¿Alguien vio la mano invisible?

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(Análisis/Economía)

Oscar Expósito*

El concepto de “mano invisible” del mercado, como supuesta capacidad autorreguladora del mismo. Las corrientes teóricas pro-capitalistas en la economía política y su choque con la realidad de los mercados dominados por los oligopolios.  Vigencia de la teoría económica marxista. La utilización de los medios de comunicación para generar incertidumbre en función de intereses oligopólicos.

El tema de los mercados y su ajuste es uno de los más tratados en toda la historia de la teoría económica, en especial debido a  las trasformaciones que experimentan los centros económicos internacionales a partir de la Revolución industrial. Las discusiones entre los investigadores proliferaron  y dieron lugar a la aparición de diferentes corrientes afines a posiciones ideológicas de sus autores.

Competencia y competidores

El concepto de la mano invisible apareció   hacia 1750 y se refiere a la capacidad auto-reguladora de los mercados. Fue popularizado en esa época por el fisiócrata Jean-Claude de Gournay avalando los fundamentos ideológicos del liberalismo clásico.

Unos años más tarde aparece en la obra de Adam Smith titulada “Teoría de los sentimientos morales”  publicada en 1759. Unos años después, en 1776, Smith retoma el concepto en su obra más famosa “La riqueza de las naciones”.

La propuesta de Adam Smith es que en una economía liberal  (individualista, libre de los intervencionismos estatales o colectivos) la “libre competencia” es la organización ideal para obtener un resultado óptimo para todos, pues a pesar “de que el individuo sólo piensa en su ganancia propia […] es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”

Unos años más tarde, en 1874, el  matemático y economista francés Léon Walras desarrolla el modelo de equilibrio general que pasó a ser el núcleo del paradigma neoclásico de la ciencia económica.

Walras profundiza y amplifica la Ley de Say, que sostiene que la oferta crea su propio nivel de demanda, se basa en que es el producto de la oferta el principal motor del poder adquisitivo.

En términos matemáticos el modelo walrasiano es muy seductor. Walras diseñó un modelo matemático de n ecuaciones con n incógnitas para representar el funcionamiento de un  mercado en condiciones de competencia perfecta. Las cantidades ofrecidas eran fijas, quedando solamente los precios como la variable independiente a resolver. Los precios son la variable que debe ajustar para que oferta y demanda se salden. De tal forma no quedan excedentes de oferta y demanda, todos los productos son vendidos, no hay especulación ni atesoramiento, solo intercambio, el dinero solo sirve para facilitar el intercambio.

Los agentes económicos llegan al mercado con sus productos, la oferta y la demanda convergen a través del ajuste de los precios y los mercados tienden a un equilibrio con  un centro de gravedad al que los mercados convergen en forma natural.

Uno de los elementos centrales de este modelo   lo constituye el llamado “martillero walrasiano”. Este subastador tiene el rol de cantar los precios de todos los productos. Si una vez cantados todos los precios se produce un exceso de oferta (sobran bienes) o un exceso de demanda (faltan bienes) en alguno de los mercados, no se realiza ninguna transacción y el martillero debe volver a cantar los precios hasta el momento en que todas las ofertas y demandas se satisfagan, y el mercado se vacíe (es decir cuando todos los productos cambian de mano). Ese es el momento del equilibrio walrasiano.

Los economistas liberales que intentaban establecer  las condiciones bajo las cuales era factible el funcionamiento de la conjetura de Adam Smith encontraron en  el modelo Walrasiano la fundamentación matemática del funcionamiento del laissez-faire.

La “revolución marginalista”

En 1890 aparece la obra Principios de Economía de Alfred  Marshall, a la sazón titular de la cátedra de economía de Cambridge desde 1885 que dará un respaldo muy importante a la teoría del marginalismo y la economía ortodoxa. Marshall analiza las controversias entre los economistas clásicos y los marginalistas. La concepción marginalista expresa el concepto que el precio se determina en base a  la utilidad marginal. En condiciones de competencia perfecta el productor ofrecerá cantidades de  productos hasta que el costo marginal y el costo medio coincidan.

(NR: para lectores no familiarizados con las categorías “costo marginal” y “costo medio”, sugerimos acceder a una explicación didáctica mediante el siguiente link:

http://www.zonaeconomica.com/costo-marginal)

Tanto en el esquema walrasiano como en el marginalista se sostienen hipótesis difíciles de encontrar en la realidad. La formación del precio de mercado para Marshall supone que la cantidad ofrecida es incapaz de variar, además no hay acumulación de stocks. Se establece así un supuesto equilibrio entre una oferta fija y una demanda variable. Marshall denomina precio de equilibrio de mercado al que iguala la cantidad ofrecida con la cantidad demandada.

Son modelos con supuestos muy fuertes que los hacen incompatibles con la realidad, no solo de la actual sino de la época en que fueron esbozados. Parece cada vez más difícil hacer concordar algún punto de la realidad con los supuestos que defienden los adictos a este enfoque. Según sus postulados básicos los mercados tienden al equilibrio, los desbalances son transitorios, los mercados se caracterizan por la existencia de infinitas firmas, todas tomadores de precios (y esto es muy importante, para omitir la existencia de monopolios de oferta o de demanda) y los precios y cantidades se ajustan en la dinámica de las curvas de oferta y demanda. El precio del producto se determina en el conocido esquema de costo medio igual a costo marginal, por el cual también se determina la cantidad a producir. Es el seductor esquema de los libros de microeconomía  de uso habitual donde aparecen  los gráficos que pareciera que representan la realidad ideal, que sería perfecta si no existiera la “nefasta” intervención del Estado. Como el mercado de productos y el de trabajo están en equilibrio o tienden a él, el nivel de empleo no es parte del problema, los mercados ajustan por precios y cantidades, el nivel de empleo está dado: ¡es lo que hay! Es increíble que todavía sean la corriente predominante de las carreras de economía política actual.

En el año 1933, en plena crisis,  la economista inglesa Joan Robinson planteó que si bien la competencia perfecta era un caso válido, no era muy frecuente verlo en la realidad ya que lo que se veía en la cotidianeidad era la existencia de grupos monopólicos u oligopólicos donde los supuestos de la competencia perfecta quedaban de lado. Y agregaba que la existencia de competencia imperfecta era lo que le permitía al monopolio apropiarse de una porción mayor de la renta. En condiciones de monopolio el oferente no solo determina el precio, también la cantidad a producir.

Una explicación que intenta eludir la crítica a los monopolios es la  desarrollada por Schumpeter  quien  define al capitalismo como una estructura en la que es necesario analizar factores sociológicos, económicos, históricos y políticos.  Expresa que  la dinámica del sistema se desarrolla en un contexto social donde la innovación cumple un papel central. La idea de Schumpeter era que cada nuevo desarrollo tecnológico genera una destrucción creadora de la que surge una nueva estructura destruyendo parte de la anterior.

Las revoluciones tecnológicas pasan así a tener un carácter determinante en las transformaciones sociales. Define además, que las fuentes de la innovación provienen desde el interior del sistema, que la destrucción creadora no es un proceso continuo y que esos cambios cualitativos  son efectivamente  relevantes en el desarrollo del sistema.

En su esquema  aparece el emprendedor como un personaje central, como desarrollador de los sistemas de innovación que cada vez que tiene éxito facilita el desarrollo capitalista como sistema.

La innovación en este contexto pasa a ser un elemento esencial en la competencia. Schumpeter apoya la necesidad de que funcione un contexto competitivo pero al mismo tiempo apoya la necesidad de la existencia de monopolios. Su justificación  se fundamenta en que pueden aplicar metodologías más eficientes  en comparación con  las empresas que operan en mercados de menor volumen de negocios, justifica que  cobren precios mayores., El objetivo es una mayor tasa de ganancia que a su vez  les permite mayor inversión. En definitiva el austríaco considera a los monopolios como un motor poderoso y necesario para el funcionamiento del sistema capitalista. Los adherentes a las teorías basadas en la competencia por innovación piensan el capitalismo como un sistema evolutivo en el cual la destrucción creadora es fundamental para el desarrollo y son los emprendedores los protagonistas principales de ese proceso.

En relación a esta temática, y para bien de la ciencia apareció  Marx  que, a partir de la teoría del valor trabajo, distingue cuatro formas para incrementar la plusvalía: intensificando el ritmo de trabajo, extendiendo la jornada laboral, reduciendo el salario real y por el cambio tecnológico. Las dos primeras tienen máximos vitales (intensificar el ritmo y el horario de trabajo no pueden elevarse indefinidamente)  y la tercera tiene un límite mínimo que es el salario de subsistencia. A largo plazo será entonces el cambio tecnológico el que ampliará las posibilidades  del enriquecimiento del capitalista. Estos desarrollos darán lugar a su vez al crecimiento del ejército industrial de reserva, a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, y a un proceso de centralización del capital a través de  la fusión de empresas y también dentro de una empresa  de concentración por el crecimiento de esa empresa. A pesar de que transcurrió más de un siglo y medio desde su enunciación y se han producido enormes cambios, las bases de la teoría creada por Marx, los fundamentos de  su teoría, siguen teniendo plena vigencia. Es evidente que la economía mundial que ha pasado a ser controlada por grandes corporaciones formadoras de precios tienen poder suficiente para establecer un elevado margen de ganancia como un porcentaje sobre sus costos.

En el contexto histórico en que   Marx desarrolló su teoría consideró con razón que la competencia era solamente vía precios. En la actualidad, los precios se acuerdan, se cartelizan entre oligopolios. La existencia de grandes empresas determina un cambio en los mecanismos de regulación del funcionamiento del mercado capitalista.

Hoy, algunos  investigadores marxistas  plantean la necesidad  de introducir agregados que adecuen la propuesta de Marx a la realidad cotidiana. Por ejemplo cuestionan que la tasa de ganancia tienda a igualarse o que se produzca una tendencia decreciente de la tasa de ganancia como un su época investigó Marx. Lo que hoy se vislumbra, agregan, es que el poder de los monopolios les permite ser formadores de precios y la disputa pasa a ser por cantidades y por espacios geográficos.

Hoy podemos advertir también que existen puntos  de coincidencia  entre los economistas progresistas y los poskeynesianos.

Si bien  la teoría keynesiana, en sus orígenes tomó  elementos teóricos de los neoclásicos tales como la teoría del valor, los mecanismos referentes a  la formación de los precios y de la determinación de la ganancia, etc.; luego, su desarrollo, incorporó una cantidad de conceptos novedosos como la demanda agregada, el nivel de empleo, etc. que aproxima su propuesta,  especialmente en la aplicación de medidas de política económica, con los sectores progresistas. Precisamente  una de esas coincidencias entre las dos corrientes es que en la actualidad la competencia es más por cantidades que por precios. Este no es un dato menor pues el ajuste por cantidades, cuando el monopolista reduce su producción, es la causa del incremento del desempleo.

Los continuadores de Kalecki por ejemplo concuerdan que el nivel de precios depende del poder monopólico, del grado de concentración, de nuevos competidores y de las organizaciones sindicales.

Lo cierto es que si bien el capitalismo ha producido enormes mutaciones, las leyes básicas del marxismo como la teoría del valor, la teoría de la explotación de los asalariados, la extracción de plusvalía, las diferentes formas en que se manifiesta  la lucha de clases y por qué no la dinámica de la competencia, siguen teniendo plena vigencia en la sociedad actual. Inclusive podemos admitir que, dentro de determinadas condiciones la competencia inter monopólica, se desarrolla en todos los aspectos: por precios, por cantidades y también por la innovación tecnológica.

En resumen. Las grandes corrientes del pensamiento económico mantienen enfoques muy diferentes acerca de los mecanismos en que se desarrolla el funcionamiento del mercado capitalista.

La versión neoclásica continúa asumiendo la existencia de competencia perfecta, al menos a largo plazo, el mercado ajusta y no se desglosa el ajuste por precios o cantidades.

Por su parte la teoría de la competencia imperfecta, que considera a la teoría neoclásica como una versión marginal, afirma que en realidad la característica dominante son los mercados monopólicos u oligopólicos que tienen el poder de fijar precios superiores al de la competencia perfecta. Según esta corriente, dada la inflexibilidad de los precios a la baja, los mercados ajustan por cantidades.

Es claro que estas teorías dejan de lado aspectos esenciales del funcionamiento de las economías actuales. Si lo queremos sintetizar es que solo enfocan el término “economía” sin el adjetivo “política”, olvidando que la Economía Política  es una ciencia social.

Lo indiscutible es que las grandes empresas fijan sus precios en el nivel más alto posible, son formadores de precios y así maximizan su ganancia que es su principal objetivo. La coincidencia de los marxistas con los enfoques poskeynesianos es que hoy plantear la flexibilidad de precios es un absurdo. El ajuste se produce vía cantidades. Este fenómeno se puede advertir especialmente en el análisis por rama ya que,  no en todas se advierte el mismo grado de monopolización.

Ahora bien, estos razonamientos de alguna manera se abstraen del ámbito geográfico. ¿Qué pasa cuando pasamos a la escala global?. ¿Cuando hablamos de globalización?, en este caso la nación y sus fronteras desaparecen del foco de observación. La globalización tiene un objetivo primordial que es subordinar a las economías locales a la acumulación del capital a escala planetaria.

Las decisiones de inversión se subordinan a un sistema financiero que está por encima de las banderas y de las fronteras.  Que un fondo de inversión tenga domicilio en un paraíso fiscal es un eufemismo; las resoluciones se toman en las metrópolis.

De las 50 integrantes de la red de las mayores corporaciones trasnacionales, creadas por un incesante proceso de adquisiciones y fusiones, 49 son entidades financieras con centrales en Europa o EEUU. Así de los sistemas de competencia de los capitalismos nacionales del siglo XIX se pasó a las grandes concentraciones de capital corporativo que operan a nivel internacional. Los directivos de las grandes empresas no responden a alianzas con ninguna nación, pueden recibir ayudas en casos de crisis en los países en que desarrollan sus actividades (caso GM u otras en USA por la crisis del 2008) a cambio de ello no toman compromiso alguno con el país acerca de desarrollar, por ejemplo, una política de creación de empleo si no encuadra en sus objetivos.

La única relación que tienen las multinacionales con el espacio geográfico son los rascacielos  desde donde dominan a través de las finanzas a la economía real. Es suficiente mencionar los índices de concentración de la riqueza a nivel global. La Red por una tasa justa informa que entre 20 y 30 trillones de dólares están depositados en paraísos fiscales de los cuales, 10 trillones pertenecen a 97.000 personas.

Otro fenómeno de gran significación a escala internacional de los últimos años es la consolidación de bloques de poder económico con estructuras y políticas diferenciadas. La consolidación del bloque de los Brics para enfrentar a escala global las políticas del denominado bloque Occidental aparece como un cambio de creciente importancia, en especial para países con economías con complementariedades como Argentina,  para desarrollar áreas estratégicas de desarrollo comercial y económico. De todas formas debemos  tener en cuenta que estamos hablando de bloques de países y  que las multinacionales, son eso, empresas que actúan en el  territorio que más les convenga

La competencia y las expectativas

En las decisiones de los actores económicos con capacidad de ahorro las expectativas funcionan como un factor fundamental en las decisiones de inversión. En nuestro país está funcionando la “profecía autocumplida”, que es una predicción que a fuerza de repetirse termina convirtiéndose en realidad. Es la instalación del temor que fabrican los sectores interesados en desinformar sobre la realidad y que lo  montan en los grandes medios  sus equipos de comunicación.

La lucha es despiadada y en realidad lo que está en juego es la continuidad o el fin del proyecto nacional y popular con todos sus logros.

A  las expectativas verdaderas o falsas se agrega la incertidumbre que la difusión de falsos pronósticos agrava. Tanto las expectativas como la incertidumbre conviven con nosotros e  influyen en las decisiones de ahorro ó inversión y  consumo. El ahorro no genera empleo, el consumo y la inversión sí.

Cuando hicimos referencia más arriba al tema de la concentración y de los conglomerados del sistema capitalista hemos omitido la distorsión que provoca en la competencia el manejo arbitrario de la información.

Son conocidas las empresas dedicadas a la comercialización de información económica. A pedido de sus clientes son fabricantes de incertidumbre y expectativas que afecten cualquier propuesta progresista, de inclusión social, aparecen como los grandes especialistas en detectar crisis inminentes, mega devaluaciones y especulan con la ansiedad de la clase media y la gran burguesía. Se especializan en  explicar el próximo desastre que  va a ocurrir en un mundo donde impera la incertidumbre que los “especialistas” han creado. A partir de allí seguramente aparece la receta de proponer programas anti populares: devaluación, reducción del gasto público, aumento de tarifas de servicios públicos, quita de subsidios, etc., bien al estilo de los 90. Los que se encolumnan en esta ideología o tienen poca memoria o en los 90 y con el desastre del 2001 estuvieron favorecidos.

Las decisiones que toman estos sectores con capacidad de ahorro no representan un tema menor. Prueba de ello son las estimaciones de capitales de argentinos en el exterior que superan con holgura los 200 mil millones de dólares.

Las expectativas negativas se propalan diariamente desde los medios opositores y nos someten a  un bombardeo continuo lanzando pronósticos agoreros. Se aprovechan de los desastres que vivimos a lo largo de nuestra historia, antes disponían del partido militar, hoy deben recurrir a mecanismos más sutiles pero no menos burdos, son los profetas de la mala onda y la propagación del miedo.

Más que mano invisible, lo que se ve es una mano negra.

¿Y la mano invisible?

Alguien dijo que Binner la vio,

Otros sospechan que lo que en realidad vio fue un OVNI.

*Oscar expósito, economista.

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