LO QUE REVELARON LAS TORMENTAS

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Joel Kovel*

Traducido del inglés por Margarita Cohen. Supervisado por Carlos Mendoza.

Las terribles tormentas que asolaron la Costa del Golfo de los Estados Unidos – se considera que el huracán Katrina ha sido el mayor desastre ecológico que haya golpeado a ese país – también causaron mucho daño a la presidencia de George W. Bush.

Las terribles tormentas que asolaron la Costa del Golfo de los Estados Unidos – se considera que el huracán Katrina ha sido el mayor desastre ecológico que haya golpeado a ese país – también causaron mucho daño a la presidencia de George W. Bush.  Cuatro años después de haber sido aclamado como un Mesías por haber recuperado la nación de la terrible experiencia del 11 de Septiembre y menos de un año después de haber sido repuesto en el cargo – (como en el 2000, fue beneficiario de una elección dudosa y probablemente robada) –  con lo que el llamó “una considerable
cantidad de capital político”, el Presidente cada vez más es más despreciado, tanto por  los políticos de derecha como por los de izquierda.
Cada semana sus índices de aprobación acusan nuevas bajas, como así también los de la administración Bush en su conjunto. Los escándalos se suceden, funcionarios antiguos del gobierno, incluyendo a los republicanos más poderosos del Congreso e incluso importantes colaboradores del Presidente, enfrentan la posibilidad de ser encarcelados y el propio Bush parece haber descendido en la opinión general al nivel que previamente le otorgaba la izquierda marginal. Así es, la gente cada vez está más convencida de que éste debe ser el peor presidente de la historia de los Estados Unidos.

Los huracanes no hicieron más que asestar un golpe que aceleró la declinación del gobierno, que se había iniciado con los ineludibles efectos de la guerra en Irak, el mayor disparate de la política exterior de los Estados Unidos en la historia norteamericana. Pero el control de los medios de comunicación ha logrado enmascarar esta desastrosa realidad.  Tanto la prensa cautiva como el débil Partido Demócrata, finalmente tampoco han podido evitar otorgar algún grado de reconocimiento a la invasión y a la ocupación. Este verano hubo una crisis cuando Cindy Sheehan, una  madre valiente y tenaz cuyo hijo murió en la carnicería de la ciudad de Badr, insistió en ver al Presidente durante sus largas vacaciones de cinco semanas en Texas. Cuando Bush se negó, alegando que para ser un líder efectivo necesitaba preservar su estilo de vida,  comenzó a surgir una corriente de indignación contra él.

Luego llegó el huracán y planteó a Bush el mayor desafío a su liderazgo desde el 11/9/2001. Y Bush no pasó el examen. Tuvo un poco de mala suerte, también.  El pobre hombre tuvo que lidiar con Katrina cuando su “cerebro”, el antiguo consejero Karl Rove, estaba hospitalizado con piedras en el riñón. Sin Rove diciéndole lo que tenía que hacer, Bush actuó naturalmente: se escapó del desastre, se tranquilizó haciendo un discurso estúpido donde comparó la invasión de Irak con el enfrentamiento ante Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, se hizo fotografiar rasgueando una guitarra y cuando finalmente llegó a la ciudad devastada, elogió públicamente a su director de emergencias, Michael Brown, con una mezcla de vulgaridad, estupidez y arrogancia demasiado conocida por nosotros durante los últimos seis años, aun cuando este último estaba demostrando un grado excepcional de incompetencia. Con eso, la reputación de Bush se hizo añicos y allí comenzó una catarata de problemas para el “peor Presidente”.

Todo lo anterior resulta muy gratificante para los muchos millones de personas que adoran odiar a Bush. Pero hay otra lectura de Katrina, que no se entiende muy bien y a veces sentimos que el hecho de regocijarnos por los fracasos palpables de Bush sirve para evitar las implicancias extremadamente difíciles e impalpables de la gran tormenta. Porque Katrina simboliza ese momento en que la crisis ecológica global traspasa el umbral de la hipótesis y la especulación y pasa a ser una realidad. El espectáculo de la ciudad inundada es como dar un vistazo a nuestro futuro. Como un terremoto que hace que la tierra debajo nuestro se hunda, Katrina preanuncia una época en que las bases naturales de la civilización ya no podrán considerarse seguras.  El calentamiento global es lo que provoca que las tormentas sean cada vez más intensas y esto a pesar de que  aun no ha alcanzado su pico máximo. Todas las evidencias indican este calentamiento  se acelerará, dado que la tundra siberiana se está derritiendo y libera metano y el agua de los polos que se derriten absorbe más calor. Estos cambios no lineales acelerarán la llegada del día en que los niveles del mar aumentarán un metro o más y las corrientes oceánicas cambiarán su curso, suceso que probablemente ocurrirá cuando muchos de nosotros aún estemos vivos y entonces, comparados con eso, los actuales problemas nos parecerán benignos . Lo que no es lineal es inherentemente predecible pero no por eso menos monstruoso y es realmente monstruoso porque el calentamiento global, junto con el resto de las crisis ecológicas es, como de costumbre, el resultado del mundo de los negocios.
A pesar de que rara vez podemos predecir la llegada de una crisis ecológica, la fuerza común que aúna sus componentes separados y da a la crisis su carácter sistemático, pueden identificarse rápidamente. En el caso del huracán Katrina, las fuerzas que desestabilizaron el clima están vinculadas a las que pusieron a Bush en el gobierno y lo llevaron  a Irak, como así también a aquellas que debilitan el tejido de la sociedad civil a través de una ampliación de la brecha existente entre ricos y pobres, junto con el racismo que acompaña esto último. Si identificamos esto bajo el nombre de capital, no estamos reduciendo todo a un principio económico, sino que estamos tratando de ver el conjunto, dado que esto se traduce en una sociedad que pone a la humanidad y a la naturaleza bajo la dominación de una economía de crecimiento. Esto es acumulación, expansión sin fin, es el lema del capital, lo que Marx llama su “Moisés y los Profetas”. El capitalismo provoca el calentamiento global (y otros desastres ecológicos como la contaminación), a través de los productos no asimilables de su creciente industrialización cancerígena. Los Estados Unidos son el centro del desorden ecológico porque son la instancia más “desarrollada” del modo capitalista de producción, es decir el capital en su concepción más salvaje. Marx llamó al hombre de negocios la “personificación” del capital, haciendo referencia a un ser humano que lleva a cabo las demandas inhumanas de la economía. Así es Bush y sus personificaciones del capital en el gobierno, dentro de la esfera de la política. Este tipo de personalidades tienden a oponerse al gobierno cuando éste propicia el bienestar general, porque un estado de esas características puede también impedir la acumulación. Y entonces reemplazan gobiernos democráticos con violencia y represión, debilitando la estructura del estado y provocando resultados catastróficos como los que ocurrieron en New Orleáns. En los Estados Unidos esto es visto como una sociedad mercantil criminalizada y un “estado fracasado”, incapaz de proteger a la población de los efectos destructivos del capital, incluyendo los efectos ecológicos. Esta es la lección de New Orleáns, destinada a repetirse una y otra vez de distintas formas.

Entonces, la crisis ecológica es la interacción no lineal de diferentes líneas de  desestabilización del ecosistema bajo el escudo del capital, cada una de acuerdo con su propia lógica interna, y cuyos puntos nodales constituyen nuevas fuentes de crisis.  Por horrendo que parezca, también deberíamos reconocer que las crisis, como en el antiguo ideograma chino, significan una oportunidad al mismo tiempo que un peligro. En los espacios que dejan los fracasos del capital, tenemos la oportunidad – y la responsabilidad – de urdir el tejido de un mundo mejor. 

*Joel Koves, Profesor Alger Hiss de Ciencias Sociales en Bard College Annandale, Nueva York, desde 1998. Escritor. Fue candidato a Senador Nacional y precandidato a la vicepresidencia de EE.UU. en el año 2000, representando al Partido Verde.
 
Traducido del inglés por Margarita Cohen. Supervisado por Carlos Mendoza.         

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