Chile: Convicción o ambigüedad. La opción espera.

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Claudio Esteban Ponce*

Revista Tesis 11 (nº 113)

(Latinoamérica)

La actualidad política chilena está transitando un camino cegado por la oscuridad de una noche cerrada. La posibilidad de perder el rumbo asusta un poco a propios y extraños. Las dudas que se planteaban respecto de si los cambios necesarios pudieran concretarse todavía siguen en pie, pero también es cierto que aún hay tiempo de llevarlos a cabo. La tradición y la inercia de su carácter social sumiso, conspira contra esas transformaciones obligadas para lograr una sociedad más libre y más justa. Tal vez el cambio cultural sea la herramienta, y si a esto se puede sumar la movilización y el empoderamiento popular, la profundización democrática pueda lograrse.

La situación social y política de Argentina, aun en un contexto de campaña electoral, es ciertamente incomparable con las vivencias de los países de la región. Los proyectos de construcción de una democracia real, de una sociedad más igualitaria, que se profundizaron en los últimos doce años en el país, parecieran sufrir un retroceso en Estados como Venezuela y Brasil. La relación de fuerzas entre el poder económico y la representación de los intereses populares en estos lugares da la sensación de haberse equiparado, incluso con una cierta ventaja mostrada por la economía concentrada. ¿Por qué comienza a notarse debilidad en los procesos democráticos latinoamericanos? ¿Por qué esta situación no se evidencia tanto en Argentina? ¿Tendrá relación la formación de alianzas políticas por parte de la izquierda para lograr su acceso al gobierno con su debilidad para gobernar?

En Chile, país del cual nos ocupamos en este artículo, la tensión se mostró desde el comienzo del gobierno de Michelle Bachelet. Las esperanzas que se generaron cuando asumió la alianza que llevó a Bachelet a la primera magistratura, cayeron en un mar de dudas que ya comentamos en nuestro escrito anterior. Ahora bien, también allí afirmamos que todavía se mantenía la fe en las posibilidades, con profundas reformas mediante, que podrían abrirse para las mayorías chilenas con el socialismo en el gobierno. En el actual contexto, el marco político no difiere demasiado de las limitaciones que padece la situación brasileña o venezolana. Luego del cambio de gabinete que pidió la presidenta y con el nombramiento de Jorge Burgos en el Ministerio del Interior, no solo se profundizaron las dudas anteriores sino que motivó en el mismo núcleo de la alianza gobernante anuncios de un peligroso “giro a la derecha” y un paulatino retorno al “orden conservador”. Como una ironía de la existencia, el nombre Jorge Burgos hace recordar a “Jorge de Burgos”, siniestro personaje de la novela de Umberto Eco, “El nombre de la Rosa”, que en el universo eclesiástico que en el libro se cuenta, este monje  representaba al sector más conservador y tradicionalista del monasterio.

Al margen de la digresión y con ironías aparte, la actualidad chilena se enfrenta a un dilema complejo. Más allá que se hayan dado algunos avances en materia de derechos democráticos como los pasos dados hacia la concreción de la reforma educativa, todo parece demasiado lento y costoso. La verdad es que recién en el 2016 una parte de las instituciones educativas de nivel superior, solo algunas universidades y no todas, van a recibir un aporte estatal de 400 a 500 millones de dólares para que los estudiantes de esas facultades cursen gratuitamente. De hecho, esto generó nuevas protestas estudiantiles que motivaron otra vez una cruda represión policial gestando un clima de violencia que se cobró la vida de dos estudiantes. Esta situación llevó a los cuestionamientos que pedían desde hace largo tiempo reformas profundas, a requerir de parte del gobierno los objetivos de máxima transformación, la necesaria reforma constitucional. Además, los hechos de Valparaíso trajeron el debate sobre si la gestión Bachelet y su alianza tendrán la fuerza suficiente para torcer y modificar la inercia represiva de las fuerzas de seguridad del país trasandino.

Respecto de las demandas populares en materia económica, el gobierno chileno mantiene una deuda social importante en lo que refiere a la distribución del ingreso. Todavía hoy su sociedad padece un alto grado de desigualdad que muestra una diferencia de veintisiete veces entre los ingresos más altos y los que menos perciben por su trabajo. A su vez, la concentración de la riqueza en la nación chilena está en manos de una minoría que se jacta de ello y cree que así corresponde a una sociedad ordenada. Una comunidad nacional con estas características muestra que tiene internalizada la injusticia como algo natural y legítimo, como si sus miembros deberían estar acostumbrados a una relación “feudo-vasallática” en la que los “siervos” no pueden cuestionar a sus “señores” porque esto sería ir en contra de la “naturaleza divina” que ya dispuso el establecimiento de “leyes inalterables”.

Si volvemos la mirada al pasado chileno, desde su época de ruptura con España hasta el presente, la estructura de carácter social de este pueblo poco se ha modificado. Los intentos de transformación, que por otra parte sí los hubo y vale la pena mencionarlo, fueron masacrados por los representantes de la derecha conservadora. Hoy, en los albores del siglo XXI y a pesar de las dificultades concretas que hemos mencionado, Chile todavía tiene una posibilidad. El “ser” del hombre se construye a partir de eso, de posibilidades de “ser”, de proyectar, de construir una vida política siempre más perfecta, de eso que tal vez el pueblo chileno tanto espera y no puede forzar ni lograr. Esto iría más allá de la necesidad de cambios económicos y políticos, requiere un “cambio cultural” como condición “sine-quanom” para una verdadera profundización democrática.

El análisis de la situación política de Chile, como así también de Brasil, Venezuela o de cualquier otro país de América Latina, se hace más complejo si lo miramos desde la actualidad de Argentina. La comparación de los últimos doce años del proceso democrático argentino con la realidad de la región puede resultar desafortunada si no se tienen en cuenta algunas diferencias de contexto que son fundamentales. Las izquierdas de los países de América del Sur llegaron al gobierno condicionadas por alianzas que muchas veces frenaron los cambios en virtud de la moderación. En Argentina, en cambio, la perdurabilidad del fenómeno peronista hizo que los frentes de izquierda se abroquelaran en este movimiento, y a pesar de sus conflictos internos, siempre se mantuvo cierta identidad con la clase trabajadora. Esto sirvió para equilibrar fuerzas en contra de los intereses sectarios del poder económico interno y externo, y posibilitó además que en muchas ocasiones se logren sancionar leyes en favor de derechos que los sectores conservadores nunca hubiesen otorgado. Además, es menester agregar que el kirchnerismo como fenómeno superador del “viejo peronismo”, supo desde el inicio de su gestión comenzar a dar la batalla cultural en pos de instalar socialmente una política de memoria, verdad y justicia con el objeto de modificar el sentido común y promover una mayor conciencia de libertad, respeto a los derechos humanos y justicia social. Esta experiencia de políticas de Estado puede ser aprovechada por nuestros países hermanos. No se trata de indicar a otro lo que debe hacer, se trata de compartir estrategias de lucha que fueron medianamente exitosas para frenar al poder concentrado.

Hoy Chile se encuentra muy lejos de una verdadera democracia y su ambiente político está convulsionado. Aun así el Palacio de la Moneda intenta algunos cambios y la alianza de Nueva Mayoría permanece unida, lo que no es poco. El gobierno envió un ultimátum a partir del cual los carabineros deberán revisar sus planes para controlar las marchas y de esta forma evitar los excesos cometidos hasta hoy. Respecto del “gran paso” a dar en la política chilena, la presidenta afirmó que para cambiar la Constitución “debe ocurrir un acuerdo político”, no es fácil pero tampoco imposible. El camino sigue abierto, quizás muy sinuoso todavía, pero abierto a la posibilidad de transitar la transformación demandada. Así como desde sus complejidades socio-políticas en Argentina se llevaron adelante muchos cambios inesperados para los mismos argentinos, así deseamos que la izquierda chilena, el Partido de los Trabajadores en Brasil y el chavismo venezolano puedan resistir a las presiones de los poderosos capitalistas de adentro y de afuera. Se sigue confiando en nuestros pueblos hermanos, se sigue esperando que se animen a dar la batalla cultural necesaria, y se sigue teniendo la convicción de que se puede derrotar al egoísmo y la dominación.

*Claudio Esteban Ponce, Licenciado en Historia.

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