Cuando soñamos cambiar la historia.

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Dossier: Los Setenta en esta hora (1 de 3)

GERARDO CODINA* 

«La mayoría de los jóvenes que nos sumamos a la

actividad política en ese escenario, lo hacíamos

pensando en construir una patria socialista.»

El debate sobre los setenta resulta significativo por
varios motivos. Desde el Cordobazo hasta los años
de plomo, la pasión y la tragedia que envolvieron a
toda una generación incorporada a la lucha política
sintetizan muchas de las claves de nuestro presente.
Además, en nuestra agenda como país reaparecieron
ahora dilemas semejantes a los enfrentados en
aquel momento.
El colapso de la convertibilidad demostró los
límites de posibilidad del régimen de valorización
financiera del capital y la resolución de la crisis resultante
que la hegemonía cambió de manos, pero
consolidando la expropiación sufrida por las mayorías.
La persistencia de la crisis de legitimidad es
nada más que su expresión y la señal de que es posible
transitar otro sendero.
Convocados al ejercicio de la memoria desde
la ESMA debemos consignar una reserva. Es bueno
recordar pero no para ahogarnos en lágrimas
por lo que nos pasó. Seguramente tenemos mucho
que llorar. Pero no se agota allí la historia. Si no
queremos repetirla, tenemos que mirarla con ojos
bien abiertos sin dejar rincones por explorar. Pocas
generaciones tienen la posibilidad de aprender tantas
cosas de su propia experiencia como tienen las
que se incorporaron a la vida política en los ´60 y los
´70.
En ese sentido somos privilegiados.
Dolorosamente privilegiados. Pero la rémora de las
torturas nos encadena a una sola imagen: la de la
derrota. Es cierto, fuimos derrotados. Lo fuimos porque
nos atrevimos a dar pelea y nos plantamos en el
centro de la lucha. Tuvimos la capacidad de hacerlo.
Conviene no olvidarlo. Entonces casi cambiamos la
historia. ¿Podremos ahora?
Lo que estaba en juego entonces
Los que fuimos parte de las generaciones que
se entregaron en esos años a la lucha política, sin
retaceos mezquinos de ningún tipo, tendríamos que
procurar la recuperación de algunas ideas de entonces
que alumbrarían el debate actual sobre lo sucedido.
La lucha por los derechos humanos no estaba
en nuestro ideario explícito porque los suponíamos
condensados en nuestra expectativa socialista (nacional
o a secas, según el caso). Tampoco la democraciaen si era un valor que nos moviera: pretendíamos un
gobierno popular. Queríamos cambiar el país y estábamos
enfrentando a los dueños del poder sabiendo,
con todos nuestros errores y defectos, que poníamos
en riesgo nuestras vidas en esa lucha.
En nuestro horizonte, la oligarquía y el imperialismo
habían instrumentado a las fuerzas armadas
como ejército de ocupación del propio país dispuestas
a reprimir cualquier atisbo de rebeldía y de autonomía
nacional. Esos tiempos habían nacido con el
derrocamiento del peronismo en el 55 y se fueron
extendiendo hasta el 73, en una sucesión de crisis
político-militares cada vez más cruentas porque estaba
en juego el modelo de sociedad y de país que sería
Argentina.
Tres proyectos confrontaban entonces. Uno
era el del desarrollo de una industria protegida, alimentada
por los saldos favorables de la
comercialización internacional de la producción primaria
con una administración compensada de los
desequilibrios y que posibilitaba el desarrollo de un
mercado interno extendido, en el que las mayorías
podían alimentar las expectativas de clase media.
Este proyecto nació casi por imperio de la necesidad
cuando las guerras mundiales desengancharon a Argentina
de la economía global de la época. Luego lo
reforzó el peronismo consolidando un actor social
organizado, interesado vitalmente en su sostenimiento:
el movimiento obrero. Estaba en crisis en los
setenta y era necesario reformularlo o cambiarlo.
Perón intentó hacer lo primero reconstruyendo la
coalición político-social que lo sostuviera. Gelbard
fue emergente de ese intento.
Ese proyecto entró en crisis por variadas razones.
Una fue que la industria protegida era principalmente
de capitales extranjeros, sólo interesados en
aprovechar nuestro mercado interno y sin vocación
competitiva en el mercado mundial. Además, en los
´60 se había dañado gravemente la posibilidad de
un desarrollo científico-técnico autónomo. Carecíamos
así de capacidades propias para nutrir la evolución
de nuestras potencialidades productivas que dependían
de la importación de tecnología, insumos y
maquinaria.
Ese esquema de políticas tenía contrincantes
internos poderosos. La oligarquía terrateniente nunca
quiso pagar los costos de este modelo. Quería
toda la renta agraria para si. Por supuesto siempre
fue adversaria del incremento del gasto público (una
forma de redistribución de la renta) y propulsora de
los ajustes (Alsogaray venía machando con eso desde
fines de los cincuenta). La oligarquía también tenía
su propio proyecto de país, claro. Y concertó todos
sus recursos de poder para imponerlo.
Esos tiempos no sólo se nutrieron del «Luche
y vuelve». También fueron los de la revolución socialista
en Cuba y Fidel, el Che, el mayo francés, la derrota
norteamericana en Vietnam y la vía chilena al
socialismo con Allende, por señalar unos pocos hitos.
Por supuesto, los sindicatos clasistas se enfrentaban
con el vandorismo y las dictaduras se resistían con
las armas y con la movilización popular. El
Cordobazo fue sólo el pico más alto de una serie de
luchas que combinaron todas las formas de confrontación.
La mayoría de los jóvenes que nos sumamos a
la actividad política en ese escenario lo hacíamos
pensando en construir una patria socialista. Y como
fuimos capaces como generación de plantearnos seriamente
ese desafío (y cometimos muchos errores)
es que descargaron semejante violencia sobre nosotros
cuando pudieron derrotarnos.
Ni el éxito ni el fracaso en la lucha son eternos.
En la medida en que persisten los conflictos, los
reasumen nuevos actores. Es lo que vemos en estos
días. Con un mundo diferente, en un país también
distinto y con toda la experiencia que acumulamos
en estos treinta y cinco años.
La agenda del presente
Kirchner sabe bien a dónde no puede volver
Argentina. Las políticas neoliberales sólo sirvieron en
todas partes a los mismos intereses trasnacionales, o
trasnacionalizados, como los de los dueños de Argentina
que fugaron sus activos líquidos. Resultados
pobres en términos de desarrollo nacional, además
de injustos para las mayorías. Por eso habla de que
se requiere un nuevo proyecto de país. El problema
es que no hay respuestas fáciles a esa pregunta.
Recuperar la dimensión nacional de los problemas
y sostener la integración regional como herramienta
para la reconstrucción de autonomías crecientes
es una importante decisión estratégica. Pero
a ese marco todavía hay que llenarlo de contenido.
La falta de proyecto no es exclusivamente local. Tanto
Chile como Brasil, por señalar vecinos nuestros,
padecen iguales incertidumbres.
Esto marca una diferencia significativa con los
´70: en aquel tiempo cada sector enarbolaba proyectos
sostenidos por una fuerte cultura de época. Contrapuestos
entre si, más o menos traducidos a nuestra
realidad, pero en ningún caso excesivamente originales,
quienes confrontaban por imponer un rumbo
al país estaban provistos por una extensa logística
internacional de ideas. Así, cada proyecto se afirmaba
en fuertes certidumbres. No es ahora el caso, salvo
para los que quieren congelar el presente.
*Psicólogo, miembro del Consejo
de Redacción de Tesis 11
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

«La mayoría de los jóvenes que nos sumamos a

la actividad política en ese escenario, lo hacíamos

pensando en construir una patria socialista.»

«La mayoría de los jóvenes que nos sumamos a la actividad política en ese escenario, lo hacíamospensando en construir una patria socialista.»

«La mayoría de los jóvenes que nos sumamos a la

actividad política en ese escenario, lo hacíamos

pensando en construir una patria socialista.»

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