Combates por la historia.

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EDGARDO VANNUCCHI*

 Implosión social mediante, la historia se nos cayó encima.

Todas las épocas pueden ser caracterizadas a partir de algunas de sus ideas dominantes, definirse en función de ciertos enunciados y valores.

Los años ’90, signados por la hegemonía del pensamiento único , se caracterizaron por la aceptación y aplicación, por el uso y abuso del recetario neoliberal, sin que existiera prácticamente espacio para el disenso.
 
Implicaron asumir la imposibilidad de proyectar un modelo de sociedad diferente, aún más, supusieron la innecesariedad de pensar una alternativa, en la medida en que el proyecto neoliberal se erigía como el horizonte final al cual toda sociedad podía y debía aspirar.

En ese sentido se tendió a “presentar el mundo contemporáneo como la culminación de la historia” , persiguiendo un único propósito: tratar de “poner en juego nuevos consensos y nuevas actitudes de gobierno que santifiquen el actual estado de cosas como si constituyese el mejor de los mundos posibles”.
 
Esta operación implicó “congelar” el tiempo, fracturarlo, detenerlo, supuso instalar la idea de vivir sólo en el presente y no en función del pasado y del futuro. Esa pérdida de sentido de la continuidad histórica es una de las mayores conquistas del proyecto neoliberal.

Desde esta perspectiva “la transmisión de la historia como un elemento dinámico en el que la idea de continuidad se torna evidente es inadmisible para los postulados del ‘pensamiento único’ ”.

Seamos claros: se buscó -y se logró- instalar la idea de que la realidad debía ser percibida como fatalidad inexorable, como resultado de un proceso “natural”, ahistórico, desvinculado de experiencias precedentes, y no como expresión de un proceso “histórico”, es decir, de la acción del hombre, de los sujetos, como resultado de una correlación de fuerzas sociales.
Esta operación ideológica supuso un doble objetivo: por un lado, eliminar la idea de cambio; por el otro, buscó hacer “desaparecer” los conflictos que conlleva toda construcción de un orden social.

Sin preguntas, sin cuestionamientos sobre el presente, ante una realidad presentada como inmodificable, en los ’90 el pasado yacía “congelado”, indiferente, “anacrónico”.

Sin embargo, tras más de una década de “eterno presente”, de hegemonía del pensamiento único, de indiferencia, de resignación, el “espejo” neoliberal comenzó, lentamente, a agrietarse.

En nuestro país el despertar del “sueño” menemista, sumado al intento frustrado de la Alianza por aferrarse, por garantizar la continuidad de esa experiencia onírica, devino en pesadilla.

Implosión social mediante, la historia se nos cayó encima.

Las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, teñidas de indignación y hartazgo, parecieron empezar a poner fin al antiguo régimen.

¿Qué pasó? ¿Por qué? ¿Cómo ha sido posible? ¿Qué hicimos o dejamos de hacer…?
La necesidad imperiosa de entender por qué estamos como estamos, cómo se llegó a esta situación, y qué perspectivas de cambio se avizoran, implica pensar históricamente. 

Las diversas visiones de nuestro pasado, forjadas en el devenir histórico y  asumidas o rechazadas por los distintos grupos o actores sociales en el presente, están en permanente tensión, esos relatos son revisados, modificados, resignificados a la luz de las luchas, de las necesidades del hoy.

Estos “combates por la historia” que libra toda sociedad, en tanto disputa por la apropiación del sentido, de la interpretación de un conjunto de experiencias -compartidas o heredadas- de nuestro pasado, se desarrollan en diferentes frentes: en la enseñanza de la disciplina histórica, en las tradiciones orales, en el nombre de las calles, de los parques, plazas, instituciones, colegios, fundaciones, en la elección de las fechas y actos patrios fijados por los gobiernos de turno, en la construcción de nuestros próceres, en las famosas efemérides, a través de los medios de comunicación, en los grafittis de las paredes,  en los muros…

Recuperar el sentido de la continuidad histórica, supone asumir que todo futuro posible de imaginar implica abrevar en la memoria colectiva, articular las experiencias de las viejas generaciones en función de los nuevos tiempos.

Argentina sigue siendo un ‘modelo para armar’, un proyecto de país que debemos construir colectivamente.
El nuevo escenario abierto a partir de la movilización popular, y que el actual gobierno parece interpretar, confirma un dato insoslayable: no hay que confundir realidad con destino.
El fin de la historia puede esperar. 

*EDGARDO VANNUCCHI, historiador, docente de Enseñanza Media y Universitaria. Miembro del Consejo de Redacción de Tesis 11

 

 

 

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