El debate pendiente: Saldar cuentas con el neoliberalismo

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Revista Tesis 11 (nº 114)

(elecciones 2015)

Gerardo Codina*

La mirada tecnocrática permea toda la cultura e invade también la actividad electoral, hasta que la realidad muestra que el rey está desnudo y la política regresa por sus fueros. Los nuevos consensos sociales fuerzan los cambios discursivos de los candidatos, pero no son un seguro frente a un riesgo eventual de derrota. Pasada la prueba de la revalidación democrática del rumbo recorrido desde 2003, el peronismo tiene la posibilidad de abocarse al debate doctrinario que se adeuda desde los noventa.

La borra de café y la política

Diversas artes adivinatorias quedaron desairadas el domingo 19 de julio con la segunda vuelta porteña. De poco le sirvió a Larreta encomendarse a San Expedito antes de votar. Casi se queda sin el premio mayor. Los gurúes modernos multiplican sus rituales tratando, muchas veces con poca suerte, como comprobó Mauricio Macri, de anticipar cuál será el humor colectivo y cómo se expresará en las urnas al momento de votar. Son como videntes que tratan de discernir en la borra de café el futuro. Puro arte circense exclusivo para ingenuos.

Poco experto en la construcción política, el empresario ingeniero imaginó que, con la adecuada contratación de especialistas, tenía resuelto el viejo problema de la acumulación de fuerzas que la permitiese acceder al sillón de Rivadavia. La ciencia y las investigaciones nunca sobran, pero hay que saber usarlas como insumos en el proceso de conducir. No pueden ponerse al timón.

Entre otras cosas, porque la política es ante todo la recreación de escenarios; transformaciones que obligan a todos a adoptar nuevos posicionamientos, incluidos los electores. De eso sabe mucho Cristina Fernández de Kirchner. Por algo termina ocho largos y difíciles años sin perder la sonrisa y arropada por la estima popular.

Derechos humanos, integración regional, regulación estatal de la economía, promoción de los derechos de los trabajadores, defensa de la soberanía y políticas de inclusión social, se han incorporado al acervo mayoritario de los argentinos, como valores que hace falta asegurar.

Rápido de reflejos, Daniel Scioli salió el mismo 19 a la noche a contestar la voltereta discursiva de Macri que, dándose cuenta de que la sociedad mayoritariamente elige la continuidad de las principales políticas realizadas hasta ahora, se puso a reivindicar para sorpresa de propios y extraños los logros del kirchnerismo. Si se trata de asegurarlos, nadie mejor que el gobernador bonaerense, que sostiene este proceso desde el principio.

Lo que obliga al travestismo a Macri, es el nuevo consenso social alcanzado, y por eso ahora dice que Aerolíneas debe seguir siendo pública, que debe afianzarse la Asignación Universal por Hijo o que está bien que Fútbol para Todos asegure el disfrute ecuménico del más popular de los deportes.

Como los ajedrecistas, los verdaderos políticos mueven sus piezas anticipando las jugadas de su contrincante, y son mejores cuánto más se adelantan a su plan. El domingo del balotaje porteño Scioli demostró que ya le tomó el tiempo a su contrincante.

Por un momento, estuvo en riesgo la continuidad del sueño presidencial amarillo. Pero ya nada será igual. Con estos resultados a la vista, la gran esperanza de la derecha restauradora del orden neoliberal de los noventa quedó rengueando y nadie tiene a la vista una guardia de auxilio que lo recomponga de acá al 9 de agosto. Quedaron en evidencia los errores cometidos con el desdoblamiento de las elecciones porteñas, el ninguneo de Massa y el exceso de confianza, que lo llevó a imponer un candidato a sucederlo sin ningún carisma.

Antes Salta, Santa Fe y Córdoba habían expuesto que no bastaba con el voluntarismo y el mantra del cambio, repetido hasta el hartazgo sin explicar de qué cambio se habla. No sólo se le achicó la cancha al macrismo. Todas las opciones opositoras vieron encogido su espacio, porque el gobierno nacional ha logrado demostrar que conserva el liderazgo y es capaz de encolumnar a los mayores contingentes del movimiento nacional detrás de la candidatura de Daniel Scioli.

La apuesta al caos

El tropezón de Macri y el súbito intento de ajustar su discurso al consenso mayoritario actual, no clausuran la posibilidad de los sectores opositores de infringir una derrota a la continuidad del proyecto nacional. Tienen puestas ahora todas sus esperanzas en embarrar la cancha. Por eso apuestan al caos. Quieren generar la percepción social de una crisis, para propiciar el deseo de un cambio.

En términos electorales, tratarán de forzar una segunda vuelta presidencial, que les permita juntar todas sus fuerzas a cualquiera que haya logrado colocarse como alternativa al oficialismo. Votar en contra es un deporte nacional y poco importa cómo se gobierna luego. Para eso siempre sobran expertos consultores y hombres de empresa, que sabrán llevar los negocios del país.

El manejo mediático persistirá en la estrategia de descalificar cualquier posible logro gubernamental y amplificar toda maniobra judicial que arroje sombras sobre la limpieza del manejo de fondos públicos o la licitud de las acciones públicas y privadas de los integrantes del oficialismo y sus parientes.

El trotsquismo hará su aporte, exacerbando todo conflicto que pueda y trasladándolo a la escena pública. La multiplicación de cortes es funcional a la imagen de sociedad en crisis y acosada por la miseria que divulgan los sectores conservadores de la Iglesia Católica con índices manipulados de indigencia.

La promoción de una corrida contra el peso es otro clásico de los devaluacionistas y ajustadores, que se agrupan detrás de cualquiera que pueda prometer el fin de la “tiranía”, otra vez como en el 55. Del mismo modo que la Sociedad Rural vuelve a reclamar el fin de las retenciones y no sería de extrañar otro paro más de los asalariados mejor remunerados del país, para reclamar contra el llamado impuesto a las ganancias.

A la “cadena del desánimo”, como alguna vez la llamó Cristina Fernández, desde el oficialismo se contraponen la tranquilidad del camino recorrido y la seguridad en la continuidad de lo hecho. Scioli extrema esos recursos y procura acercar a todo el peronismo a su opción ganadora, en la inteligencia que de consolidarse en los hechos esa posibilidad, más allá de los encuadramientos superficiales actuales, revalidará su condición mayoritaria.

La cuarta etapa del kirchnerismo

La transición abierta hacia la coexistencia de una conducción estratégica y un Presidente, va a recrear la posibilidad de ampliar los márgenes del campo nacional. Algo de eso se avizoró en Neuquén, donde la fuerza provincial gobernante adelantó su respaldo a la fórmula del Frente para la Victoria. Antes, el desgranamiento del espacio bonaerense del renovador Sergio Massa, había ilustrado convincentemente por dónde pasa la corriente principal de la política en estos días. Los saludos intercambiados con el electo gobernador Schiaretti de Córdoba, tanto de Scioli como de Cristina, son otro dato a tener en cuenta para el futuro mediato, después de la primaria nacional.

El reencuentro del peronismo con su propio acervo doctrinario no podía ser sino traumático después de la segunda década infame que vivió nuestro país. Pero a medida que trascurre el tiempo y la sociedad convalida democráticamente el nuevo rumbo, que además sintetiza las mejores ambiciones del justicialismo, recreadas en nuestro tiempo y con el estilo propio de la actual conducción, los peronistas se identifican con la obra realizada, que se consolida como un piso compartido del campo popular.

En los hechos, este peronismo en el gobierno implementó un conjunto de políticas contrapuestas con las que signaron el enseñoreo neoliberal en los noventa. En aquel momento, muchos se fueron del PJ y del Gobierno por la renuncia a los valores históricos que siempre caracterizaron al justicialismo. Otros muchos no, porque entendían que debían dar batalla dentro del peronismo.

El gobierno de Menem capituló, como acaba de hacer Tsipras en Grecia, frente al chantaje de los grandes poderes financieros internacionales y el acoso de los grupos concentrados de nuestra economía, en un momento en que el país, agobiado por la trampa de la deuda externa impagable, enfrentaba un mundo sin opciones al llamado Consenso de Washington, una época donde se proclamaba con liviandad el “fin de las ideologías” y de la historia, donde sólo era posible un único modo de pensar la sociedad política y económica. Privatizaciones, apertura indiscriminada, desregulaciones, estado mínimo eran materias obligatorias para todos y los funcionarios del Fondo Monetario Internacional dictaban las reformas legales internas que debían realizarse sin chistar.

De nada sirvieron las “relaciones carnales”, ni ser el “mejor alumno”, para lograr insertar al país en el llamado Primer Mundo. El conjunto de políticas implementadas sólo culminó la nefasta obra de Martínez de Hoz, promoviendo una intensa desindustrialización, hiperdesocupación y niveles inéditos de pobreza en un país donde un solo pobre es un escándalo. Mientras somos capaces de generar alimentos para más de 400 millones de personas, llegamos al extremo de implementar planes de distribución gratuita de comida para paliar el hambre que carcomía a los más desamparados entre nosotros.

Ese conjunto de políticas no fue derrotado políticamente por la sociedad democrática. Todavía en 2003 Menem ganó la elección en primera vuelta (24,45%) y López Murphy resultó tercero (16,37%), después de Kirchner (22,24%). Si ambos candidatos neoliberales se hubiesen unido, ganaban en esa primera vuelta, según las reglas emergentes de la reforma del 94. Lo impidió el peso de las tradiciones político-culturales diferentes que se identifican con el radicalismo y el peronismo, aun en sus versiones corridas al extremo conservador liberal, que las vacía de su propia historia y compromiso nacional popular. No los programas que se proponían realizar ambos candidatos en caso de acceder al gobierno

Recordarlo importa, porque señala un debate inconcluso de cara al futuro. El menemismo caminó en sentido contrario al peronismo durante los noventa y si el país recuperó luego un sendero acorde con lo mejor de su historia, fue ante todo por la imposibilidad fáctica de proseguir la destrucción que implicaba el neoliberalismo y no porque se lo rechazó conceptualmente. No fue así en la sociedad. Tampoco dentro del debate doctrinario del peronismo.

Próximo a cumplir sus primeros setenta años, desde que fraguó como nueva fuerza popular transformadora, el peronismo se revalida hoy como el espacio principal de la escena política argentina. Nada se preserva en el tiempo si en simultáneo no se recrea de manera permanente. Así las cosas, la tarea de reconstruir el campo nacional, popular y democrático que expresa el peronismo, su pensamiento y su arco de alianzas, vuelve asomar como una exigencia de la hora.

*Gerardo Codina, psicólogo, escritor, miembro del Consejo Editorial de Tesis 11

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