Los economistas y la crisis.

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Dossier sobre la crisis mundial (artículo 3 de 7).

Jacob Goransky* 

«…emerge el interrogante acerca de ¿qué hay de deliberado y qué hay propio de la lógica sistémica en el desenvolvimiento económico – social? El primer interrogante contiene el Poder, el segundo el proceso de producción e intercambio, con un “mercado” que ya no es el mercado concurrencial del siglo XIX, tampoco el de la primera mitad del siglo XX. Un interrogante al que no puede responder ninguna corriente de la teoría neoclásica. Al Poder como categoría no se lo trata en la ciencia económica. Sin embargo el tema del poder es esencial.»

‘Todos los conflictos se manifiestan en todos los dominios, unos son más agudos que otros; los conflictos monetarios lo son, particularmente, porque la moneda es expresión sintética de la actividad económica y también – cosa que se olvida demasiado seguido – que la moneda es poder- Raymond Barre, Le Figaro 18/9/77‘. Raymon Barre ex primer Ministro conservador de Francia

 

Sucede con todos los fenómenos, hay quiénes observan su manifestación superficial y otros que intentan escarbar más a fondo y, entre ellos, los que se detienen satisfechos en cierto nivel y los que van más allá.

 

Surgen diferencias acerca del comienzo, de las causas, de similitudes con crisis anteriores y pasando los días se suman los Nóbel y los pretendientes a serlos y los periodistas ávidos de entrevistas.

 

Y en el fárrago de palabra, conceptos, hipótesis y teorías y, olvidaba, solo ideologías, curiosamente queda la observación primera y superficial y hasta se desplaza geográficamente el lugar dónde comenzó.

 

Y en éste fantástico arte de birlibir los que terminan ganando son los que la originaron y termina beneficiado a los EE. UU., el país en cuya entraña anidaba el monstruo.

 

La crisis comenzó en agosto del 2007 cuando la caída estrepitosa de las bolsas en todo el mundo; lo recuerdo bien porque escribí un artículo a fines de agosto del 2007 que titulé “La crisis actual, manifestación de la degradación creciente del capitalismo”; caramba ¿qué título? y no era catastrofista, ni anunciaba el fin del capitalismo, sencillamente señalaba un punto de inflexión y que de ahí en más nada sería igual.

 

Sin embargo para todos comenzó en el 2008 porque fue la fecha de la caída de un gran banco al que siguieron otros y luego lo que sabemos: los Estados pródigos con ellos desembolsaron cifras fabulosas para evitar el desastre, habían aprendido de la crisis del 29 y lograron estabilizar, frenar la incertidumbre; no importó que los ejecutivos se cobraran “sus salarios”, la impunidad que les es habitual es tal que no les molestó que se hiciera público ni tampoco recibir críticas.        

 

¿Me había equivocado en mi artículo?, la calma duró poco, el centro de la crisis se trasladó a Europa, y ya estamos a mediados del 2010 y cada vez la crisis parece agravarse.

 

No hablamos de lo mismo: los “economistas”, no todos, solo observan el PBI, el crecimiento, si baja, si sube o se mantiene estable, los hay aún peores que se fijan solo en los movimientos de las Bolsas de Valores, en el Dow Jones, en el Nasdaq C., y en las bolsas europeas y asiáticas.

 

Y es imprescindible analizar lo que acontece superando esa visión reduccionista, propia de un economicismo que podemos calificar de infrahumano ya que no contempla lo que sucede fuera de los indicadores económicos; para ello debemos recurrir a la historia para encarar una investigación sobre las causas de los problemas que la crisis puso en evidencia pero que están en las entrañas del desenvolvimiento sistémico.

 

Investigar las causas de la desocupación, del hambre, de la miseria y la exclusión con la que el capitalismo azotó a la Humanidad en los últimos treinta años. Los rasgos esenciales de la actual crisis exponen en la superficie al capitalismo mismo y lo enfrentan con su propia historia, desde sus orígenes cuando se imponía como una necesidad hasta ahora cuando pone en riesgo al planeta.

 

Es de utilidad, a fin de comprender lo dicho, transcribir el informe del 2009 de Amnistía Internacional denominado “Crisis global de DD. HH.”:

 

“El mundo camina sobre un polvorín de desigualdad, injusticia e inseguridad que está a punto de estallar” y subraya que la crisis no sólo es económica, sino de derechos humanos […] Esta falta de comida, empleo, agua, tierra y vivienda, el aumento de la desigualdad, la inseguridad, la violencia, la xenofobia y el racismo, reflejan que el mundo se enfrenta no sólo a una crisis económica sino a una crisis de derechos humanos”, subrayó Irene Khan, responsable de AI.

 

Irene Khan denunció que los gobiernos poderosos están “más preocupados por atajar exclusivamente los problemas económicos y financieros en sus propios países, y hacen caso omiso de la crisis mundial” que los rodea.

 

“Es patente que los gobiernos han fracasado estrepitosamente a la hora de proteger los derechos humanos, la vida y el sustento de las personas”, estimó la responsable de AI, que llamó a un cambio de liderazgo político. La activista hizo hincapié en que mientras los gobiernos de los países más ricos han lanzado billonarios paquetes para rescatar a los bancos e instituciones financieras, “han olvidado a los sectores más vulnerables en sus propios países y en el resto del mundo”.

 

Decía de recurrir a la historia y para ello extraigo reflexiones de mí libro “Dinámica y Crisis del Sistema Capitalista mundial” (editorial Nihuel, 1982), en las que baso mi análisis habida cuenta de la fecha en que fueron escritas.

 

Si pensamos bien, y creemos que se tratan de economistas que tiene algún conocimiento de lo que pasó en el mundo en los últimos 40 años, es dable considerar que conocen lo acontecido en la posguerra; que nombres como White, Keynes y Bretton Woods los tienen que hacer pensar. Lo sucedido evidenció que al hacer del dólar – oro moneda patrón se le concedió a los EE. UU. una ventaja extraordinaria, que Lord Keynes denunció desde un principio. Y una responsabilidad: son grandes empresarios manejan grandes Bancos y empresas, conocen lo que prometieron Kennedy y Johnson cuando aseguraron al mundo que los EE. UU. entregarían una onza de oro por cada dólar que se le presentara, tal cual estaba comprometido. Fueron vanas promesas que todos conocen y todos obvian.

 

Bretton Woods fue posible porque había un poder por encima de los otros, Estados Unidos, que emergió como indiscutida potencia líder del mundo capitalista e impuso sus condiciones al resto de los grandes PCD.

 

A medida que pasaron los años los países europeos, superada la etapa de la reconstrucción, acumularon reservas que hacia 1967 se habían triplicaron. Considerando que el oro no producía renta y sí la tenencia de dólares, los Bancos Centrales se afanaron por incrementar sus reservas en dólares.

 

En el libro El Pecado Monetario de Occidente, Jacques Rueff, asesor del General De Gaulle, a través de subtítulos que serían la envidia de un libretista de series policiales -“Donde los perdedores recuperan sus apuestas”, o “El secreto del déficit sin llanto”, “El tiempo de la acción”, “La nada disfrazada de moneda”, “¿Aventura o expansión?”, “Una moneda que no es ganada”, “Cuidado que te están viendo”, “¿Seguirán los acreedores comportándose como ovejas?”- denuncia la política monetaria de occidente como suicida.

 

J.R., refiriéndose a la acumulación de dólares, destaca: “Yo no puedo creer que los EE.UU. -país orgulloso y generoso- no se sientan desagradados, a la larga, por esas prácticas, que les permiten vivir a expensas de sus proveedores o de los destinatarios de su generosidad. Pero estoy convencido que, si la situación continúa, los efectos de un sistema de expoliación sin precedentes en la historia, exigirá que se ponga fin”. J R se equivocó en su predicción,

 

De un Cahiers Francais reproduzco párrafos de la conferencia de prensa del general De Gaulle del 4 de febrero de 1965, que fue considerado como una ruptura con relación al Gold Exchange Standard”.

 

“Se sabe que éste sistema había, a partir de la Conferencia de Ginebra, en 1922, atribuido a dos monedas, la libra y el dólar, el privilegio de ser considerados automáticamente como equivalentes al oro para todo pago exterior, en tanto las otras monedas no tenían esa posibilidad. Por consiguiente la libra habiendo sido devaluada en 1931 y el dólar en 1933, ésta insigne ventaja podría parecer comprometida”

 

El general De Gaulle destaca que para ese entonces los EE.UU. padecían la gran crisis y que luego la segunda guerra mundial arruinó las monedas europeas, en tanto los EE.UU. pudieron preservar la suya. Parecía natural que los otros Estados consideraran el oro o el dólar en sus reservas y que los pagos exteriores se hagan en uno como en el otro. Tanto más que los EE.UU. no tenían ningún problema en saldar los desequilibrios entregando oro.

 

Y luego agrega:

 

“Las condiciones que pudieron antes suscitar el Gold Exchange Standard se han modificado. Las monedas de los Estados de Europa occidental se han restaurado, a tal punto que el total de las reservas de oro de los Seis equivalen hoy en día al de los EE. UU.”

 

“Las superarían si los Seis decidieran transformar en metal precioso los dólares que ellos tienen en sus cuentas. Es decir que la convención que atribuye al dólar un valor trascendente como moneda internacional no reposa más sobre su base inicial, a saber la posesión por los EE.UU. de la mayor parte del oro del mundo. Pero, además, el hecho que numerosos Estados acepten por principio, dólares al mismo título que el oro para compensar, llegado el caso, los déficits que representan, a su provecho, la balanza de pago americana, lleva a los EE.UU. a endeudarse gratuitamente vis a vis del extranjero.

 

“En efecto, lo que ellos deben ellos pagan, al menos en parte, en dólares que ellos emiten, en lugar de pagar totalmente con oro, cuyo valor es real, que lo poseen por haberlo ganado y que no pueden transferir a otros sin riesgos ni sacrificios. Ésta facilidad unilateral que se le atribuyó a los EE.UU. contribuye a borrar la idea que el dólar es un signo imparcial e internacional de los intercambios, en tanto es un medio de crédito apropiado por un Estado”.

 

Cabe hacer notar que el General Perón con esa visión que lo caracterizó lo invitó al General De Gaulle al País como una señal clara hacia los EE. UU.

 

El sistema significó para EE.UU. la posibilidad de un crecimiento sin orden monetario alguno; su mercado interno incrementó permanentemente su poder de compra y aunque soportó crisis coyunturales, ninguna fue de gravedad suficiente como para frenarlo seriamente. Las empresas norteamericanas aprovechando la Revolución Científico-Técnica (R.C.T.), que ahora llamamos Revolución Informacional Comunicacional (RI y C), desarrollaron una economía de escala con índices de productividad desconocidos,  muy superiores al resto de los P.C.D.

 

No se produjo un derrumbe en el fondo crediticio de EE.UU. Esta nación redistribuyó sus problemas a lo largo y ancho del mundo capitalista, y lo sigue haciendo.

 

En el discurso televisado del 15 de agosto de 1971, el Presidente Richard Nixon decía:

 

“Yo he dado instrucciones a M. John Conally, secretario del Tesoro, de suspender temporariamente la convertibilidad del dólar en oro u en otros instrumentos de reserva.”

 

La América fue siempre y seguirá siendo partenaire preocupado del futuro y digno de confianza…Nosotros reclamamos las reformas necesarias para poner de pie urgentemente un nuevo sistema monetario internacional. La estabilidad y la equidad son de interés de todo el mundo. Estoy firmemente decidido a que el dólar no vuelva a ser jamás un rehén en manos de los especuladores internacionales”

 

“Nosotros debemos proteger la posición del dólar americano en tanto fundamento de la estabilidad monetaria en el mundo.”

 

“Hubo, en el curso de los siete últimos años, un promedio de una crisis internacional cada año. ¿A quién beneficia éstas crisis? No al trabajador, al ahorrista o a los verdaderos productores de la riqueza. Los beneficiarios son los especuladores internacionales. Como ellos se benefician de las crisis, hacen todo para crearlas…”

 

Nixon recuerda la ayuda que prestaron a Europa para restaurar sus economías y proteger su libertad. “Entregamos 143.000 $M como ayuda al extranjero. Debíamos hacerlo”. Y sigue:

 

“Al presente que ellos son economías fuertes, el momento ha llegado de cargar una parte importante del fardo para la defensa de la libertad en el mundo. El momento ha llegado para que la tasa de cambio sea rectificada y que las principales Naciones se hagan concurrentes en un pie de igualdad. No hay más razón para que los EE.UU. luchen con una mano atada a la espalda”.

 

Además de decretar la inconvertibilidad, Nixon impuso un arancel del %10 a las importaciones, asentando otro golpe a las prácticas que se instauraron con el acuerdo de BW.

 

La decisión de Richard Nixon de imponer coactivamente al mundo la inconvertibilidad del dólar en oro, es la estafa más grande de la Historia y su discurso es revelador en su cinismo de lo que depararía a la Humanidad el ejercicio de un poder depredatorio como nunca antes vivió la sociedad.

 

Luego del 71, la estanflación impulsó un cambio de premisas, de prioridades y de objetivos que fueron las formas de responder a la crisis. Una crisis deliberada montada sobre la crisis objetiva, consecuencia de la propia dinámica de la estrategia keynesiana. En los aspectos monetarios y financieros, en la producción y en las finanzas, fue visible la conjunción del Estado y las grandes empresas, ya multinacionales, para encontrar soluciones a sus problemas y las encontró despreciando a los de la sociedad, en una voltereta que fue trágica para el mundo.

 

La llamada por sus seguidores “Revolución keynesiana” había dado todo lo que podía dar y el sistema recurrió desde el Poder y con todo su Poder, a engendrar la contrarrevolución neoliberal.

 

Paul Samuelson (de D y C del S C M, JG), refiriéndose a la crisis, señaló en 1974:

 

“Y bien, ¿qué hay de raro en ello? La Historia del capitalismo fue una historia de auge y depresión. La diferencia es que esta recesión ha sido deliberadamente fraguada por los gobiernos. Si ustedes hubieran asistido a las conferencias del año pasado de las autoridades económicas internacionales, se habrían dado cuenta que la mayoría de los bancos centrales y representantes de tesorerías presentes, por no mencionar a una ligera mayoría de académicos allí reunidos, deseaban una contracción recesionista”.  Samuelson, Paul, «Los economistas no son más lo que eran», publicado en Le Nouvel Economiste, reproducido en Ploblémes economiques con el título «El malestar de la ciencia económica frente a la crisis», París, Documentación Francaise, Nº 1.550, 7-12-1977.

 

Es curioso, y lo señalado es un ejemplo, que entre los analistas de todas las disciplinas  no se recuerde lo que se decía a fines de los sesenta y en los setenta

 

Reproduzco párrafos de Jan Tinbergen, premio Nóbel de 1971 (libro citado, pág. 29-31):

        

“El período que siguió a la Segunda Guerra Mundial fue una época de crecimiento en el mundo industrializado, pero también una era de liberación política en el Tercer Mundo. En poco más de un decenio, cerca de la tercera parte de la población del mundo a la sazón se vio liberada de la soberanía extranjera. Pero los países pobres descubrieron que con menores recursos y conocimientos, y con escasas oportunidades de utilización de los que tenían, eran en realidad menos libres que los países ricos. Descubrieron que la liberación política no trae consigo necesariamente la liberación económica y que ambas son inseparables: que sin independencia política es imposible alcanzar la independencia económica; que sin un poderío económico es incompleta e insegura la independencia política de un país.”

 

“Esta dependencia económica está fincada en las instituciones principales del sistema internacional, creado en gran medida por los países industrializados para la solución, sobre todo, de sus propios problemas, en una época en que las voces de los pobres del mundo no se escuchaban en los foros internacionales. Los países pobres se han visto forzados a cuestionar las premisas básicas de un sistema internacional que conduce a disparidades siempre crecientes entre los países más ricos y los más pobres y la negativa persistente de igualdad de oportunidades. Sostienen estos países que el mercado “libre” no es en realidad “libre”, sino que funciona en beneficio de los países industrializados, quienes lo han industrializado para erigir una barrera protectora alrededor de su riqueza y su estilo de vida. Y si fuese “libre” seguiría funcionando en beneficio de los países industrializados, en virtud de su enorme poderío político y económico.”

 

“Al igual que ocurre a nivel nacional, el mecanismo del mercado tiende a burlarse de la pobreza, o simplemente a dejarla de lado, ya que los pobres casi no tienen poder de compra para influir sobre las decisiones del mercado. Esto es mas cierto aun a nivel internacional, porque no existe un gobierno mundial, y ninguno de los mecanismos establecidos dentro de los países crea la presión para la redistribución del ingreso y las oportunidades.”

 

“En forma inevitable y justa, el Tercer Mundo está exigiendo que se modifique un sistema internacional que, en su opinión, perjudica sistemáticamente sus intereses y se caracteriza por distorsiones institucionales que, de acuerdo con ciertas estimaciones, cuestan a los países pobres de 50 mil a 100 mil millones de dólares anuales. Está insistiendo en un cambio estructural fundamental, no en un manipuleo correctivo de las instituciones internacionales, sino en un nuevo orden mundial que destruya los patrones históricos de dependencia sin esperanza y provea oportunidades reales de una participación más igualitaria en el crecimiento mundial.”

 

Larga la cita, pero necesariamente oportuna para evaluar lo que se pensaba entonces, lo que sucedió después y pensar porque pasó lo que pasó en las décadas siguientes hasta ahora.

 

En el libro citado hago referencia también a Robert Triffin, economista belga, asesor del Presidente John Kennedy, que en un ensayo titulado: “El SMI del año 2000” (La economía y el orden mundial en el año 2000, México, Siglo XX, 1973, pág. 214), discute la vigencia de la “muleta del oro”, y a diferencia de JR propone “la centralización y administración conjunta de las reservas internacionales”.

 

“La única alternativa práctica en lugar del oro u otras formas de reservas materiales son las reservas crediticias”, factibles únicamente mediante un acuerdo internacional previo en cuanto a sus cantidades, sus beneficiarios, los objetivos que financia, y las garantías y otras condiciones aplicables a ellas”.

 

RT señala la ausencia de dos reformas monetarias básicas e inextricablemente ligadas, sobre las cuales se alcanzó el acuerdo de principio en los últimos años de la década del ‘60:

 

I) La necesidad de ajustar la creación de medios de pago a requisitos no inflacionarios de crecimiento potencial en el comercio mundial y en la producción, y no siguiendo los deseos del comercio privado de oro y los déficit de la balanza de pagos de EE.UU.

 

II) La necesidad de reforzar en forma homogénea la disciplina de la balanza de pagos en todos los países, es decir, no solamente en aquellos con exceso corriente y en las naciones deficitarias, sino también en los llamados <centro de reserva> y en todos los demás.

 

R. T., basándose en datos de 1975, hoy multiplicados, y refiriéndose al carácter mundial de la inflación, manifiesta que:

 

“Este desplazamiento de la inflación mundial fue posible gracias a la extensión de la permisividad monetaria del campo nacional a las instituciones y políticas monetarias internacionales. Las reservas monetarias internacionales habían crecido en forma moderada desde fines de 1949 hasta fines de 1969; el incremento fue de aproximadamente 32 mil millones de dólares durante 20 años, es decir, menos del 2,7% anual. En los tres años siguientes (1970 – 1972) el ritmo de crecimiento fue diez veces mayor, con un promedio de cerca del 27% anual, que en este breve período de tiempo representa un incremento mayor que el habido en todos los años y siglos anteriores desde los tiempos de Adán y Eva”.

 

¿Qué diría hoy, 30 años después, RT ante el fantástico crecimiento del dinero ficticio y de la “ruleta satelital”?.  

 

De acuerdo al BRI en los fines de 1994 las cotizaciones de títulos alcanzó U$S 25 Billones que son totalmente líquidos yendo de uno a otro y pueden tener un efecto en las tasas de cambio.

 

A los U$S 25 Billones hay que agregar U$S 8,300 Billones de créditos del sector bancario entre los cuales U$S 4,100 Billones corresponden a créditos interbancarios a corto o muy corto término.

 

Las inversiones directas alcanzaron, siempre en 1994 U$S 233.000 Millones y las reservas de divisas en los PD y en los PenD fueron del orden de los U$S 1,100 Billones. Hoy, el monto de las transacciones cotidianas se estima en más de 1.2 B de dólares equivalente a un año de comercio mundial en cuatro días. Los elementos aportados prueban: que el sistema funcionó, permanentemente, en un marco de crisis que se agravaba día a día, a pesar de los descensos en tasas de inflación, de desocupación, o de los incrementos de los PBI; que el sistema monetario internacional tuvo a lo sumo, en sus mejores momentos, un equilibrio inestable.

 

Tanto en la visión de J.R. como en la de RT, todo debería haber saltado por el aire hace tiempo; la explicación es que las correlaciones de fuerza entre las distintas clases sociales sufrieron un cambio cualitativo: no hubo un colapso, el sistema enfrentó los síntomas de agudización de su crisis huyendo hacia adelante, aplicando cada vez con mayor rigor «medidas sociales dolorosas» como las llamara JR aunque el mismo pensara que no se llegaría a tanto.

 

Para precisarlo, la consecuencia inmediata fue el comienzo de una onda larga recesiva que derivaría posteriormente en lo que acontece en los últimos decenios.

 

Los cambios no fueron de golpe se fueron suscitando en el tiempo, destaquemos:

 

i. La preocupación cuando BW (Bretton Woods) fue reactivar las economías preservando el consumo, la plena ocupación y el equilibrio externo. Después del ‘71 la preocupación central es la inflación. La estrategia en los últimos decenios es atender los problemas creados por la dinámica sistémica, en cambio en BW la estrategia fue generar una dinámica que resolviera positivamente las necesidades sociales en la salida de la posguerra.

 

ii. Con el nuevo sistema financiero internacional se perdió el ancla que posibilitaba un cierto equilibrio en las relaciones económicas, políticas y sociales, en las relaciones internacionales. De una “Hegemonía por consenso de los EE. UU. se había pasado a una hegemonía coactiva”.

 

En la información brindada acerca de la discusión alrededor de Bretton Woods señalo que no se impuso ninguna teoría (que en todo caso podía fundarse en los criterios de Keynes), se impuso el poder de la potencia dominante con una teoría a su servicio, por lo que la denominación más ajustada sería ideología, señalando:

 

“Luego de los años ’30 se hace preciso introducir en el análisis económico la coexistencia de una gestión económica, una política monetaria, presupuestaria o cambiaria, con la dinámica sistémica.”

 

Y emerge el interrogante acerca de ¿qué hay de deliberado y qué hay propio de la lógica sistémica en el desenvolvimiento económico – social? El primer interrogante contiene el Poder, el segundo el proceso de producción e intercambio, con un “mercado” que ya no es el mercado concurrencial del siglo XIX, tampoco el de la primera mitad del siglo XX. Un interrogante al que no puede responder ninguna corriente de la teoría neoclásica. Al Poder como categoría no se lo trata en la ciencia económica. Sin embargo el tema del poder es esencial

 

En el tema monetario:

 

En el libro citado de 1982 decía: “En el ámbito nacional, el estado impuso, por el poder que inviste, el papel moneda de curso forzoso; tal imposición contribuyó a que se pusiera en descubierto el fetichismo de las mercancías, desaparecieron los “factores de producción” capital y trabajo y aparecieron el capitalista, dueño de los medios de producción, y los obreros, dueños de la fuerza de trabajo física e intelectual.

 

En el campo internacional, al procurar acabar con la “reliquia bárbara” del oro, obligando a aceptar la moneda signo de la primer potencia del mundo capitalista, queda la misma, sus transnacionales, el resto de las transnacionales y los Estados que las cobijan, junto con sus sectores dirigentes, enfrentados al resto de la sociedad, como responsables inocultables del desorden, la anarquía, la inestabilidad, no sólo en el ámbito monetario sino en el de la producción, y, consiguientemente, responsables de la crisis política, económica y social en que se debate el sistema.

 

Al desaparecer el oro como respaldo del papel moneda, queda éste como signo no ya del oro, sino del poder.

 

Al igual que la regulación al nivel nacional constituía el ejercicio, a través del aparato del Estado, del poder económico, al nivel internacional los acuerdos e instituciones creadas constituirían el ejercicio, a través de las mismas, del poder de Estados Unidos. Pero el carácter de su poder no era comparable al del poder del Estado en un país particular.

 

Al introducir el tema del poder queda al desnudo toda la prédica falaz alrededor del mercado… El precio dejó de ser expresión de valor (como se dijo) y asignador eficiente de recursos, paso a ser expresión del Poder, en el marco del dólar como moneda internacional de curso forzoso. Al respecto vale la cita de Raymond Barre que encabeza este artículo. 

 

El mercado no asigna recursos sino por vía del poder, no distribuye renta acorde con lo que los ‘agentes de producción’ aportan sino de acuerdo al poder que sustentan. El mercado no castiga la ineficiencia y premia la eficiencia, recompensa al poder.

 

Poder, políticas económicas deliberadas y políticas a secas, son concepciones que no están comprendidas en la teoría. Samuelson las llama fallas del mercado y en su voluminoso texto de estudio las trata como tales, es decir las menosprecia, cuando se habían convertido en las formas de funcionamiento sistémico.

 

Ante un presente lleno de incertidumbres, la necesidad de re­cu­perar la credibilidad es la única inquietud y premura. Hacer pagar a otros y quedar en primer lugar en la redistribución pa­trimonial de empresas y entidades financieras, es la estrategia.

 

Sin embargo es lícito preguntarse ¿por qué los agentes económicos se equivocan? ¿Por qué se equivocaron los gobiernos y grandes empresas de esos países? ¿Por qué se equivocó el FMI en sus supervisiones? ¿Por qué se equivocaron los grandes bancos de Japón y los EE.UU. en el otorgamiento generoso de fuertes créditos? ¿Quiénes forman el mercado sino los agentes económicos y, particularmente, aquellos que deciden?

 

El mercado, un ente abstracto con una dinámica propia, autoritaria, sin posibilidad de apelaciones, conformado por cientos de millones pero reducido a algunos miles decidores, resiste el análisis racional y la verdad. Pero después de todo, los dogmas no requieren ser verificados, tampoco tienen que ver con el quehacer científico.

 

Es necesario romper el cerco de un seudo academicismo. Hay que recuperar la observación objetiva y un razonamiento del acontecer propio de la economía política, y que resulta de las apetencias insatisfechas de la enorme mayoría de las sociedades. Es la virtud del análisis sistémico que engloba el desenvolvimiento económico, el institucional, la sociedad, la cultura, la ética, la política. 

*Jacob Goransky, ingeniero, escritor, especializado en temas económicos.

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