retórica del presidente Vladimir Putin (que, junto a Bashar Al Assad, el presidente  de Siria, son, hasta ahora, los únicos que combaten seriamente al terrorismo) resonó, hace apenas dos meses, como una acusación sin atenuantes: “¿Se dan cuenta de lo que han hecho?”.

Ello ocurrió el 28 de septiembre último en la Asamblea General de la ONU, y el presidente ruso Interpelaba, básicamente, a los Estados Unidos y se refería a los estragos  -humanos y materiales-   que habían podido comprobar y reportar  las fuerzas militares rusas empeñadas, ahora, en la lucha contra el Estado Islámico en Siria, estragos  causados, desde hace años en el sufrido país, por ese esperpento mafioso que también responde al apelativo de ISIS (Islamic State of Irak and Syria).

No importa tanto la descripción de lo ocurrido ni la repetida denostación de sus autores, sino la imprescindible necesidad de avanzar en la identificación y denuncia de los patrones de las organizaciones criminales como la ya mencionada o la inefable Al Qaeda cuya “sucursal” en Siria se denomina Al Nusra y aunque les haya tocado a estos últimos el papel de “enemigos” de EI, que eso dicen que son ahora. A problemas de la humanidad entera como éste, no se le sale al cruce con cadenas de oración, ni con marchas de silencio, ni proclamando que, en la hora, somos todos franceses.

El 7 de enero de este año 2015, analizando el crimen contra Charlie Hebdo,  escribíamos en Tesis 11: “Ahora vendrán caras extrañas sobre Francia y sobre Europa. El ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, ha convocado a una gran alianza policíaco-militar internacional para «combatir el terrorismo». Si el curso de acción favorable a los intereses de Washington se impusiera como despliegue del espíritu de Occidente, nada bueno podrían esperar los trabajadores y el pueblo llano de Francia y de Europa…”.

Queríamos advertir, de ese modo, que nuevos actos terroristas podían producirse en Europa y que a los ciudadanos franceses en particular les estaba reservado un futuro similar al del pueblo estadounidense después de los atentados del 11/9/01, esto es, la restricción inaudita de sus libertades individuales legitimada por la “amenaza  terrorista”.

Los atentados ya se han producido y el presidente Hollande acaba de anunciar que comenzará por proponer la reforma de la Constitución en línea con aquel “comité Balladour” de 2007 que diseñaba la figura del “Estado de urgencia” y que ahora tomaría forma (con la aquiescencia de los jefes de la oposición política Nicolás Sarkozy y Marine Le Pen) en el “Estado de crisis” y en la “visa de retour”, dirigida, esta última, al control de las actividades de franceses o de residentes en Francia implicados en actividades terroristas (v. Le Mondeon line, 17/11/2015).

Las reformas perseguidas modificarían el art. 36 de la Constitución Francesa pero es igualmente trascendente el hecho de que también su art. 16 entregaría, en su nueva versión, al Presidente, “poderes excepcionales” cuando una “amenaza grave e inmediata” comprometa las “instituciones de la República, la independencia de la Nación, la integridad de su territorio o la ejecución de sus compromisos internacionales” (ibídem).

Como en el ya casi remoto atentado a las torres gemelas y en el más reciente contra la revista Charlie Hebdo, es evidente que lo ocurrido en  sitios diversos de la ciudad de París el 13 de noviembre no es un atentado islámico sino que la bandera islámica resulta ser una bandera falsa. El ex secretario del Tesoro de Ronald Reagan, Paul Craig Roberts, que ya se había expresado en esos términos (falsa bandera) en el recién citado caso de comienzos de 2015, interviene ahora en similares términos: “Al darse cuenta de su vulnerabilidad es muy posible que el establishment francés tomara la decisión de proteger su control del poder con un ataque de bandera falsa que permitiera el cierre de las fronteras de Francia y, por tanto, privar a Marine Le Pen  de su principal argumento político…”.

Y agrega de modo contundente y extrañamente descarnado: “Algunas personas son tan ingenuas y estúpidas como para pensar que ningún gobierno mataría a sus propios ciudadanos. Pero los gobiernos lo hacen todo el tiempo” (IPE, Institute for Political Economy; ww.paulcraigroberts.org).

Destacamos, en estas afirmaciones del ex funcionario de la Casa Blanca, su certeza de que no hay sello islamista en los nuevos atentados, aun cuando nos parece del todo equivocada e inconcebible una sucesión fáctica en cuyo inicio aparecería Hollande dando instrucciones a sicarios para  que maten a cientos de personas sólo para estropearle los planes electorales a Marine Le Pen. Asimismo, compartimos, pues las evidencias históricas lo confirman, la aserción de que hay quienes nunca creen aquello que les resultaría pavoroso creer.

De modo que el punto en cuestión no es tanto quiénes lo hicieron sino por cuenta de quién actuaron. Y, en segundo lugar y tal vez sea esto lo más importante, qué fines persiguen los que han estado y están detrás de los crímenes contra los pueblos que se vienen sucediendo en  el mundo en las últimas décadas.

Thierry Meyssan, que para el caso de Charlie Hebdo se pronunció por la “guerra de civilizaciones” como sedicente meta de los Estados que patrocinan el terrorismo, dice ahora que aquí no hay ninguna guerra de tal tipo, sino que todo el asunto hay que descifrarlo en términos de ajuste de cuentas entre mafiosos. En efecto, Francia ha andado en malas compañías en los últimos años  -afirma-  y, como ha traicionado algunos pactos oscuros, ahora paga la cuenta.

Nos alegramos de que haya dejado de lado la teoría de Huntington, loca utopía de cuya inviabilidad  hemos dado cuenta en nuestra ya citada nota del 7/1/15. Y así como lo de Craig Roberts nos parece descabellado, las supuestas causas de los atentados que  propone Meyssan exhiben una excesiva dosis de simplismo, ya que, creemos, aquí hay algo más que trapisondas de un hombre moralmente precario como Hollande que hubiera decidido traicionar foscas aparcerías con Exxon Mobil, con el fondo de inversión KKR y con la banda de mercenarios Blackwater que ahora se llama Academi.

Meyssan corta, con su interpretación de los hechos, toda línea de continuidad entre el último acto terrorista ocurrido en París y todos los que lo precedieron en el mundo en los últimos decenios, siendo que, con toda razonabilidad, es posible inferir que no hay solución de continuidad ni diferencias de objetivos finales entre todos ellos, aun cuando las causas y los fines inmediatos de unos y otros hayan sido, también con evidencia indiscutible, muy diferentes. Veremos más de cerca en el desarrollo ulterior lo recién afirmado.

Sí nos parece muy funcional a una adecuada inteligibilidad de los hechos la afirmación del director de la Red Voltaire de que la administración Washington dista, desde hace bastante tiempo, de disponer de la homogeneidad indispensable a todo gobierno que quiera ser eficaz en sus cometidos de política exterior. Y no han sido  -se desprende de los análisis de Meyssan-  sólo los republicanos los que han untado con resbaladizo barro el camino de un Obama casi abrumado por los conflictos, sino que propios funcionarios designados por él mismo (el general David Petraeus) y conspicuos y prestigiosos dirigentes demócratas (Hillary Clinton) se han contado y aún se cuentan entre los adversarios más recalcitrantes de sus políticas de apaciguamiento de  los asuntos internacionales.

Hemos dicho más arriba que, hasta hoy, sólo Rusia y el gobierno de Bashar Al Assad combaten seriamente al terrorismo. Hollande acaba de solicitar ayuda a Rusia y a EE.UU. simultáneamente y ahora es también Francia quien, aparentemente, se ha sumado al terceto de países antiterroristas en Siria. Estamos, entonces, ante la anómala situación de que Francia, ayer cómplice de los enemigos de Obama en la geopolítica mediooriental, hoy ha dado una vuelta de campana y se incorpora a la coalición antiterrorista.

Pero los terroristas actuaron en París a vista y paciencia de unos servicios secretos llamativamente ineficaces a la hora de detectar  lo que era casi rumor público que iba a ocurrir. Esto daría cuenta de que, entre bambalinas, se mueve, también en Francia, un actor tan poderoso como para inficionar la seguridad del Estado al punto de enervar su capacidad de realizar uno de sus cometidos específicos que es la inteligencia y la contrainteligencia. El ya citado Paul Craig Roberts cita, entre los antecedentes terroristas, la explosión del tren italiano en Bolonia y se lo atribuye a Gladio, ese núcleo enfermo de la OTAN que, a fin de cuentas, es el arma terrorista más importante con que cuenta el capital financiero internacional para acunar en sueños sus demenciales planes de dominar el mundo.

Estados Unidos  ya se ha negado, en las últimas semanas, a colaborar con Rusia en el exterminio de Estado Islámico en Siria. Rusia tomó la iniciativa de intervenir en ese país cuando el desmadre de la situación no sólo dejaba en evidencia que Estados Unidos no estaba haciendo nada serio allí sino que comenzaba a amenazar, incluso, la propia seguridad de la Federación Rusa.

Ataca Rusia y el atentado se produce en Francia, primera y original curiosidad que aparece en el itercríminis de lo sucedido en París. Curiosidad original, decimos, pues otra de tales rarezas ya viene siendo cosa común en este tipo de operaciones terroristas:  siempre los autores dejan su “dni” a mano como para que se sepa quiénes fueron e, incluso, quiénes son sus familiares y dónde viven. Y apenas perpetrado el delito, enseguida aparecen los servicios de seguridad para montar operativos, dentro y fuera de Francia, tendientes a dar no sólo con los sospechosos sino, en primer lugar, con el o los “seguros” autores que  -ya se sabe con toda certeza-  fueron los que dirigieron  -o actuaron de un modo u otro-en el deleznable crimen e, incluso  -y por esto se sabe que son ellos-  posaron ante las cámaras de seguridad callejeras el día anterior o el mismo día del atentado. Todo parecido, en este punto, a lo sucedido en Charlie Hebdo.

Pero, así las cosas, permanecen las causas últimas  -todavía-  envueltas en las evanescentes brumas de la confusión. Todo lo antedicho puede tener asidero y función en una porción de la realidad. Pero no es posible soslayar otros lugares de la realidad si de intentar recorrerla in totum se trata.

Por caso, nadie ignora que hay un “conflicto geoestratégico de fondo sobre el que proyectan sus sombríos perfiles los asuntos internacionales de hoy: Estados Unidos y sucursales ideológicas frente a una alianza ruso-china en persistente proceso de consolidación” (Tesis 11, 13/1/2015, nota ya citada). Oportunamente, el analista de temas internacionales Pepe Escobar dictaminó que tal proceso de consolidación en la relación entre ambas potencias permitía concebirlo como “la mayor maniobra estratégica de los últimos 100 años”, al tiempo que agregaba que “El máximo plan maestro de XI (presidente de China) no es ambiguo: una alianza comercial Rusia-China-Alemania. Los empresarios y los industriales alemanes lo desean ardientemente, aunque los políticos alemanes todavía no se dan cuenta. Xi  -y Putin-  están construyendo una nueva realidad económica en el campo euroasiático, llena de ramificaciones políticas, económicas y estratégicas cruciales” (v. “La estrategia estadounidense para controlar-dominar Rusia y China no funciona”; 5/1/2015, www.voltairenet.org).

Si esto fuera así  -y la tendencia general de la etapa mundial que vivimos no refuta lo dicho por Escobar-, deberemos convenir en que dicha tendencia estaría configurando un horizonte, a largo plazo, de catástrofe para una geoestrategia anglosajona que ha hecho de la dominación de Eurasia el núcleo de su visión de las cosas desde los tiempos de Brzezinsky y Kissinger.

La historia de las relaciones ruso-alemanas muestra que estos países han estado en guerra pero también han convivido durante largos períodos de fructífera paz y que, aun durante las contiendas bélicas que los enfrentaron, supieron negociar  en secreto más de una vez. El Tratado de Rapallo de 1922 (comercial, militar y diplomático) entre ambas potencias estuvo precedido de  una dura polémica al interior del gobierno alemán que bien puede considerarse un antecedente de lo que sucede hoy en Alemania, tanto frente al problema de definir unas relaciones estables y fructuosas entre ese país y la Unión Europea,  cuanto como frente a la Rusia de Putin.

Aquella vez se discutía si Alemania podía, despegándose de Occidente, reanudar relaciones amistosas con la Rusia bolchevique sin esperar a que primero lo hicieran los aliados. Rapallo igual se concretó y si las cosas no fueron más lejos fue porque el socialdemócrata Friedrich Ebert (de paso, coautor intelectual del asesinato de Liebnecht y Rosa Luxemburgo) decidió poner a su partido como furgón de cola de Inglaterra y Francia.[i]

Aun cuando Rapallo es sólo el botón de muestra, hoy se discute al interior de los gobiernos de Alemania y de Francia y los temas siguen siendo Europa y Rusia. Según la balanza  se incline hacia uno u otro lado, así será el futuro. El futuro de la humanidad. Y  el capital financiero mundial, cuya expresión política es el eje Washington-Londres-Tel Aviv, no  apuesta por la humanidad. Está decidido a todo, incluso a lo peor. Los detalles serían éstos.

Respecto de Alemania, es posible afirmar, en línea con la visión ya citada de Escobar, que ese país, lanzado por el camino de la paz, la democracia y la estabilidad y estrechando sus vínculos económicos y comerciales y de intercambio de tecnología con Rusia y China,  imprimiría a las fuerzas productivas del sistema capitalista mundial un envión sólo comparable, en términos históricos, al que siguió a la consolidación de Inglaterra al cabo de la guerra 1914-1918 o al de EE.UU. después de la segunda gran guerra. Claro que esto tendría consecuencias políticas. Alemania devendría país soberano, su política exterior sería realmente independiente y funcional a su interés nacional y, como colofón, ello arrastraría por similares senderos al resto de Europa  que quedaría, así, al borde de la neutralidad. Y para el eje anglosajón-sionista oír hablar de neutralidad y de democracia significa lo mismo que, en su tiempo, supuso para los nazis oír hablar de pacifismo.

En cuanto a Francia, allí sus fuerzas armadas deliberan hace ya mucho tiempo. Esto lo saben las inteligencias británica, israelí y estadounidense y, para más y obviamente, saben acerca de qué se delibera. En síntesis, podría decirse que renace o revive una corriente de pensamiento nacional francés para la que De Gaulle y su legado de independencia, soberanía y conducción autónoma de las fuerzas armadas del Estado nacional francés es no sólo una exigencia moral sino una política inteligente y provechosa para el país. Y esto significa algo casi peor que una Alemania próspera y una Europa neutral; esto es Francia fuera de la OTAN, como lo fue en tiempos de “le grand Charles”, al que, viene al caso recordarlo ahora, la CIA le plantó el “mayo francés” con el benemérito propósito de derrocarlo, allá por 1968.

El escenario descripto fuerza a la geopolítica anglosajona a reforzar sus posiciones. El recurso es demencial, pero la demencia suele ser el sustituto de la razón cuando todas las buenas razones se han evaporado. El designio es que cada vez más Europa necesite a los Estados Unidos, en particular a la OTAN, ante la “amenaza” terrorista.

El concatenamiento causal lleva las cosas hacia renovadas tragedias representadas por actores nuevos. Desgastado Hollande, los hacedores de política del Pentágono y de Downing Street vislumbran la entrada en escena del Frente Nacional de Madame Le Pen quien, de llegar al poder  (las encuestas comienzan ya a favorecerla) y rompiendo promesas y deshonrando su rancia estirpe fascista, ratificaría la pertenencia de Francia a la OTAN al tiempo que, impensadamente, alinearía su política exterior, de modo más virulento,  contra Rusia, esto es, un remedo farsesco de  Hitler, financiado por Ford y por Rotschild, dirigiendo sus cañones contra la URSS.

Persistiendo y completando nuestro enfoque, diremos que hay tres espacios en los que EE.UU. no manda ni influye: Rusia, China e Irán. Sin romper ese estatus geopolítico toda dominación global es una utopía. Y sin dominación global el capital financiero concentrado (bancos) -dueño exclusivo de los negocios que garantizan la hegemonía limitada de que dispone hoy (armas, laboratorios, medios de difusión, universidades, petróleo y drogas)-   tiende a morir afectado de crisis recurrentes, es decir, tocado por una especie de síndrome de inmunodeficiencia política adquirida no por contagio sino por esa necesidad histórica que el lánguido río del tiempo suele ir imponiendo en su moroso discurrir.

El presidente ruso, auténticamente jugado por la paz y al que la humanidad algún día deberá anotarle en su activo el mérito de haber defendido la supervivencia del mundo con tesón e inteligencia, ha denunciado que a Estado Islámico lo financian “Estados”, algunos de ellos, integrantes del G20. Más claro, agua.

La cumbre de Viena, reunida en estos días para encontrar una solución a la crisis Siria, se negó, por obra de algunos de sus integrantes, a declarar a Estado Islámico y a Al Nusra como enemigos a combatir. Lo informó el ministro de relaciones exteriores alemán Frank Walter Steinmeier. Integran esa cumbre, además de Alemania, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Turquía, Irán, Rusia, la Arabia dictatorial y corrupta del clan Saud, la Liga Árabe, la Organización para la Cooperación Islámica, la Unión Europea y la ONU. No necesariamente habrá sido EE.UU. quien se opuso. En ese grupo hay peones propios muy aptos  para las tareas sucias.

Si todo es así, lo peor está por llegar. Sin embargo, las fuerzas que en el mundo, luchan por la paz y la razón, son muy fuertes. El terror luce los atavíos del antihéroe desesperado que se hunde en sus propias e indecibles contradicciones. Obama  y Putin están de acuerdo en que hay que respetar la soberanía de Siria y en que hay que apaciguar los conflictos. Por detrás de Obama se mueven los verdaderos enemigos de la humanidad. Tal vez para sorpresa de muchos, el presidente de los Estados Unidos, en este tema puntual de qué hacer con el terror, no es el enemigo.

El terrorismo ha sido manufacturado en sustitución del comunismo para legitimar las guerras de Washington contra el mundo. Ese es el hilo conductor que sobredetermina todos los actos criminales que se perpetraron ayer y que irrumpen hoy con toda su carga de impiedad, dolor y sufrimiento enteramente humanos.  Más arriba hemos dicho que las diferencias de forma y objetivos que existen entre unos y otros crímenes no deben hacernos olvidar que, en la voladura de las torres gemelas, en 2011, hasta este 2015 que ha conocido, en su principio, el atentado a Charlie Hebdo y, en este crepuscular noviembre, el horror de París en el Stade de France, Le Crillon, Bataclan y otros lugares de esparcimiento público, hay,  decimos, en esos tres crímenes ideados por dementes, un elemento común: la bandera falsa. El de Nueva York fue el modelo sobre el que se diseñaron estos dos últimos.  Como si dijéramos, original y dos copias.

*Juan Chaneton, periodista, escritor, colaborador de Tesis 11


[i] Para una adecuada información sobre el Tratado de Rapallo y sobre la realidad de las relaciones germano-rusas entre 1914 y años sucesivos, resulta de utilidad la obra de George F. Kennan “Rusia y Occidente bajo Lenín y Stalin”, Editorial de Ediciones Selectas, Buenos Aires, 1962.

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