1905-Raúl González Tuñón-2005.

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Horacio Ramos*

Centenario del poeta de los barrios amados.
“Los grandes poetas no tienen biografía.

                                                                                       Tienen destino.”

León Felipe


Verano del ’73. El paisaje de la Argentina, poblado por un contrapunto de bronca y esperanza, iba tiñendo esas horas con la consigna que encendían multitudes de jóvenes:” Cámpora al gobierno, Perón al poder.” Pero además estaban aquellos que se empeñaban en alertar que los días, saturados de borrascas y en los que la “Triple A” de López Rega ejercía su miserable accionar, preanunciaban la factibilidad de un genocidio. Por eso, entendían, era el momento de sumar las soledades, ahuyentar las disonancias y extender los latidos, para crecer madurando hacia lo nuevo. Con esa actitud, fruto de su conciencia, Raúl cruzó el Riachuelo y una noche de febrero asomó su noble figura en el Centro de Cultura Popular de Avellaneda. Allí, rodeado del cariño de quienes se consideraban herederos de todos sus sueños, desgranó sus “Memorias de un viejo periodista” con la calidez y el gesto sencillo que lo caracterizaban. Y al respecto, sólo Juan Gelman era capaz de retratarlo de este modo: “Raúl era un hombre de memoria nítida, respuesta pronta y rica, modesto en el vestir, pobre siempre, de voz suave y cordial.” Aquel sábado inolvidable, caminamos junto con él, imaginariamente, por las madrugadas de un Madrid cubierto de cenizas, del brazo de Guillén y Federico, y bebimos el vino amargo de las tabernas insólitas, tuteándonos con militantes y palomas, marineros y prostitutas. Luego, nos empapamos con las lloviznas del sur de Chile para recalar, con  Pablo y Volodia Teitelboim, en la redacción de “El Siglo”, donde Raúl supo volcar toda la experiencia adquirida en la legendaria “Crítica”; tardes febriles del ’40, cuando Franco oscurecía el cielo de España y el fantasma nazi ocupaba  la París de su juventud.  Hoy, a tantos años de aquella jornada en la que él nos regalara sus recuerdos más sentidos, regresa su rostro de porteño pícaro, bohemio y fantasioso, que andaba por el mundo enarbolando utopías, como un lúcido sobreviviente de las tempestades de nuestra época. Enamorado de Buenos Aires, enhebró como nadie las imágenes agridulces de la ciudad que lo vio nacer en el barrio del Once, así como los tangos que se entibiaban en la piel de su hermano Enrique y en la de sus amigos Carlos de la Púa y Conrado Nalé Roxlo, en aquellas densas auroras de “El Puchero Misterioso.”
Raúl, poeta de los puertos lejanos y conventillos del suburbio, aunó con dignidad encomiable su concepción del mundo con su estilo de vida. La poesía insolente de “Juancito Caminador”, fue como un escalpelo introducido en los meandros del infierno, lugar que suelen habitar los náufragos carentes de horizonte, burócratas sin escrúpulos, gendarmes impiadosos, poetas descarnados y algunas estatuas vergonzantes. Porque en Raúl se descubre esa inevitable identidad que nutre al ser humano y su obra poética, extraña articulación que no es común encontrar en el ancho territorio de la literatura. Es que Raúl González Tuñón, fiel al compromiso entrañable con su pueblo, pudo expresar a los cuatro vientos, las palabras que sellara a fuego Cesare Pavese: “ Antes hombre que poeta”.
                                                                                                                                               *Horacio Ramos, Escritor y periodista, integra el Consejo de Redacción de “Tesis 11”.

        El poeta murió al amanecer

Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,

murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.

Velaron el cadáver del dulce vagabundo

dos musas, la esperanza y la miseria.

 

Fue un poeta completo de su vida y su obra.

Escribió versos casi celestes, casi mágicos,

de invención verdadera,

y como hombre de su tiempo que era,

también ardientes cantos y poemas civiles

de esquinas y banderas. 

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.

Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.

Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,

los parroquianos del café,

los artistas del circo ambulante,

unos cuantos obreros,

un antiguo editor,

una hermosa mujer,

y mañana, mañana,

florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros. Un Heine, un Whitman,

un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un  Baudelaire,

un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,

versos de un ser querido que se fue antes que él,

muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta

y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.

Para él fue la muerte como el último asombro.

Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,

                     y un pájaro en el hombro.                    Raúl González Tuñón

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