El mundo que viene.

Compartir:

Dossier sobre la crisis mundial (artículo 4 de 7).

Gerardo Codina* 

La enorme crisis desatada en el corazón del mundo capitalista en el año 2008, puso de relieve las profundas transformaciones a las que asistimos y de las que somos parte, en nuestra medida. Velozmente el mundo se reconfigura en su balance de poder y en su dinámica de intercambios. Este rápido proceso de mutación, ¿es el prolegómeno de otra configuración estable –al menos por un tiempo—o es la nueva dinámica de los procesos internacionales, a la que habrá que acostumbrarse, en la forma de un escenario fluido en reequilibrio permanente?

 Los historiadores acostumbran identificar etapas en la larga marcha de las sociedades; etapas en las que sobresalen algunos rasgos, en contraposición con los que resultan más notorios antes o después. Así, la significación de la piedra, el bronce o el hierro como materiales principales usados por los humanos en sus actividades, marcan estadios diferenciados en los procesos de desarrollo tecnológicos de tal magnitud, que permiten comparar horizontes culturales de sociedades muy diversas y que surgieron en diferentes momentos de la historia. O, mucho más cerca, la enorme primacía económica, política y militar de Estados Unidos luego de la 2ª Guerra Mundial, solo hubo de acentuarse luego del colapso de la Unión Soviética, alter ego contra hegemónico de la superpotencia norteamericana, marcando un nuevo momento de la historia mundial.

 

Hasta aquí, por otro lado, la historia no ha hecho más que acelerarse. Si en el pasado un poder imperial exitoso podía sobrevivir en los términos de su espacio vital centenares de años, afrontando los avatares múltiples que propone el destino, el imperio absoluto de Estados Unidos apenas ha durado veinte años y hoy ya está en cuestión cuándo se lo considerará finalizado. La idea de un imperio absoluto naturalmente es relativa. Pero no es menos cierto que nunca antes en la historia humana un poder imperial había sido tan extendido y se había expresado con tanto vigor, a tantas esferas simultáneas de la vida social de todo el planeta.

 

El universo romano apenas si abarcaba algo más que la cuenca mediterránea –aunque es cierto que, para los europeos, ese es el mundo, al menos el que importa–. Pero en ese espacio reducido que conjugó toda la historia previa por ellos conocida, el mundo romano se dispuso como un sistema absoluto y estable por varios siglos, fuera del cual no existía casi nada de significación. Aún destruido, permaneció como referencia cultural en las sociedades europeas que lo sucedieron y se prolongó hasta hoy en instituciones centrales de nuestra cultura, como consecuencia de la colonización de la que fuimos objeto y que formó parte de la expansión imperial del capitalismo europeo.

 

Hubo otros casos de universos cerrados sobre sí mismos, que se sostuvieron por extensos períodos abarcando regiones y poblaciones significativas. El más conocido es China, que a diferencia de los romanos, se impuso el aislamiento, habiendo tenido contacto con las otras grandes culturas orientales a las que podría haber proyectado su poder marítimo y militar, como hizo hacia el sur. Si Roma no encontró nada más importante que conquistar en los bordes de su mundo, China decidió su espléndido aislamiento por siglos, en la certeza que todo lo significativo estaba en ella. Así limitó su influencia a las regiones circunvecinas. Solo el capitalismo pudo hacer un solo mundo y ese mundo unificado lo lideró la primera superpotencia, Inglaterra, que abrió las puertas del Celeste Imperio a cañonazos, para forzarlo a comerciar.

 

El ascenso de Gran Bretaña al trono imperial fue indicado por la derrota franco española en Trafalgar (1805). Con ella, los ingleses se convirtieron en el poder militar dominante en aquel medio que hacía posible la creciente mundialización: el comercio marítimo. Y los españoles perdieron la posibilidad de controlar los flujos con sus colonias repartidas por todo el mundo, en especial las americanas. Aún en su momento de esplendor, sin embargo, Inglaterra no alcanzó los niveles de hegemonía que habría de exhibir Estados Unidos a fines del siglo XX y principios del nuevo milenio.

 

Si la idea de imperio absoluto es relativa, también tiene sus necesarias ambigüedades la proposición de que ha llegado a su fin. Debemos entender esa idea en términos indicativos del inicio de un proceso de decadencia del poder imperial. Una tendencia que destaca frente a otras, también actuantes y vigorosas, entre ellas todas las fuerzas que promueven el reforzamiento de la condición hegemónica, incluso acelerando los procesos de descomposición de las bases materiales, simbólicas y morales de tal hegemonía, como es posible distinguir en el refuerzo de las presiones militaristas en Asia, orientadas contra Irán, Rusia y China[1]. Presiones que ahora mismo alertan sobre una posible conflagración nuclear de imprevisibles consecuencias para la humanidad,

 

En ese esfuerzo bélico, que incluye el intento fallido de controlar militarmente los territorios de Irak y Afganistán, por un lado se juega la autoimagen de potencia imperial que alimenta el poder yanqui  para si mismo y en el pueblo norteamericano, y por el otro se desangra la capacidad económica de esa nación que, por poderosa que sea, también tiene límites.

 

La mundialización capitalista y sus fases

 

Marx indicó como factor constitutivo de la acumulación primitiva de capital la conquista europea de América. El saqueo padecido por los pueblos originarios de nuestro continente y su esclavización al servicio de la depredación, sólo tiene parangón por su escala, con la expoliación de la población africana migrada a la fuerza de su continente, para ser reducida a trabajos forzados en América. Ese comienzo de escala planetaria, de todos modos se centraba en la circulación de bienes y se afirmaba en los bordes marítimos de los continentes. La ocupación territorial y el desarrollo de economías complejas, serían con el tiempo los resultados de la actividad de las poblaciones locales, a medida de que avanzaba su propio crecimiento demográfico y la complejización de sus economías.

 

Esta primera fase se agotó cuando el contenido principal, aunque no único, de las relaciones económicas entre el centro capitalista y la periferia mundial, pasó a ser el flujo financiero. Los créditos, las inversiones y los bonos no son una novedad de última generación. Financiar guerras ha sido un gran negocio para algunos de los principales bancos del mundo desde hace algunos siglos, por decir algo conocido. Pero la conversión de Inglaterra en la principal plaza financiera del mundo, dejando atrás su condición fundante como primera gran nación capitalista, de “taller” mundial, marcó el pasaje a la segunda fase de la mundialización.

 

En esta fase además alcanzó su madurez como imperio colonial y todas las potencias que competían con ella expandieron al máximo su sistema de colonias por todo el mundo, a excepción de América Latina, cuyas naciones permanecieron formalmente independientes, salvo el intento francés de conquistar México y las mutilaciones sufridas en el norte y el Caribe, por la anexión directa de territorios por Estados Unidos (los actuales estados de Florida, Texas, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México, California y parte de Colorado) o indirecta (Puerto Rico).

 

La tercera fase de esa mundialización, a nuestro entender, ha sido iniciada con la finalización de la hegemonía británica, expresada además en el fin del sistema colonial, luego de la 2ª Guerra Mundial. En esta nueva etapa o fase asume el liderazgo del mundo capitalista Estados Unidos, rodeado por un conjunto de naciones unidas en gran medida por un pasado común como parte del Imperio Británico y constituyendo un sistema de instituciones internacionales sin precedentes en la historia. El contrapeso de este enorme poder mundial era el llamado “campo socialista”, conformado en torno de la Unión Soviética y extendido desde Europa hasta Asia por la decisiva integración de China.

 

El final de la experiencia soviética abrió paso a una nueva era. En esta cuarta fase de poder unipolar concentrado en Estados Unidos y sus aliados, todo el mundo se reordenó como un mercado único de bienes y servicios y los protagonistas principales pasaron a ser empresas trasnacionales de enormes dimensiones, capaces de articular factores productivos dispersos en múltiples localizaciones, operando en todo el mundo para un mercado también mundial. Así se incorporaron al sistema productivo mundial centenares de millones trabajadores, especialmente asiáticos, en condiciones de producir productos para todos los consumidores del planeta.

En la medida que las competencias productivas se han distribuido entre más naciones, empujadas por la lógica capitalista de maximizar ganancias y posibilitada por las capacidades comunicacionales actuales, el aporte al producto global también se distribuye entre más actores y eso trae un nuevo balance de poder. La aparición en escena del G20 es un fuerte indicador de ese nuevo escenario. Los propios números del FMI muestran la diversificación del poder económico mundial.

Países integrantes del Grupo de los 20 según niveles de desarrollo[2]
 

2007

2008

2009

Unión Europea

 

18.493.009

 

Estados Unidos

13.843.825

14.195.032

14.533.167

China

6.991.036

7.792.747

8.684.511

Japón

4.289.809

4.438.698

4.586.402

India

2.988.867

3.289.781

3.616.789

Alemania

2.809.693

2.906.424

2.989.749

Rusia

2.087.815

2.274.584

2.461.680

Francia

2.046.899

2.116.609

2.181.719

Reino Unido

2.137.421

2.215.903

2.292.362

Brasil

1.835.642

1.961.473

2.069.892

Italia

1.786.429

1.826.894

1.864.654

México

1.346.009

1.399.861

1.457.317

Canadá

1.265.838

1.308.310

1.357.955

Corea del Sur

1.200.879

1.275.865

1.355.556

Turquía

887.964

941.584

999.860

Indonesia

837.791

906.664

981.241

Australia

760.812

800.971

840.371

Arabia Saudita

564.561

603.505

648.895

Argentina

523.739

571.392

607.920

Sudáfrica

467.089

494.601

523.187

País invitado permanente con economía entre las 20 primeras
España

1.351.608

1.403.793

1.452.940

 

   

 

   
     

Por ejemplo, la suma de los productos de los países del llamado BRIC (Brasil, Rusia, India y China) supera en 2008 al de Estados Unidos – u$s 15.318.585, contra u$s 14.195.032– y es apenas inferior al de la Comunidad Europea para ese año. Recordemos que a fines de 2008 se inició la crisis en los países centrales y es de presumir su impacto en las cuentas correspondientes.

 

La utopía del fin de la historia

 

Cuando colapsó el campo socialista, muchos imaginaron que una nueva era de democracias liberales y mercados desregulados había llegado para quedarse. Entre la globalización y la desregulación, parecían haber perdido sentido los estados nacionales, muchas veces disminuidos en recursos materiales y tecnológicos frente a las corporaciones trasnacionales dominantes en la economía internacional, y reducidos a la tarea de eliminar trabas para el libre flujo de capitales, mercancías y personas.

 

Por todos lados la misma ideología naturalizó cierta perspectiva de la economía como el “deber ser” exigido por la realidad y, al mismo tiempo, extendió una serie de miradas, conceptos y valores como el nuevo “relato histórico”, democrático liberal. Claro que no es lo mismo chico que grande, y esas nuevas reglas siempre rigieron con plenitud para la periferia y no para las naciones capitalistas centrales, en especial, Estados Unidos.

 

A medida que pasó el tiempo la nueva superpotencia hizo expresivo su desprecio por el orden jurídico internacional y hasta por la verdad, invadiendo Irak (2003) para prevenir el uso de armas de destrucción masiva que luego nadie pudo encontrar. Más allá de eso, nunca los estados ricos renunciaron a su intento de controlar las migraciones de pobres hacia sus países y nuevas amenazas surgieron en el horizonte de la humanidad; amenazas que superan las capacidades individuales de cualquier país, por importante que se considere o sea. La crisis ambiental, consecuencia de la industrialización mundial, comienza a vislumbrarse como el nuevo desafío colectivo a resolver.

 

Más allá de esto, las posibilidades de alcanzar estándares elevados de desarrollo y aún la capacidad de subsistir como sociedades, apareció en la experiencia de varios pueblos del mundo por el camino inverso que proponía el neoliberalismo y que el nuevo imperio había convertido en su credo. Argentina tiene mucho que decir al respecto, luego de la crisis del verano 2001-2002. Pero también a su manera, la nueva China que emerge del colapso financiero global como la segunda potencia económica del planeta, habiendo desdeñado todo el recetario neoliberal.

 

En ambos países, diametralmente diferentes en escala, historia y políticas, sin la presencia activa del estado (nacional, es claro), regulando y orientando las fuerzas del mercado, hubiera sido imposible en un caso, la recuperación transitada por Argentina o el vigoroso proceso de crecimiento iniciado hace más de tres décadas y que prosigue en China, ahora volcada principalmente a superar sus propios desequilibrios internos, más allá de las dificultades que presentan las demás economías grandes del mundo.     

 

Claro está que no se trata de aquel viejo estado nacional de mediados del siglo XX, que además de sus tareas tradicionales asumía funciones como empresario, comerciante, financista y además, promotor del desarrollo científico técnico y regulador de los flujos de intercambios con otros países. Muchas de esas actividades no son posibles en el mundo actual, al menos en las formas que adquirían en aquella época no tan lejana. Sin embargo, sin un ejercicio ordenado y auto limitado del poder estatal en todas esas áreas, no es posible imaginar tampoco la posibilidad de orientar las energías productivas de una nación y potenciarlas en dirección de un desarrollo equilibrado y sustentable en el tiempo.

 

Las mismas condiciones técnicas que hicieron posible la última fase de la mundialización, erosionan la posibilidad de que el mapa de poder mundial permanezca inmutable en alguna nueva reconfiguración posible, a lo largo de mucho tiempo. En la medida que están disponibles para muchos los insumos requeridos para asegurar su propio desarrollo equilibrado, en el contexto de un creciente intercambio multilateral, la participación de nuevas economías en la producción mundial tenderá a reflejarse en la redistribución del poder, más allá de las potencialidades militares de cada nación individual. Claro que esto dependerá de la apropiación por parte de cada pueblo de la experiencia ya recorrida por algunos.

 

Si bien es notorio que la posibilidad de proyectar una fuerza armada sigue siendo una parte significativa de las capacidades estatales en juego, a la hora de hablar de equilibrios de poder en el escenario internacional, también es cierto que en el paroxismo de su evolución durante el siglo XX, esos desarrollos tendieron a anularse entre sí, al tiempo que ahora soportan el límite de un nuevo actor significativo, también resultado de la revolución de las comunicaciones. Nunca como ahora existió una opinión pública mundial, que en gran medida es producto del desarrollo en red de un sistema de conexiones interpersonales que no puede ser fácilmente regulado por ninguna autoridad o potencia estatal.

 

Así, la tendencia del capitalismo al desarrollo desigual descubre en el estado un regulador necesario y a la vez un promotor, en tanto que la propensión histórica a la igualdad entre las personas, expresada por primera vez en la ideas de la Revolución Francesa, encuentra en la red una palanca de poder que nunca antes había tenido. Dos condiciones necesarias, y habrá que ver si suficientes, para un sistema de relaciones internacionales más fluctuante y equilibrado.

 

*Gerardo Codina, psicólogo, coordinador del Grupo Tuñón, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11.

 

 [1] El despliegue en marcha de un supuesto escudo antimisiles en prevención de “ataques terroristas”, que en realidad rodea a Rusia de bases de ataque desde el Báltico hasta el Golfo de Pérsico, pasando por Rumania y Turquía, como denuncia Juan Gelman en Página 12 del  8 de agosto pasado y los planes de ataque Israelí a Irán, con el posible uso de armas nucleares, como repetidamente señala Fidel Castro en las últimas semanas, son los elementos salientes de esas tendencias en acción.

[2] Países por PIB (PPA) en millones de dólares internacionales. Datos para el 2009 del World Economic Outlook Database, Fondo Monetario Internacional

Deja un comentario